ene 17 2012

La sensibilidad oculta

Tuve un alumno (hablo de diez años atrás) que no sabía que su sensibilidad era parte importante de sí mismo. La tenía, la escondía, cuando hablaba con otros muchachos se mofaba de todo aquello que pudiera oler a sensible. Durante meses estuvo haciendo esfuerzos para que nada de su zona más íntima pudiera aparecer en público. Yo iba leyendo lo que escribía, sospechando que aquel hombretón que jugaba al rugby, que trataba a las chicas con cierto desprecio y que cuando escuchaba poemas bajaba la cabeza, escondía algo.
Una tarde, salvo que recuerde mal aproveché el día en el que estaban todos sus compañeros presentes, le hice leer un poema. Emily Dickinson.
Él era débil y yo era fuerte,
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.
No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.
El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!
Terminó la lectura como buenamente pudo. Sin levantar la vista del libro me preguntó si podía salir de clase. Claro que no, le contesté. Para una vez que no estás imitando a un mal actor de película estúpida, me gustaría tenerte por aquí.
Una alumna, posiblemente una de las chicas más inteligentes que ha pasado por una de mis aulas, levantó la mano para poder hablar. Me gustas mucho más así de colorado y con la piel de gallina. Javo, así se llamaba don duro de pelar, me miró. Apenas sin poder contener las lágrimas por la ira me dijo que eso no se hacía. Dejé que pasara un minuto sin decir nada. Lo que no se puede hacer es aparentar lo que no se es. Tener sensibilidad, revolverse en la silla cuando te emociona no es cosa de mujeres. Y deberías estar muy orgulloso de poder leer a esta señora y sentir que cada palabra está en el sitio justo para que tú sientas algo. Deja de ser tan zopenco. Además, Javo, el próximo partido puedes entrar al contrario con la misma violencia. No sería bueno que te pusieras el tutú para jugar. Cada cosa a su tiempo. Hubo risas y el chaval se sentó en su silla con la sonrisa en la boca. Por supuesto esto creó cierto revuelo entre mis alumnos y, supongo, que se comentó en muchas ocasiones.
Es algo habitual que estas cosas ocurran y es algo habitual que, cuando un hombre dice esto sin problemas, las mujeres crean haber encontrado un bicho extraño por el camino. Todos tenemos esa parte sensible (a veces confundida con la sensiblería y lo cursi). Sólo hay que buscar, agarrar y tirar en el momento preciso.
Todo esto lo cuento porque me dicen que Cristina me lee. Yo no lo sabía y dado que mi número de lectores es tan bajito es algo imperdonable. Me sé nombre apellidos, número de teléfono y, en algún caso, talla de pantalón. Me dicen que vive en Valencia. Y que le sorprende encontrar entradas que no esconden esa sensibilidad tan prohibida a los hombres.
Pues ya sabe Cristina y toda mujer de este mundo lo que tiene que hacer. Buscar, agarrar y tirar. Y, sobre todo, no creer que su marido, su novio, su amante o lo que sea, cuando piensa lo hace en el trabajo, en el fútbol o en cómo cambiar de coche. Les aseguro que sufren si ustedes no les hacen caso, o si se sienten despreciados y si ustedes insisten en ponerse guapas para salir con las amigas y andar por casa hechas un asco. Y les aseguro que sus queridos maridos se emocionan con lo que escuchan, con lo que ven y, sobre todo, con lo que sienten (concretamente por ustedes). Al fin y al cabo, somos personitas de carne y hueso.
Eso le pasa al marido, novio, amante o lo que sea de cualquiera. Así que manos a la obra. (Si alguien puede que avise a mi señora esposa).


oct 25 2011

G. La segunda invasión (I)

Del diario TAES 278.90.765.9 rescatado el 31 kaes del tiempo Epen.
Reporte de G. 2.0 (prefiere que le llamen G. a secas. Como su padre. Él fue el primero de nuestra especie que intentó la invasión del planeta Tierra. Sin suerte).
He llegado a bordo de un último modelo de transportador interespacial TAES que se ha destruido dos horas después del aterrizaje según lo previsto. Pienso conquistar este planetucho. Sea como sea. He revisado el trabajo de mi padre y los errores que cometió me han servido para planificar el trabajo al milímetro.
De momento, mi aspecto es mucho más discreto. He conservado, en recuerdo a mi padre, un pene algo descompensado con el resto del cuerpo. No me preocupa puesto que es algo muy valorado entre algunos habitantes de la Tierra y puede servirme de gran ayuda. Podríamos decir que soy una monada. La cámara y micrófono los he incorporado con astucia en mi cráneo flexible. Aquí comienza mi tiempo de gloria.
Documento sonoro número 1 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por Morón de la Frontera.
– Deja al bicho, ya, cojones. Joder con el niño. Que no toques al enano he dicho.
– Pero es que yo quiero jugar con él, papa.
– O le dejas o te meto una chuleta que te jodo. A tomar por culo de aquí. Charo, a ver que hacemos con el bicho. Se ha cagado.
– Qué mono es. ¿Le adoptamos? No pongas esa cara, Pepe, no es para tanto. Los obreros nunca tenemos dinero para nada, pero para comer siempre habrá algo.
– Prefiero adoptar a un votante del PP. Mañana le vendo en la plaza.
Nota: Durante la conversación mantenida entre los dos humanos con bigote se pueden escuchar los quejidos de G. que, atado a una pata de cama, intenta escapar. Su enorme pene le impide coordinar los movimientos y se pueden oír los ruidos sordos que provoca al caer.
Documento sonoro número 2 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por Morón de la Frontera.
– Hay que joderse que tranca tiene el puto bicho. Será cabrón, me ha mordido.
– Pepe, hijo mío, le has aplastado el cuerpecito. Pobre criatura.
– Da igual. La tranca sigue como nueva.
– Anda, tira eso ahora mismo. Bestia.
Nota: Se pudo rescatar a G. de entre restos repugnantes de alimentos. Dentro de un cubo. No se pudo hacer nada por él. Se está preparando una versión mucho más avanzada de un G. más versátil y resistente. Será enviado a un núcleo conocido como monasterio de Silos.


dic 15 2010

Con G de Grinch: Todos queremos no ser en navidad

Llega la navidad y, a todos, nos da por ser buenos, piadosos y un ejemplo para los demás. Para ello nos dedicamos a gastar pasta como si nos fuera la vida en ello. Qué bueno soy, piensa él cuando elige un carísimo regalo para su mujer a la que no hace ni puto caso el resto del año. Pero estamos en navidad. Qué bonito es el amor que renace en navidad, piensa ella olvidando que le da bastante asco echar un polvo con su marido salvo después de beberse cuatro o cinco copas y dejar de ser consciente de lo que pasa a su alrededor. Oh, mis padres son los mejores del mundo, piensan los niños que sólo valoran a papá y mamá cuando llegan con un paquete debajo del brazo.
Vivimos del trueque creyendo que somos lo más en tecnología. Te doy, te callas. Te doy, sonríes. Compro, soy feliz. Regalo, prorroga de un año más de matrimonio.
La navidad es el gran espectáculo del gasto. La gran exhibición de glotonería y falso amor. Es una mierda, vaya.
Pero aquí estamos. Esperando ansiosos tener un rato para salir a la calle con la tarjeta de crédito entre los dientes y gastarnos lo que no tenemos para demostrar que somos cojonudos y que, llegada la navidad, podemos dejar en el trastero el saco de mierda que nos acompaña todo el año.
Les iré contando mis experiencias de aquí al final de estas bonitas y maravillosas fiestas. Les desearía felices navidades, pero me sentiría un hipócrita. Me parece una frase gastada y sin fondo. A mí en navidad me da por ser sincero. Es a lo único que puedo aspirar.



oct 19 2010

La verdadera y única explicación

Dios se sienta en su trono. Estira las piernas mientras se frota los ojos y lanza tres pelotitas de colores al aire. Esto es algo imposible, por ejemplo, para un mortal Pero Dios todo lo puede. A su alrededor, revolotean angelitos que llenan de líneas blancas el espacio celestial dada la alta velocidad a la que se mueven. Algunos practican caídas en picado que nunca terminan de forma trágica ya que son entes espirituales que no pueden despachurrarse contra nada conocido. Frente a Dios vemos un tablero. Él mira fijamente. Ahora, además, mueve el cuello en sentido circular. Si fuera una persona humana y no divina podríamos pensar que intenta relajar los músculos del cuello aunque, como todo el mundo sabe, Dios no tiene ni cuello ni músculos, lo que nos hace pensar que se trata de un gesto vanidoso e inexplicable. De hecho, los angelitos exclaman al mismo tiempo como si fueran un solo ángel extasiado ante semejante belleza. En realidad, fingen gran impresión para poder seguir jugueteando por los aires de la eternidad (destino deseado por todos en lugar de la otra opción, mucho más calurosa y sombría).
En el tablero (recordamos que lo tiene frente a él) se pueden observar un gran número de piezas en movimiento. Aparecen, chocan, arden, se desmoronan, son tragadas por aguas y fangos. Las que ya no sirven van cayendo en un deposito que las recicla. Unas aparecen convertidas en angelitos que revolotean torpemente al ver la luz celestial. Otras son introducidas en lo que un ser humano llamaría cacerola, cerradas a cal y canto y puestas sobre un fogón.
Dios llama a uno de los angelitos voladores. Este acude, y escucha con atención lo que le dice. Se da la vuelta, pero no ha debido entender algo porque vuelve a girar sobre sus propias alas. Escucha de nuevo.
– A mí eso me lo da por escrito. Que yo me he ganado esta plaza con mucho esfuerzo.
– Mira, tira que me estas poniendo de mala leche. A ver si te voy a tener que meter en una perola a presión, capullo; replica Dios con el brazo en alto, como si amenazara con lanzar un rayo fulminante.
El angelito mueve las alas con una rapidez  endiablada (esto es sólo una forma de hablar puesto que en el cielo nada puede parecerse a eso, pero para expresar se aceptan estos recursos sin penitencia añadida). Vuela en dirección a un lugar que sólo él y su jefe conocen. Regresa. Lleva en la mano un gran libro. En la otra, plumas y tinta.
– Venga, te metes aquí y les escribes un buen libro de instrucciones. Hazte pasar por varios personajes. Así tendrá más credibilidad la cosa. Les gusta mucho el rollo fantástico a estos humanos, así que ya sabes. Ya te iré enviando ayuda y eso.Venga, para adentro.
Convertido en hombre, helado de frío, con más mierda encima que un jamón, escribe la primera palabra. Génesis.


jun 24 2010

Reivindicación del secundario

Miro la pantalla del ordenador. Aprieto el ratón con más fuerza de lo normal. Uno de mis personajes ha matado a otro. No sé qué es lo que le ha llevado a cometer el crimen. Les dejé discutiendo en un bar y uno (el malo, el que tenía que cargarse a tres o cuatro durante la novela, incluido el asesino, hasta ayer mismo, improbable) ha muerto. Una muerte horrible, por cierto. Mucha casquería, mucha violencia. Me parecía a mí que le faltaba carácter para hacer algo así, que era un pobre hombre dispuesto a tragar con lo que le echaran, que pasaría de puntillas por mi novela haciendo de bisagra para que otros personajes (por ejemplo el muerto) llegasen más iluminados hasta la siguiente escena. No pienso preguntarle nada. Ahora le tengo en el lavabo comunitario de la pensión en la que vive. Se está duchando y sonríe mientras recuerda cómo se ha cargado a ese gilipollas (eso es lo que piensa, me limito a reproducir con exactitud lo que sé), sabiendo que este es el principio de una nueva vida para él. Sabe que parecía una mosquita muerta aunque ocultaba una fiera difícil de manejar. Hoy irá hasta el barrio chino para pasar la noche con alguna chica a la que no pagará. Ya puede imaginar el par de guantazos que le va a sacudir si se pone gilipollas (le veo algo obsesionado a este hombre con los pobres gilipollas). En fin, mi personaje ha decidido asumir el papel de personaje estereotipado (lo sé porque está empezando a pensar en secuestrar chicas para violarlas y coleccionar sus uñas del dedo gordo). Tenía un estupendo trabajo como secundario, pero le gusta sentirse protagonista aún sabiendo que deja atrás la carga literaria de lo que fue. Quiere ser alguien.
Pobre. Acabo de situar el cursor justo antes de que se liase a martillazos con el otro. Marcaré el bloque y borraré. Y él será, de nuevo, un pusilánime en el que nadie se verá reflejado, un hombrecillo que aparecerá poco para que los principales crezcan y para que podamos entenderles. Clic. Ya está. Vuelvo a tener novela en marcha con un buen secundario. Y prometo no volver a escribir cuando se me cierran los ojos por el sueño.