abr 4 2012

Yo mato, tú matas, me muero.

Si no podemos tocar algo su explicación parece imposible. Tal y como están las cosas, lo inmaterial no existe, ni es. Todo se reduce a eso. Te toco, te creo, te explico, me importas.
Puede ser Dios o puede ser el alma. Negar lo divino o lo que está próximo es tan habitual que parece carecer de importancia. Y no es mi intención parar aquí. Nunca lo hago salvo si estoy a solas.
Pero me paro y pienso (escribiendo, para que me vean hacerlo). Y digo. Nos estamos negando unos a otros. Por ejemplo ¿quién entiende la depresión ajena? Sólo los que la pasan o ya la sufrieron. Si no pertenecemos a ese grupo ni nos hacemos cargo del problema, ni gastamos un minuto en intentar acercarnos seriamente. Si nos estuvieran contando los problemas financieros de un desconocido sería otra cosa. Cien mil euros de deuda. Qué horror. Pero qué bien lo entiendo todo.
Sin embargo, escuchamos: Me muero de pena. Pensamos: No sé de qué coño me hablas.
Con la negación de lo inmaterial, con la exaltación de la razón como único recurso para poder sobrevivir nos estamos matando. Unos a otros.
Entendemos que una jovencita escape de casa para casarse con un tipo cincuenta años mayor que ella y forrado de pasta. La cosa se puede medir. Vivirá estupendamente, y si se separa tendrá una pensión maravillosa, y si el viejo muere antes de tiempo lo tendrá todo sin tener que pasar por caja cada noche. Eso lo entendemos muy bien.
Al contrario también. Fulano se traslada a la India. Se va a no sé qué centro de cooperación internacional. Renuncia a todo. Menudo gilipollas. Lo ven. También se puede medir. Más tienes, más vales. Más estás dispuesto a perder, más imbécil te ven.
Lo que no entendemos es que nos den el coñazo con cosas incomprensibles. ¿Eso se puede tocar, se puede comprar en algún hipermercado? Pues no me interesa, oiga. Y nadie parece darse cuenta de una cosa tan evidente, tan evidente, que lo es. El ser humano es lo más incomprensible que hay en este mundo, aunque pese, aunque tenga altura, aunque se pueda tocar. Pero añade lo que llamamos inteligencia. La inteligencia mueve al ser humano. No se puede tocar. No la entendemos. Nos hace sentir incómodos. Intentamos no saber nada de la ajena. Y no queremos saber nada de la nuestra. Y matamos, poco a poco, al de al lado. Más tarde a nosotros mismos al despanzurrarnos frente al televisor. Y estamos más muertos que vivos cuando nos damos cuenta. Somos unos suicidas en potencia. Todos. Aunque entendemos muy bien lo que significa tener dinero o que una jovencita cambie lo mejor de su vida por un abrigo de piel.



ene 17 2006

Soltar lastre

Todos necesitamos estar anclados a la realidad. De otro modo acabaríamos en un centro especializado en enfermedades mentales. No conozco una sola excepción.
Durante nuestra vida, acumulamos lo mejor que hemos ido encontrando en el camino para poder fabricar lo que imaginamos que son las raíces necesarias para salir adelante. Las extendemos tanto como podemos. Estiramos de las puntas para que nos aguanten. Las mimamos. Ocultándolas, sin que nadie sepa que existen, creemos estar mejor protegidos. Y nos anclamos al terreno con ellas. Creemos estar arraigados. Sujetos como un árbol milenario o como un arbusto enclenque, eso es lo de menos. Al fin y al cabo sujetos al territorio en el que nos toca. Podemos pasar años sin movernos un solo milímetro. Y eso nos hace más felices.
Van llegando los golpes y sentimos que siempre nos queda eso que hemos dejado a salvo de la propia vida. Nos hace un poco más llevadera la mortalidad. Los valores, las creencias, la tradición que aprendimos de los mayores y tenemos como cimiento, una experiencia que enseña lo opaco de la felicidad, o la luz en el extremo del daño. Y aguantamos gracias a eso. No hay nada en el mundo que pueda con nuestro anclaje a la realidad. Ni la muerte de otros, ni el fracaso, ni la humillación, ni siquiera nosotros mismos porque, finalmente, cedemos ante lo primigenio. Eso creemos. Y es mentira, una terrible mentira.
Tanto si el ariete es potente, como si la realidad cambia, esos cimientos deben modificar su posición. Con algo de suerte podemos movernos un poquito y volver a plantarnos. O no. Sin tener una pizca de fortuna podemos aparecer en cualquier sitio con la mitad de equipaje o sin nada. Nos vemos obligados a recoger lo que queda de eso que pensábamos inamovible y buscamos una zona en la que instalarnos durante otro periodo de tiempo. Y siempre deseamos que sea definitivo. Porque el miedo es así. Quiere que todo siga siendo lo mismo.
Resistir se hace inútil y peligroso cuando lo que empuja es inevitable, necesario (es decir, cualquier cosa). Aferrarse a lo que sujetó durante años es posible. Lo que se hace inviable es vivir con esa postura cuando ya nada es igual. Por eso hay que tener el equipaje preparado. Todo ordenado y dispuesto para mudarse de sí mismo a otro yo. En maletas de cuero o bolsas de plástico, con protección o sin ella. Como cuando hay que abandonar un barco a punto de naufragar habrá que elegir lo imprescindible, lo que menos pese. ¿Dónde quiere ir nadie con las maletas llenas de moral? Mucho peso. ¿Para qué sirven los paquetes de dolor viejo? No deberían caber esa nueva ubicación.
Creo yo que de lo que se trata es de soltar lastre en cada movimiento, de cambiar la piel si es necesario, de echar otra vez las muelas. Mudarse y no decorar la casa a tu gusto (aunque solo sea un poquito) está de más. Y si la casa es uno mismo el problema se hace mucho más grande. Mejor aguantar en el mismo sitio. Total, el efecto es similar: dejas de ser tú y quedas en tierra de nadie, sin un anclaje que llevarte a la boca. Una tristeza muy común. Y, aviso a navegantes, los centros de salud mental ya no tienen capacidad para más. Normal, normal. Que nadie se eche las manos a la cabeza.