jun 9 2010

Heridas


© De la Imagen: Quim Paneque

La vida hiere. A veces los rasguños aparecen repartidos por aquí o por allí. Otras, los cortes dejan cicatrices que se pueden disimular con lo que vamos encontrando en el camino. Un nuevo amigo, el niño que crece, el mal ajeno u otra lesión mucho más grave. Con lo que sea preciso. Algunas sangran por siempre jamás. Pero recogemos la sangre y nos la volvemos a tragar. Hay que sobrevivir.
Dos son los daños irreparables. El que deja el paso del tiempo. El que se marca con una palabra. Es como si tiempo y lenguaje dejaran sus crías en cada poro convirtiéndolos en cráteres yermos.
Cada segundo nos arranca la posibilidad de haber sido, de haber podido. Siempre perdemos una oportunidad, siempre nos arrepentimos de no llegar a tiempo para agarrarnos a lo que deseamos un instante antes. Y la arena que cae de desde arriba forma una duna que termina por sepultarnos. Eso es la muerte. No que el tiempo se acabe sino que el tiempo se pierda.
Y, mientras, vamos acumulando las palabras en el pensamiento. Siempre nuevas por muchas veces que fueran escuchadas antes. En lugar preferente las que arrasaron con todo. Aplastadas por las demás, esas que una vez escuchamos sonriendo, pero que olvidamos en algún lugar o se las llevó quién las pronunció. Sabía que era lo peor que podía hacer contigo.
Ensangrentados, tapándonos las heridas. Así vivimos. Lanzando navajazos protectores tan lentos como un aullido. Inútiles.