mar 11 2012

Invenciones del escritor (2)

Las buenas novelas soportan todo tipo de lectura; cualquier interpretación puede servir; incluso, algunas de ellas, mejoran de forma notable esos textos (es verdad que esto ocurre en novelas «menos buenas». Podríamos decir que es proporcional la mejora si esa lectura se adapta bien al original y nunca estuvo, ni por asomo, en la mente del autor). De hecho, escritores de prestigio indiscutible se han apropiado de esas lecturas sabiendo que encontraban un filón que haría vaciar el almacén del editor y engrosar su cuenta bancaria. Cuentan que mi admirado Julio Cortázar dijo que su cuento «Casa tomada» representaba un sueño. Sólo eso. Tuvo un sueño y lo plasmó en el papel. La crítica dijo algo sobre la gran metáfora que era ese relato, que el peronismo era eso, que bla, bla, bla. Dicen que, finalmente, Cortázar llegó a afirmar que su cuento era un sueño que metaforizaba el peronismo. Creo que a Cortázar debemos perdonarle esta debilidad, pero sirve como ejemplo.
Todo esto es, también (aunque no siempre, como ha quedado claro) cosa de malos escritores. Lo buenos, los verdaderamente buenos, escuchan o leen atentamente lo que les dicen y sonríen o se carcajean como le pasaba a Pepe Hierro (claro, se pueden permitir ese lujo porque saben que no hay nada de eso, pero, por contra, lo que sí está es más que suficiente). Aceptaré que, en alguna ocasión, efectivamente, ese «descubrimiento» estaba en el texto y que el autor no había reparado de forma especial en ello, pero que, sin embargo, era lo que hacía grande su novela o su poema. Lo inaceptable es que el escritor vaya asumiendo como parte de sus trabajos todo aquello que los mejora. Sin pudor. Aunque nunca estuviera de forma explícita o implícita en lo dicho.
Y lo peor de todo es que esto no es una invención mía. No. Esto ocurre más veces de lo que uno puede llegar a pensar. Es algo que pasa desapercibido si aún no se ha perdido la inocencia como lector, pero cuando a uno le han salido espolones en esto de la lectura, mejor ni pensarlo.


mar 10 2012

Invenciones del escritor (1)

Algunos escritores afirman que se llegan a sentir como dioses cuando escriben. Pueden matar a sus personajes, enamorar a unos, envejecer a otros, hacer que digan lo que ellos desean, terminar con la existencia de todo ese microcosmos al añadir el punto final. Sin embargo, eso es cosa de mal escritor.
El poder que ejerce el escritor sobre sus personajes, sobre sus escenarios, incluso sobre la trama, es mucho menor de lo que parece. Es verdad que los personajes mueren cuando el escritor deja anotada la frase definitiva, pero porque no hay más remedio. Ya quisiera tener yo a algún personaje aún vivo para poder obligarle a hacer horas extras en otro relato. Si el escritor quiere hacer literatura no tendrá más remedio que dejar a los personajes evolucionar hasta donde el propio texto pida. Matar al villano, o salvar a la heroína por un capricho personal del autor, quizás condicionado por exigencias comerciales, convierten en una mala historieta todo lo escrito. Siempre pasa cuando la distancia entre narración y escritor se estrecha más de la cuenta.
El mismísimo Dios cristiano intentó convencer a todos de que fue él quien escribió la Biblia y casi nadie se lo creyó. Así que lo que digamos los pobres mortales no cuela. Y es que esto de escribir no es cosa de dioses. Me temo que es cosa de obreros que no pueden caerse desde el andamio. Sólo eso nos diferencia del resto. Sólo.