dic 24 2012

Con G de Grinch: Definición de navidad

La navidad es ese tiempo en el que las personas deciden ser algo mejores. Más humanos, mejores padres, más íntegros. Y para ello reparten juguetes usados (rotos casi siempre) entre los niños pobres, dan unos céntimos a los pobres que se hielan de frío en las aceras, miran a sus parejas con cara de anormal para que el otro piense en lo mucho que le quiere e, incluso, pueden llegar a faltar en el trabajo una tarde para llevar a los hijos al cine. Un tiempo maravilloso en el que los espacios se hacen eternos. Los pobres se sienten peor porque se quedan en la puta calle pasando frío; los niños que reciben esa cochambre de juguetes juran que algún día tendrán uno como el del pijo de mierda que acaba de pasar (aunque tenga que robarlo); la pareja se deprime pensando que la navidad sólo sirve para recibir un regalo o un beso amorfo porque lo que quiere (al otro) está a un millón de años luz; y los hijos (los pijos de mierda que dan juguetes a los pobres niños pobres) se escandalizan al comprobar que su padre se duerme en el cine y que luego no sabe jugar a nada). Qué bonita es la navidad.



abr 27 2010

De lo mal que se lleva un escritor con la muerte

– A ver, soy la muerte. Tú, tú y tú, conmigo. Tú, pasarás una temporadita más en este antro. Te jodes. Eh, tú, sí, tú. No te escondas, imbécil. ¿No has oído que soy la muerte? Qué cosa más tonta, por favor. Venga, conmigo.

– Oiga, señora Muerte, que G. ha ido al baño. Me dijo que le esperásemos. Un pis, creo.
– Siempre tiene que haber un listo. Me pongo enferma. ¿Estaba para morirse o con si con sa?
– Pues no sé. Buena pinta sí que tiene. Pero igual no le funcionan los riñones. Vaya usted a saber.
– Ve a buscar al tal G., anda. Y date prisa porque me estoy poniendo de mal humor.
– Que dice que no era pis, que era pos. Y que tengamos paciencia, que siempre hay tiempo para morirse.
– Joder con los escritores, qué pesados han sido siempre. Venga nos vamos. Ya volveré cuando tenga un rato. No vaya a ser que esté escribiendo su epitafio y nos lo quiera leer o algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 14 2010

Al cuartelillo

Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 4 2010

De la importancia del escribir

Extracto de la entrevista al escritor indio Ranjiv Ojayit, publicada en el diario “The Observer” de su país.
Periodista: ¿Qué ha supuesto para usted la escritura?
Ranjiv Ojayit: Poca cosa. No he ganado mucho dinero, no me ha proporcionado gran fama ni he logrado nada del otro mundo con ella.
Periodista: Pero ¿escribir es eso, ganar dinero o fama?
Ranjiv Ojayit: No, en absoluto. Lo que quiero decir es que esas cosas que usted puede leer en mis novelas ya las tenía en la cabeza antes de escribir. Eso es mi pensamiento, mi mundo. Ya lo tenía. La literatura me lo había dado mucho antes leyendo a otros y pensando sobre ello. Pero, como a todos los escritores les pasa, me perdió la vanidad. Por eso publiqué, por eso publicamos. Queremos ser dioses. Y, al publicar, descubrimos que es una idiotez.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jun 19 2006

La única verdad

Afirmar que todo es relativo parece cómodo y facilón. Es negar una capacidad del ser humano. La de llegar a tener una certeza, la de aprehender una verdad absoluta. El hombre, desde que lo es, ha intentado llegar a ella para comprender el mundo y, por tanto, negarnos esa posibilidad es absurdo. Quiero decir que, por ejemplo, podemos creer o no en la existencia de Dios, pero es mejor intentar demostrar, haciendo uso de toda herramienta de la que dispongamos, que esa existencia es o no verdadera. Cosa bien distinta es que se alcancen resultados satisfactorios o que los fracasos se acumulen uno detrás de otro. Eso es otro cantar. Lo que creo yo que no es bueno es entrar en una espiral de relativismo que no permita avanzar el pensamiento o que anule procesos de búsqueda por difíciles que parezcan.
Esto de la verdad absoluta tiene un aspecto enorme y puede causar cierto pánico. A mí me parece algo con lo que no se puede jugar. Mejor que sean los filósofos los que se peleen con la razón porque el que lo hace sin saber a qué se expone suele terminar tarumba perdido.
De hecho hay algo que no es relativo pues sabemos con certeza que va a suceder. La muerte. Sí, la muerte, la nuestra, la de todos. Desconocemos el momento en que se producirá, eso es verdad, pero que nacemos para decir adiós es una verdad innegable. Y creo yo que es bueno que así sea. Morirse y no saber cuando. Una vida eterna sería un auténtico martirio. Conocer el instante en el que uno tiene que palmar sería peor aún. Íbamos a parecer yogures con fecha de caducidad y todo.
La física, la química y las matemáticas, por ejemplo, avanzan en el campo que les toca. La filosofía y la teología, por ejemplo, lo hacen en su territorio. Bien diferentes, complementarios. Progresan todas las ciencias queriendo dibujar verdades absolutas. Pero con algunos problemillas. Pienso en la psiquiatría. A un individuo que está triste le llenan de pastillas para que esté contento. O al contrario. Pero si ese buen hombre deja de medicarse puede acabar como una cabra. De hecho, seguramente lo está, pero los médicos lo maquillan con pastillitas de diferentes tamaños y colores. No sabemos como funciona el cerebro humano. Y pienso en lo que señalaba antes, en la existencia de Dios. Te lo crees o no. Es verdad que los teólogos arrimados a un realismo feroz han creído demostrar que no hay duda, que Dios existe, que eso es tan verdad como que el agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno. Pero no. Es tan fácil (o difícil) construir esa existencia como desmontarla desde una corriente filosófica distante. El ser humano es capaz de saber hasta donde puede. Sólo hasta donde puede. Lo que pasa es que ese límite está más allá. Siempre un poco más allá. Por eso conviene no cerrar el círculo relativista.
Dejemos que las ciencias lleguen hasta donde sea necesario, sin negar nada por el simple hecho de no llegar a entenderlas. Desconocer algo no convierte la cosa en imposible. Nos convierte en ignorantes.
De momento sabemos que somos como los yogures. Caducamos. Pero tenemos la suerte de no tener tatuada la fecha exacta. Algo es algo.