No se trata de sumar personas en la Puerta del Sol. Eso es importante, pero no es lo fundamental. Con diez mil personas en cada plaza al día el efecto será el mismo.
Ahora lo que toca es dar la cara. En los centros de trabajo, en los bares, en la cola de la pescadería, en casa. Hay que decir lo que se piensa. A los hijos más pequeños habrá que explicarles lo que sucede de forma que lo entiendan, a los mayores habrá que permitirles que se sumen (esos sí que deben aprender a vivir una sensación inigualable que sólo la puede proporcionar saber, por fin, hacia donde se dirige una rebeldía inmensa, gritando por un futuro, colaborando con otros jóvenes, con personas de todos los colores y razas). Hay que contestar a los que señalan con el dedo acusador de siempre, a los que mienten diciendo que esto es cosa de los malos ocultando su verdadero interés (seguir viviendo tan bien como siempre aunque otros se mueran del asco). Hay que decirles que no, sin miedo. Somos esclavos, pero no sólo de nuestros políticos, empresarios o banqueros. Lo somos de nuestros miedos. ¿A qué? Pues, aunque no nos guste reconocerlo, a no poder seguir viviendo como hasta ahora. Los primeros que han salido a protestar son los que ya no tienen ni futuro. Nos toca hacer a los demás. Tal vez para dibujar un futuro común haya que despreciar el que tenemos asegurado. Habrá que arriesgar.
La indignación de la que tanto se habla está envuelta en valentía. Si no es así, estamos hablando de rabieta.
Y hay que pensar. Pensar y hacer saber lo que pensamos. Sumar cabezas a esta pequeña revolución para que no se sujete sobre lo que ya conocemos de sobra. Los blogs deberían llenarse de ideas, de un lado, del otro, del color que sea. Y hay que seguir ejerciendo nuestros derechos como ciudadanos de un país democrático. Votando. En blanco, a partidos que pueden servir como alternativa, a los de siempre (no se debería criminalizar esa opción porque sería injusto). Si todos lo hiciéramos con la ilusión con la que vamos a la Puerta del Sol podríamos modificar el rumbo el próximo domingo. Si estamos deseando que esto cambie hagamos todo lo posible para que así sea.
Ha llegado el momento. Destrocemos nuestra forma de mirar el mundo como lo hacen las vacas cuando pasa un tren. Hagamos lo que debemos. Sin miedo por lo que pueda pasar. El verdadero pánico llega si pensamos en lo que ya está pasando. Destrocemos los planes impuestos por la desidia de todos (todos somos un poco responsables) moviendo el mundo. Nuestra palanca, la que sirve para moverlo, la podemos agarrar frente a una urna. Si no somos capaces de dar un paso decidido al frente se nos habrán acabado las excusas.
Tengo cuatro hijos. Cuatro futuros desoladores. Y ellos, de momento, sólo pueden contar con el arrojo de los adultos. Del valor de todos los que queremos que esto cambie de una vez por todas. Nuestros hijos están pendientes de lo que hacemos. ¿Qué hay que pensar ante algo así?
Ya no hay que escuchar. Toca pensar. No dejemos que los medios nos cuenten milongas. Construyamos desde dentro. Sumemos cabezas. Agarremos la palanca que nos ofrecen estos chavales que han logrado unir a cientos de miles con una ilusión. Y movamos el mundo. Sin miedo.
En el mundo árabe está pasando lo mismo que debería ocurrir en Europa y América. Quitando la cantidad de muertos que se amontonan en fosas comunes o en los depósitos, aquí debería pasar lo mismo. Los gobernantes que han ido cayendo y los que están por desaparecer del mapa (allí) han sido una gran lacra por su avaricia y por su extrema violencia. Los políticos y dirigentes del mundo occidental son mezquinos, ladrones en su gran mayoría y ejercen una violencia casi insoportable desde los medios de comunicación que controlan (o sea, desde todos). Los ciudadanos de todos los países (los de allí y los de aquí) están (estamos) pasando las de Caín porque una banda de cretinos se han dedicado a robar (ya veremos qué es lo que pasa cuando suba la inflación y arrastre el coste de las hipotecas. Nos vamos a partir de risa). Los ciudadanos del mundo se han quedado sin posibilidad de agarrarse a una ideología cualquiera porque ya se han encargado de hacerlas desaparecer. Allí se arriman al fanatismo religioso, aquí al fanatismo económico y del bienestar. Los dos son igual de peligrosos. Al menos allí se han liado a leches y algunos han tenido el valor de morir por lo que creen que es justo.
Que hemos conseguido hacer del mundo un lugar extravagantemente incómodo, peligroso y obsceno, es una realidad.
Que, salvo los que ya no pueden ni comer, no arriesgará nadie su pequeña parcela de mundo fácil, es otra.
Y que esto nos coloca en primera fila del patio de butacas para que asistamos a la desaparición de la cultura occidental, otra más.
Pero nada, nosotros a mirar desde lejos. A pensar que eso que ocurre es cosa de una banda de desharrapados que no tienen nada que ver con nosotros. A intentar salvarnos de la quema sin mover un dedo.
Vergonzoso.
Hay cosas que no sustituiríamos jamás. Ni por algo mejor ni por algo peor. Ni siquiera por algo idéntico. Tenemos cosas únicas, exclusivas e irrepetibles. Sin embargo, también tenemos cosas que, deseadas durante años, cuando llegan, cuando las poseemos, pasan a formar parte de eso que ya no tiene importancia. Miramos aquello. Pensamos que no es lo que esperábamos, o que ha perdido el encanto por completo. Ya no lo queremos, no sentimos la necesidad de tenerlo sobre la mesa.
Si la relación con otros se convierte (aunque sea mínimamente) en una relación de pertenencia, puede ocurrir lo mismo. Casi al comienzo. No es necesario que pase mucho tiempo. La chica que tanto nos gustó, esa mujer que tuve en la cabeza tanto tiempo, resulta que no limpia bien los zapatos. Cualquier excusa, por tonta que sea, sirve para abandonar.
Querer tener. Querer tener. ¿Para qué? ¿Por qué?
Sólo se me ocurre una razón por la que el hecho de poseer adquiera sentido. Formar parte de las cosas. Ese es el motivo que hace de algunas cosas, de algunas personas, objetos o seres definitivos o insustituibles. Formar parte de ellas.
Mirar mis viejas estilográficas ha provocado todo esto. Una pequeña idea que resume más de veinte años.
Formar parte de ellas. De las cosas, de las personas. Dejar que te agarren sin violencia para sumar y aparecer como resultado. Nunca como sumandos. Formar parte de lo que tengo. Nunca poseerlo.
Hoy he mantenido conversaciones estúpidas con personas que deberían plantearse acabar con la tortura que debe suponer una existencia como la suya. No se puede ser más tonto. No es nada nuevo que hable con alguien y piense, al mismo tiempo, que debería caerle un yunque encima y destrozarle el cráneo. Siempre fue así aunque, cada día que pasa, lo llevo peor. Esta mañana se acerca una tal M. (el nombre indica con enorme exactitud que la pobre es tonta de cojones). Sonríe. ¿Cómo puede esbozar esa mueca una mujer con tanta facilidad? ¿Acaso es obligatorio ser agradable con los demás? M. o la señora gilipollas (como quieran ustedes) además de sonreír comienza a decir cosas. Yo asiento sin preocuparme de si lo hago después de escuchar que su madre ha muerto o que la bolsa se ha desplomado. No escucho. Sencillamente muevo la cabeza levemente para fingir cierto interés. Llega el momento en que M. termina de hablar. Enciende un cigarro y espera a que sea yo el que comience a soltar idioteces por la boca. Sin embargo, yo que estoy por encima de tanta patraña; yo, que quiero ordenar mis ideas para tener claro el porqué me voy a saltar la tapa de los sesos; decido hablar para decir algo inteligente, algo que le haga sentir remordimientos por estar viva. También un ser como este tiene derecho a recibir una luz que le aclare el camino.
- M. voy a decirte algo importante. Debes escuchar con atención, debes intentar memorizar lo que vas a escuchar. Voy a descubrirte parte del mundo al que muy pocos pueden llegar. Escucha con atención.
(He de decir que M. me miraba con los ojos muy abiertos, sin apenas pestañear y que ha pedido una copa de algo (puede ser anís) antes de exclamar; vale, vale, cuenta hijo mío, soy todo oídos, no tengo nada mejor que hacer; muestra palpable de la atración que las personas sienten por mí cuando me tienen delante).
- M. voy a levantarme la tapa de los sesos. Y lo haré por todos vosotros. Es necesario, es bueno, es algo vital para el ser humano.
- Qué bien. B. te estaremos eternamente agradecidos, ha contestado mientras encendía otro cigarrillo.
- Todo el mundo, (he continuado sin tener en cuenta el aliento de M.), todo el mundo sin excepción cree que un esfuerzo individual no sirve de nada, que es una gota de lluvia que cae al mar. Pero todo el mundo está equivocado. Un esfuerzo puede cambiar el mundo. El mundo no es otra cosa que la suma de los sacrificios de cada ser humano. Imagina la belleza de un momento en que, como si fuéramos uno solo, nos pegáramos un tiro en la puta cabeza o nos tirásemos por el balcón. Desconcertante la magia del instante ¿verdad? Pero hay que empezar por lo poquito, por un gesto individual. El mío. Y hacerlo saber. Eso es fundamental. Mira, Cristo murió y, al principio, no paso nada. Pero en cuanto alguien decidió hacer circular la noticia con ciertos arreglos estéticos no veas la que se organizó. Yo voy a suicidarme, yo voy a enseñar el camino hacia la verdad. Mis sesos esparcidos por la habitación no serán gran cosa, pero sí su significado. Por eso te lo cuento a ti, querida M. ¿Lo contarás todo llegado el momento?
(M. teclea en su teléfono. Imagino que estará enviando mensajes a sus amigos haciéndoles partícipes de la gran noticia. Ha pedido otra copa y fuma sin parar).
- M. la idea es poder llegar más allá de lo que vemos. Por ejemplo, tú me estás viendo a mí, pero no puedes alcanzar a ver mi gran inteligencia, mi valor descomunal como ser humano. Esas son cosas inapreciables si no se hace un pequeño esfuerzo. Y yo lo haré por ti y por todos.
M. se ha levantado, se ha dado la vuelta y ha salido del bar. Es normal. Resistir esta avalancha de sabiduría no es fácil.
Ya tengo algo más claro todo esto. Me voy a suicidar como esfuerzo personal que servirá al ser humano para que aprenda de ello. Ojalá sea así. Por fin entenderán que el camino es este y no otro. Tendrán, por fin, una razón para hacerlo.
- ¿Qué te han dicho?
- Que confían en mí, que siempre han creído que soy un gran profesional, que puedo contar con su apoyo en todo, que en momentos así soy un pilar básico de la organización. Cosas así.
- ¿Y?
- Bueno, la indemnización y el paro me permitirá vivir durante un año. Más o menos. Luego, ya veremos.
- Veo que lo has entendido todo.
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