ene 11 2010

Mejor dentro del cajón

Dice S. que soy como Aquiles. Igual de rabioso. Es verdad que lo que hizo con el pobre Héctor después de la muerte de Patroclo fue algo desmesurado y que ni el propio Homero comentó nada sobre el asunto porque no hacía falta. Esa violencia extraordinaria habla por sí misma. La describió y fue suficiente.Además, poco antes de ocurrir esto, sintiéndose traicionado, no cedía ante las peticiones de sus camaradas. Le decían que con su presencia en el campo de batalla, sólo con eso, lograría amedrentar al enemigo, vencer a un rival terrible e imposible, pero insistía en negarse una y otra vez. La desaparición de su amado fue lo único que le hizo cambiar de actitud. Es decir, la rabia, querer vengar a Patroclo. Puede que S. tenga razón. Mi soberbia es similar a la de Aquiles, pero, desgraciadamente, la diferencia es que yo no soy un héroe. Cuando Aquiles atacaba o defendía sabía que un ejército entero dependía en gran medida de eso que hacía. Yo, por el contrario, cuando ataco o me defiendo, no lo hago por tener un batallón de caballería detrás, ni por defender un ideal, ni por salvar a mi familia, ni parte de mi literatura. Nada de eso. Cuando la ira me puede sólo me defiendo a mí mismo. Sólo.
Acabo de guardar dentro del cajón en el que se acumulan textos que nadie lee lo que he escrito esta tarde. Es una de esas cosas que no se pueden ni se deben publicar. Al igual que Aquiles se movía en gran parte por voluntad de los dioses, yo lo hago guiado por el mío. Ese dios universal llamado miedo. Miedo a mí mismo. Sé que hacer público algo así sería una estupidez, que el efecto buscado se volvería contra mí a los quince segundos, que se malinterpretaría y se me tacharía de ser como un mal Aquiles. Entre otras cosas porque él desató toda su ira contra otro héroe y yo lo quisiera hacer teniendo como rival a alguien que quiere ser algo que no puede alcanzar. De niño aprendí que ser ventajista es lo mismo que ser mezquino y, sobre todo, mala persona. Más miedo a mí mismo, a mi capacidad de hacer daño cuando no es necesario ni razonable.Así que he decidido echarme sobre la espalda un poco más de peso. Lo hago sabiendo que cualquier ser humano es capaz de soportar mucho más allá de lo que puede imaginar y que la carga comienza a fatigar.Los jovencitos escriben cartas de amor a las chicas a las que desean conquistar, a las que ven como el amor de su vida, como su único y gran amor. Los escritores narramos, muchas veces, para aplacar nuestra ira, la soberbia o las pasiones desproporcionadas. Eso se aprende con el tiempo. No todo lo que se escribe ha de ser leído por otros aunque cada línea se convierta en un puñado de gramos descansando en el lomo. Como le pasará a mi texto de hoy. Ese en el que me tocaba representar el papel de héroe convertido en simple mortal, héroe movido por el temor de no parecerse al mejor Aquiles, el Aquiles capaz de luchar por un pueblo entero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano