jul 3 2012

Mover a millones de personas es fácil

No hay forma humana de cambiar nada de lo que pasa en el mundo. Los medios de comunicación son tan potentes y están tan bien controlados por bancos, partidos políticos, especuladores del mundo entero y periodistas ridículos que hablan de idioteces que cualquier cosa que se intente nace fracasada. El miedo se cambia por la euforia como si fueran un par de cromos. Un día toca todos vamos a morir; otro nos dicen que el político tal o cual ha conseguido un acuerdo maravilloso que resulta ser una mierda. Pero nos vuelven a meter miedo al día siguiente y todo se calma. Por si era poco, el fútbol aparece en escena para dejar las conciencias atontadas del todo. Y, mientras, las pocas esperanzas puestas en un cambio; en una regeneración social, económica, política y laica, se pudren en las esquinas. El 15 M se quedó en nada; los mineros andan luchando para nada; los que expresan sus ideas -con sensatez y cierto criterio- escriben o hablan en medio de un desierto construido para ellos durante los últimos años; los estudiantes se movieron un rato y se fueron de vacaciones; los trabajadores siguen aborregados con el pastor repartiendo temores y amenazas. Esto no tiene arreglo. Y no lo tiene -ha llegado el momento de decirlo- porque no existe el problema, porque lo hemos eliminado. Si, en realidad, estuviéramos en el borde de un precipicio; si, en realidad, estuviéramos con la soga al cuello por la falta de trabajo o por la falta de un plato de comida; si así fuese, no podríamos estar mirando lo que sucede como si tal cosa. Nos hizo mucha gracia eso de llenar plazas. Tanta como vaciarlas cuando la cosa comenzaba a significar un grado de implicación que nos pondría en aprietos ante nuestro propio bienestar. Nos hizo mucha gracia llenar las redes sociales de mensajes incendiarios y de ideologías baratas -ha llegado el momento de decirlo, también-. Tanta como olvidar esas maravillosas ideas que se recogieron en listas de frases célebres y que casi nadie entendía o con las que casi nadie comulgaba. Nos hizo mucha gracia parecer rebeldes por si nos convertíamos en el Che Guevara vestido de Dior.
Aquí, lo he dicho un millón de veces, lo que sucede es que no hay ideología a la que agarrarse. Nos dijeron que todas habían fracasado y nos lo creímos. Nos dijeron que lo único que se podía creer era en el dinero, en la propiedad, en pelear por el éxito a base de trabajar y no pensar. Por supuesto, lo creímos. Otros nos dijeron que Dios era una hucha que debíamos llenar cada domingo. Y Dios se murió (eso es muy malo, sea cual sea ese Dios, porque nos hace olvidar nuestra parte trascendente) mientras que las huchas se llenaron. Porque nos lo creímos también. Ahora nos dicen que la crisis ha consistido en que nos hemos gastado una pasta que no era nuestra. Pues nada, a creer mientras los chorizos del mundo entero se descojonan de nosotros con los bolsillos llenos de billetes. El juicio de Isabel Pantoja es la noticia de la semana. Que no juzguen a los que han provocado este desastre no se menciona. Seguimos jugando a no tener ideas, a no trabajar por encontrarlas (nuevas o en los libros). Y así nos va, claro. Pero si podemos ir de vacaciones aunque sea de una forma cutre, si podemos disfrutar de un buen partido de fútbol o si no falta un trabajo de mierda para nuestro hijo, todo puede soportarse.
!!Cualquiera se pone ahora a pensar en lo que movió el mundo hace unos años o lo podría mover en la actualidad, cualquiera se pone a pelear por los derechos universales poniendo en peligro los propios¡¡ Eso que lo hagan otros. Nosotros tenemos que dar una imagen ante los otros. ¿Se imaginan a un tipo diciendo en su entrevista de trabajo que cree en la clase obrera o en un sistema más igualitario; se imaginan a un individuo afirmando que su interés no es hacer millonario a otro sino que el mundo funciona mejor? Yo no.
Deberíamos estar decepcionados. Y mucho más indignados que nunca. ¿Qué tiene que pasar para que nos pongamos en marcha? Pues que los futbolistas ganen campeonatos. Una maravilla del ser humano que logra llenar las calles de todo un país. ¡Qué tristeza y qué fácil!


ago 1 2011

Ya es casi oficial: Soy normal

Creo que me estoy convirtiendo en una persona absolutamente normal.
Si antes me preocupaban los problemas ajenos, ahora me la traen al fresco. Si antes procuraba que los que me rodean se sintieran felices, ahora intento hacer lo que me da la gana sin pensar en nadie que esté más allá de la puerta de casa. Hubo un tiempo en que trataba de ser crítico con la situación que vivimos en este mundo. Hoy, no leo la prensa, no veo la televisión (hace años que no lo hago), no presto atención a lo que pasa a mi alrededor. En definitiva, me importa todo una mierda.
Al menos ya sé dónde estaba mi límite, donde estaba esa frontera entre el yo y lo demás. Y, por fortuna, creo que será difícil volver atrás.
Supongo que todos nos consideramos el rey del marrón (para el que no entienda la expresión, aclaro que eso es como decir que todos pensamos ser una especie de héroes dedicados en cuerpo y alma a solucionar la vida de los demás a costa de la propia). Eso supongo. Pero es que lo mío es de premio mundial. O rei do marron. Ese sería un buen epitafio.
Por supuesto, no entraré en detalles sobre todo este asunto. Sería estéril y estúpido por mi parte. Pero no he podido evitar vomitar un poquito en mi blog que para eso es mío.
Lo importante es que ya soy normal. Corriente y moliente. Uno más. Y es un alivio. Espero que nadie pida imposibles, que nadie piense en mí si tiene un problema; que nadie se acuerde de mí, a secas.
Y , como soy de lo más normal, me voy a meter un gin tonic entre pecho y espalda mientras veo, por segunda vez, una película coreana que me ha encantado. Poesía. Ese es el título. Me temo que es la única forma de evitar escuchar gilipolleces.


jun 6 2010

Precio ¿Qué precio?

El pasado martes devolví una cartera que encontré en un taxi. Tarjetas de crédito, documentación y algo de dinero. Veinte euros con noventa y cinco céntimos. La entregué en una comisaría. Un policía mayor me atendió con mucha amabilidad y me hizo esperar para que comprobase que él entregaba a su vez la cartera a dos funcionarias. ¿No se ha quedado con el dinero? preguntó la más joven. Es que sabiendo cómo se llama la propietaria y habiendo visto su foto me ha dado apuro. Eso contesté. Espero que ya esté en poder de María de los Ángeles. Así es como se llamaba según el D.N.I. Lo que no tengo tan claro es qué hubiera pasado si la cartera hubiera estado repleta de billetes. Por ejemplo, dos, tres o cuatro mil euros. El hecho de estar pensando en ello ya me huele a chamusquina. Devolver veinte con noventa y cinco te hace pensar que eres decente, honesto. Aunque es sencillo. Y me temo que devolver tres mil euros te hace sentir como el tipo más gilipollas del universo. ¿Qué es mejor, sentirse como una especie de buen samaritano o un imbécil sin solución?
En la vida, del mismo modo que los personajes en las novelas, nos enfrentamos a situaciones que nos llevan al límite y eso nos hace desaparecer. Dejamos de ser tal y como éramos un minuto antes. Y en literatura puedes cargarte a un personaje en dos líneas sin apenas ser consciente de ello. Por eso nos pensamos las cosas dos veces antes de meter la pata. Si lo que vamos a hacer es algo que moverá la conciencia a un lado diferente del que creemos mejor, si intuimos que tendremos que llevar a cuestas un equipaje tan molesto, nos asaltan las dudas. Nadie quiere tener que cruzar de acera cuando ve a otro, ni desviar la mirada con vergüenza. Tampoco escribir de nuevo cien páginas de un relato para que funcione razonablemente. Sin embargo, nos pasamos la vida cometiendo errores. Nos ponen frente a algo que tiene un valor determinado y se acabó.Pero ¿cuál es el precio? Yo no tengo ni idea del mío. Está por encima de veinte con noventa y cinco. Eso sí. Espero no tener que descubrirlo salvo que ronde los tres o cuatro millones de euros.


ene 5 2010

Sobre el altar no queda nada

– Me acabas de prometer una vida entera.
– Y tú a mí.
– Pero entonces ¿ahora que debemos hacer?
– Olernos, tocarnos, escuchar lo que dice el otro. Esas cosas.
– ¿Querernos?
– Estar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano