may 20 2011

Fuera de los vehículos

¿De qué serviría todo esto si los muchachos que duermen al raso se sentaran en el asiento trasero de un vehículo oficial dentro de cuatro o cinco años? ¿De qué serviría esto si un movimiento como el que acaba de nacer se convirtiera en partido político y se integrara en el sistema? ¿De qué servirá si cambiamos la ilusión pura por la estructuración formal de ideas? ¿De qué servirá dejar a un lado la lírica y la utopía a cambio de documentos oficiales u opciones que mejoren estéticamente la cosa hasta una nueva hecatombe?
Una amalgama de ideas que nadie sería capaz de analizar sacando conclusiones hoy ha logrado que algo se mueva. Muchos se empeñan en señalar esto como el gran problema. La cosa no está clara, dicen. ¿Qué es todo esto? preguntan levantando la ceja. Y hacen y preguntan desde una lógica instalada por todos los rincones incapaz de distinguir entre un cambio y un peligro.
Creo yo que, lejos de ser el gran problema, esa amalgama es el gran éxito, la gran novedad, la gran revolución que vivimos, lo que convierte en mágico cada paso. Y el gran terror de los que manejan el cotarro.
¿De verdad creen ustedes que los políticos no estarían dispuestos a modificar la ley electoral con la garantía de gobernar y vivir como hasta ahora durante otros cuatro años? No lo duden. Eso es anecdótico, un pequeño detalle. Pero aquí está pasando algo distinto. Algo alejado incluso de las reivindicaciones que se hacen en las plazas de toda España. Aquí se han removido conciencias, las de muchos; aquí se está cambiando la forma de pensar; aquí se está diciendo no al miedo del que somos víctimas; aquí la lírica para ilusionar tiene un hueco; aquí todos tenemos la misma edad y la misma ruina (ideológica y económica).
Ese es el gran terror de algunos. El resto se puede arreglar porque es cuestión formal. Pero cuando es el fondo lo que se mueve el miedo se traslada de un lugar a otro. Las lógicas se resquebrajan. Sería un gran error convertir esto en más de lo mismo. Debemos conservar la posibilidad de mantenerlo donde está. De mantener alerta la mente para poder repetir cada mañana que no, que no, que esto no puede ser. No parar de decirlo, conseguir que nuestros hijos crezcan sabiendo que lo único intocable en una persona son sus ideas, que el pensar les hará libres.
Desde los medios, desde los partidos políticos, empujan con fuerza a este movimiento social hacia la integración.
Pues no. Que los coches oficiales los ocupen otros. Ya tenemos bastante con pasar vergüenza mirando lo que hacen. No queramos pasar más desde dentro del vehículo.


jul 18 2010

Mirarnos

Una forma de conocimiento es la despedida. O la falta. O la ausencia. O como quieran llamarlo.
El día que salimos de viaje para estar durante los siguientes años en un país lejano, nos fijamos en esa figura de porcelana que siempre ha estado allí, en el arbolito del jardín que ha crecido tanto, en lo blanco de las paredes o en el olor a comida. Llegamos al destino y encontramos la ropa perfectamente planchada en la maleta, un libro envuelto que nos dejó sin decir nada con una carta que habla de nosotros. Nos sentamos a descansar y pensamos. Poco antes discutíamos por esto o aquello, el arbolito siempre estuvo y no reparaba en él, no huele a nada que sea conocido. Y sabemos porque eso se convierte en símbolo (ya lo era antes aunque lo simbólico no cuenta casi nunca), adquiere un significado que hasta ahora era desconocido.
Aprendemos y conocemos porque la ausencia nos obliga a pensar las cosas. A pensarlas más allá de lo que se ve, más allá de lo que nos enseñan a simple vista.
He llegado al convencimiento de que conocer es conocernos. Sin volver la vista hacia nosotros mismos nada tiene sentido. ¿De qué sirve dominar la física nuclear a cambio de no ser lo que nos toca? Y eso no puede llegar a través de los sentidos. Oler o ver la cáscara de las cosas nos niega saber qué es lo que tenemos delante. La superficie nunca mostró nada importante. Miramos dentro y encontramos todo lo que somos. Todo lo que es el mundo.
Conocer no es exclusivo de fórmulas matemáticas. Ni de filosofías. Ni de religiones o dioses. Conocer es la suma de todo lo que el hombre es. Conocer es mirar. Tan dentro como sea posible de las cosas. De nosotros mismos.


nov 21 2009

Asesinato. O muerte natural. Es igual.

El viaje de vuelta es siempre triste. Sea cual sea la causa, sea cual sea el momento. Pero uno de esos regresos es la experiencia más cruel para el ser humano. Desde ese lugar donde la imaginación te llevó alguna vez. El más duro de todos.
Acampas en un espacio hecho a medida, repleto de esas cosas que siempre quisiste, acompañado por los elegidos. El lugar que te corresponde en cada sueño por cumplir. Te mueves por allí sin preocupaciones, sin más pretensión que la de disfrutar de lo que eres, escuchando los murmullos que faltaron cualquier otro día. Y alguien te toca en el hombro; despierta, dice, parece que estás atontado, hay cosas que hacer. Miras alrededor, compruebas que nada es posible si mantienes los ojos abiertos. Y en un último intento tratas de entornar los ojos para que se alargue de nuevo una imaginación muerta, asesinada casi siempre. Pero nada que hacer. La realidad se impone. Hasta que un día tomas la decisión. Nada de sufrimientos estúpidos. La imaginación muerta, asesinada. Y tú mismo con el cañón apuntando a la sien.

Queremos lo nuestro a toda costa. Somos celosos de lo que creemos es parte de nosotros. Aunque, finalmente, terminamos cediendo todo lo que antes no hubiéramos soltado por nada del mundo. Por eso, cuando la persona a la que siempre amamos termina descansando en lugares inaccesibles, a la sombra de otro cetro, comenzamos la espera lamentándonos y la terminamos asumiendo que no poseemos nada, ni lo queremos tanto como para sufrir. En este mundo lo nuestro es lo que podemos pensar. La ficción que nos recoge para que podamos sobrevivir un par de minutos más aunque con el terror en la palma de la mano.

La vida tampoco es tan horrible vista desde la nueva butaca que ocupo. Lo único que me falta es el espejo de siempre en la esquina de siempre. El resto es igual.
© Del Texto: Gabriel Raírez Lozano