jul 24 2011

Mis alumnos

Dicté mi primera clase el año 1987. Era jovencísimo. Fue en una escuela de marketing. Sí, en una escuela de negocios. Fui un buen especialista en política de precios. Desde ese año nunca he dejado de dar clases. Los últimos dieciséis los he dedicado a la enseñanza en el área de escritura creativa y lectura crítica. Y hoy me pregunto cuántos alumnos han compartido aula conmigo. He perdido la cuenta. Miles. Algunos de ellos siguen cerca. Otros no. No he vuelto a saber de sus cosas. Traductores, biólogos, periodistas, médicos, presentadores de televisión (se quedarían ustedes pasmados si supieran sus nombres), empresarios, lectores profesionales. Supongo que todos dedican sus esfuerzos a salir lo mejor que pueden de esto del vivir.
Creo que recuerdo a todos. Revisando las listas que conservo soy capaz de poner una cara junto a cada nombre. Mis alumnos han sido torpes, extravagantes, toscos, simpáticos, creativos, jóvenes, maduros, algunos ancianos. Los tuve entusiastas, distantes, depresivos, alocados y completamente locos. Cuerdos fueron pocos. Afortunadamente. Y hoy me pregunto que ha sido de todos ellos, cuántas ilusiones dejaron por el camino, cuántas cosas se llevaron de aquellas salas en la que pasamos momentos tan duros y tan fascinantes.
He leído con ellos, para ellos; hemos analizado frase a frase textos que parecían lo que no eran; las discusiones fueron siempre frecuentes. Los mundos chocando entre sí. Decepciones, alegrías, enfados descomunales al recibir una crítica, casi siempre una entrega total de profesor y alumnos. ¿Habrá servido de algo?
Siempre les recibí recordándoles que, probablemente, fracasarían; que lo hicieran con elegancia. Siempre les despedí con el deseo sincero de un éxito mayúsculo. Siempre me he sentido orgulloso de todos ellos. Porque, al fin y al cabo, algo de sus vidas cambió después de recibir esas clases. Seguramente poco. Orgulloso por su evolución como escritores. Pero, sobre todo, orgulloso de mis propios progresos al escucharles, al leer lo que iban escribiendo. Sin duda, el gran beneficiado he sido yo. Sin ninguna duda.
He estado tomando un café. Fumando. Revisando listas viejas de cursos viejos. Y, por primera vez en mi vida, he sentido la importancia de lo que he estado haciendo tantos años. He crecido como persona lo que nunca soñé. Espero que ellos hayan sentido eso mismo aunque fuera mínimamente. Y que no se sientan tan viejos como me siento yo. Sobre todo eso.