may 11 2010

Obsesión

El hombre toma café. Lee un libro. Pasa las páginas con cuidado. Anota en los márgenes.
La mujer busca en su ordenador. Quizás un enlace, una página en la que aparece su nombre, una fotografía. Cualquier cosa puede servir. Siente que se le seca el pensamiento, pero continúa. Todo es estéril, genera fatiga, destruye.
El hombre se levanta y camina hacia la estación de autobuses. Mira la fachada de un edificio que le resulta exquisito por su decadencia. Piensa en lo que hará esa tarde, en qué preparará para cenar, en las cosas cotidianas.
La mujer decide escribirle. Mezcla lo íntimo con lo más simple que se le ocurre. Quiere parecer cercana, amable, incluso sensual. El pensamiento no se mueve. Entre líneas le ofrece una vida nueva, mucho mejor. Evita ser muy explícita para que ese punto de mujer misteriosa que siempre quiso arrastrar no se vea en peligro. Revisa lo escrito y envía. Sólo queda esperar. Mientras llega la contestación, va mirando cosas que le pueden llevar hasta él. Una, otra más, más, más.
El hombre conecta su ordenador. Abre el correo como cada día. Las direcciones de los remitentes no le suenan. No le parece que merezca la pena leer casi ninguno. Borra todos excepto dos de ellos. Uno es el mensaje diario de su amigo. El otro el que le envía el centro comercial ofreciendo las últimas ofertas. Contesta el primero. Borra el segundo porque no ofrece nada atractivo.
La mujer mira la pantalla del ordenador. Fijamente.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano