may 12 2007

Suma y sigue

El calor se está presentando traicionero. Unos días es intenso, otros deja el engaño en la luz y la falta de abrigo nos juega una mala pasada. Calor incierto. Como las ideas al escuchar un tema de Pepe Habichuela. Mestizaje del flamenco y del jazz. Yerbagüena. No son ideas que varíen por lo que escucho, pero la falta de tensión provoca que las bandas del pensamiento se mezclen de forma disparatada.
Hemos estado en el parque esta mañana. Los seis. Yo he regresado algo antes, junto con Gimena, para terminar de preparar la comida. Después de comer (sólo cinco porque Gonzalo ha quedado con sus amigos cambiando buena comida casera por una hamburguesa), cuando los dos pequeños ya dormían una siesta que aún dura, Silvia me ha contado algo muy curioso.
– He visto a un hombre de pelo blanco. Subía la cuesta y me ha recordado a tu padre. He querido pensar que era él, que venía a jugar un rato con los críos, a darme un beso y a gastarme una de sus bromas. Que gusto dejar la imaginación a su aire frente a lo imposible.
– ¿Qué día es hoy? ¿Lo sabes?, le he preguntado sabiendo que no.
Hoy es doce de mayo. Mi padre cumpliría años. Silvia sentía una especial admiración por él, mis hijos mayores se mueren de pena al recordarle y los dos pequeños se están perdiendo a un abuelo divertido y cariñoso. Les hubiera encantado.
Silvia se ha quedado algo pálida al saber que hoy es doce de mayo. Y antes de levantarse de la mesa ha dicho que ahora si que está disfrutando ese ratito mirando al hombre de pelo blanco.
Sigo escuchando a Pepe Habichuela. Fumo, pienso mucho antes de escribir cada frase.
La ausencia rellena los huecos de la soledad. Termina siendo eso. Nuestra soledad. Algo que arrastramos durante toda la vida. De niños nos falta ser adultos; de jóvenes nos perdemos de vista y sentimos que nada en el mundo es buena compañía, ni siquiera nosotros mismos; al madurar echamos en falta lo que pudimos llegar a ser, las oportunidades perdidas; siendo ancianos nos falta la vida. Y en el camino sumamos a los muertos que forman el camino que pisamos aunque no podemos llegar a tocarles. Suma y sigue.La ausencia es nuestra condición humana porque se eleva siendo soledad. La construye envidando cada mañana, convida a sufrir un poco más.
Pienso, fumo y escribo despacio. Música mestiza. Recuerdo. Soledad para seguir viviendo.


jul 28 2006

Huyendo de lo accesorio

Tarde del jueves. Calor, compras y helado mientras paseamos. Guzmán estrena silla de paseo. Quiere bajar a toda costa para corretear. Aprovecho para comprar una copia de la trilogía de Apu. Recomendación de Irene Tamayo. El pequeño intenta, como de costumbre, llevarse a casa veinte copias de la misma película. Se conforma con mucho menos.
A Silvia le apetece ver cine mientras escribo, pero me apunto a última hora. “La canción del camino” es la primera parte. Blanco y negro. La copia es de una calidad espantosa porque parece ser que los negativos se perdieron en un incendio. Dos horas. Guzmán dormido. Silvia y yo pegados al sofá.
Fantástica. Una visión nada complaciente de una zona muy deprimida de la India, realista. Las miserias del ser humano campando a sus anchas en cada toma. Y la felicidad absurda del que no quiere ver. O del que ve más allá y tomamos por loco o imbécil. Eso nunca se sabe. La amargura del que tiene los pies en el suelo. Nunca más allá. Eso siempre se sabe. La mirada del niño que observa y va descubriendo lo que los mayores tienen olvidado. Adultos que se arriman al recuerdo de las expectativas no cumplidas, esas cosas que llevamos a cuestas porque son las que nos amargan. La llegada de la muerte. Siempre a destiempo. Visitando a jóvenes, a viejos. Un drama de igual forma. Todo envuelto por algo tan evidente que no somos capaces de ver. La propia condición de estar vivos. De haberlo estado para los que tienen que continuar. Y todo ello con el fin de decirnos que tener cosas materiales no hace mejor la vida. La alegría por ser, por estar en el mundo, es lo que convierte la existencia en algo que merece la pena. El resto es accesorio.
Qué buena película. Cada toma un dibujo exacto. Estamos deseando ver las otras dos.
Al apagar el reproductor aparecen imágenes de un programa de televisión. Un tipo se lleva las manos a la cabeza. Nervioso. Debe decidir entre no sé cuantos miles de euros o arriesgar un poco más. El público grita entusiasmado. Cambio de canal. Unas señoritas cantan de forma patética. Quieren llegar a ser famosas y compiten unas contra otras. Fama, dinero. Ese es el único futuro.
Desconecto el aparato. Preferimos comentar algunas cosas sobre la película de Ray. Y luego leer. Silvia el libro de Baricco. Yo el de Irene Nemirovsky. Es la única forma de enterarse de qué va la cosa. De entender algo.