abr 13 2011

Hombre rico, hombre pobre

Los ricos midieron mal sus fuerzas. Tuvieron un momento de debilidad en el que decidieron que el populacho podía estudiar para dar lustre a un mundo que se caía a trozos. Pensaron que, a pesar de todo, ellos tenían el poder en sus manos. El populacho estudió y aprendió a robar con el mismo desparpajo que ellos. Y, ahora, los ricachones han decidido destruir todo, montar el negocio con otra estructura para que nadie meta mano en sus cosas. Es lo que llamamos crisis. Por eso tantos nuevos ricos se han quedado en nada.
Ah, y han dado la orden en las universidades de subir las tasas todo lo que se pueda para que aquí no estudie ni dios. Porque quieren seguir siendo ricos y que el populacho sea eso, el populacho.


jun 28 2010

Desazón

Se sienta. Apoya el codo en el muslo y acaricia el flequillo. Mantiene la cabeza inclinada, mira al suelo. Siente que una mano entra por la boca y agarra las entrañas. No duele, pero respira con dificultad. Otra vez lo mismo. Cada día. Intenta respirar despacio. La mano está dentro. Molesta.
Espera algo que siempre está por llegar. Distinto, lo que convierta el paso en algo nuevo. Uno más no suma. Sólo deja las cosas como están.
Imagina cómo será la nueva construcción. Esto aquí, esto otro como contrapunto, una idea que nunca nadie enseñó. Dibuja con cuidado cerrando los ojos y, cuando tiene todo en su lugar, intuye que verán un conjunto absurdo. Grotesco.
Levanta la cabeza. La mano que remueve sin dar tregua. Se deja caer de lado. Pide a quien tenga que hacer caso poder dormir. Y cree que miles le miran condenándole a construir cosas distintas porque necesitan un poco de igual cada día.


mar 11 2006

Contar mas de la cuenta es muy aburrido

Guzmán acaba de echarse a dormir. Lo ha pedido él. Y de paso ha querido que apagara la luz y que conectase el pequeño equipo de música para escuchar un disco de Bill Evans (en 1959 formaba un fantástico trío con Scott LaFaro y Paul Motian) . Un clásico excelente. Que conste que el jovencito ha mirado lo que había sobre la mesa y ha querido escuchar ese y no otro disco. Asombroso. Quizás absolutamente casual aunque no es la primera que pasa algo así.
Ayer me propusieron escribir una novela de cuatrocientas páginas. El trato era “yo te cuento mi vida y tú la escribes, tendrás material de sobra”. Le suele pasar a cualquier novelista. Una reunión, una propuesta de vida narrada. Y suele pasarle a cualquiera creer que su vida es eso, una hermosa o terrible novela llena de aventuras que nadie más ha tenido que disfrutar o sufrir. No seré yo quien ponga en duda una cosa así. Tampoco quien me dedique a contar la vida de los demás, esa que todos tenemos como única. Para eso ya tengo a mis personajes que me llenan ciento cincuenta páginas de relato. Más allá de eso se pondrían tan pesados como los que quieren que alguien se fije en su existir. Crear un microcosmos con materiales comunes a todos nosotros es labor estéril y aburrida. A más páginas mayor sopor.
La gracia de escribir intentando hacer literatura está en no contar, en sugerir todo aquello que convierte la historia narrada en algo apetecible para el lector, en utilizar elementos que nos hagan ver cómo un personaje evoluciona hacia territorios desconocidos que llenen huecos cotidianos. Es difícil de conseguir, eso es verdad. Tan complicado como fácil es aburrir si la cantidad de información es más de la necesaria o si la historia es vulgar, esperada. En literatura es importante saber el porqué un personaje necesita odiar a su hijo. Sin embargo es innecesario conocer su horario de oficina, su color favorito o sus preferencias culinarias si estas no son más que anécdotas sin importancia. Llenar páginas y más páginas haciendo inventario de cuestiones graciosas, horribles o admirables no es hacer literatura. Eso es, como mucho, escribir. Hacer literatura (no es lo mismo que escribir) es seleccionar el lenguaje, el tema, construir el personaje desde sus motivaciones más profundas o dibujar escenarios creíbles. Y todo ello sin que se note que detrás hay un tipo que se dedica a eso.
Hace unos días hablada de este asunto con mis alumnos. Ponía como ejemplo la historia de una mujer que odia a su padre, que ha sido violada por él, que ha perdido dos hijos, que en el trabajo no encuentra ninguna motivación. Una tragedia. Y les decía que es más importante que todo esto saber colocar a ese personaje en un lugar adecuado y que diga a un amigo, por ejemplo: “Ah, sí, mi padre… El cerdo sigue pudriéndose en una cama de hospital”. La historia puede ser tremenda (la dejamos de contar, la omitimos), pero esa frase hace que nos preguntemos muchas cosas sobre el personaje, que nos interese. Es literatura.
Guzmán ha elegido un disco. Aún no sé la razón. El caso es que duerme tranquilo. Creo que es porque Bill Evans hacía música de la buena sin pensar en otra cosa, sin querer demostrar nada a nadie. Se puede llegar a amar el jazz escuchando uno de sus discos. Esas cosas se notan y se agradecen. Incluso un niño tan pequeño puede percibirlo. Creo que lo que se lleva peor es tragarse una novela de cuatrocientas páginas en la que se cuenta toda una vida que carece del mínimo interés. Incluso para el que la ha vivido. Los chavales de dos años no aguantan más de cincuenta palabras y media docena de ilustraciones divertidas. Hacen bien.