ago 29 2013

El problema de trabajar

Se habla mucho, muchísimo, sobre el problema del paro en el mundo entero. Y, además, en España, es una preocupación que trae de cabeza a millones de personas. Ambas cosas, los ríos de tinta vertidos y la preocupación, están más que justificadas. No seré yo quien rebaje un ápice lo que se ha dicho y se sigue diciendo, ni la carga que padecen los que quieren trabajar y no pueden.
Sin embargo, se habla mucho menos del problema del que trabaja. Aunque pudiera parecer una frivolidad lo que voy a decir, creo que es justo echar un vistazo al problema que sufren millones de personas.
Trabajo hace casi veinticinco años. Buena parte de ellos desempeñando funciones directivas y con un grado de responsabilidad importante dentro de las empresas que ha ido creciendo con el tiempo. He vivido más de una crisis económica (no como la actual aunque no fueron fáciles de superar las anteriores). Jamás había vivido un clima tan desasosegador en el conjunto de empresas con las que tengo relación (en la que trabajo o con las que realizo negocios). Jamás había visto desplomarse, no ya empresas, sino seres humanos que no soportan lo que creen que es injusto, indignante y patético. Jamás había observado tanta falta de reacción por parte de los trabajadores. Ahora se sienten desamparados, saben que han perdido buena parte de lo conseguido y que las batallas ya se producen en clara desventaja. No acuden pidiendo auxilio porque no hay donde ir. El desánimo es tan desolador que da miedo. Las empresas se llenan de personas desmotivadas, aturdidas, acobardadas y sin un sólo motivo que les haga seguir por el camino trazado. Ni siquiera saben si hay camino.
Es muy duro trabajar cuando eso, trabajar, se convierte en una carrera de pollos sin cabeza que no dirigen sus esfuerzos a un lugar concreto. Porque muchos de esos empresarios que querían una reforma laboral grandiosa han echado a correr llevando detrás de sí a miles de personas sin saber lo que hacen. Las empresas dirigidas por gente decente no han tenido que modificar sus políticas, ni despedir sin ton ni son. Las empresas dirigidas por buenos profesionales están saliendo adelante agarrando la mano de sus empleados porque de esto se sale en comunión.
Mientras todo iba bien, cuando los malos empresarios podían mover dinero, sus carencias se notaban menos. Pero, ahora, abruman a sus asalariados con órdenes absurdas, carreras alocadas y un palo en alto. Saber que estás en manos de un mediocre es tremendo. Y no hay pocos.
Mientras todo iba bien, hubo empresarios que gastaban sus beneficios en lo que fuera excepto en innovar su empresa, en formar a sus empleados. Saber que trabajas para alguien que ha dilapidado una fortuna y ahora quiere que le saquen las castañas del fuego los demás es indignante. Todos a correr y amenazados. Eso no hay quien lo aguante. Y son pocos los que están dispuestos a trabajar para que otro tenga un cochazo. Porque los que han sacado los pies del tiesto no han sido los que ganan mil doscientos euros. Esos nunca tuvieron la oportunidad. Sin embargo, se les echa la culpa de todo. Son vagos, se ponen malos, quieren tener derechos (algunos siempre hubo, pero la mayoría es gente honesta que se esfuerza lo que debe o más). Lo que no aparece en la prensa es que los empresarios pueden ser tan vagos como sus trabajadores, no se ponen enfermos y no aparecen por la oficina y creen tener el derecho a destrozar la vida de los demás para que la suya propia sea un lujo continuo.
Amenazas de despido, presiones insoportables. Eso es lo que hay. Todo se quiere hacer deprisa y corriendo sin que el plan sea coherente porque, muchas veces, no hay plan. Tal vez el único sea mantener un nivel de vida a costa de rebajas en los sueldos, despidos baratos o modificación de los horarios. ¿Cuándo se van a enterar de que una persona desmotivada puede estar sentada en su silla seis horas más sin rendir? El problema es tener un futuro dibujado o no. Si no existe es imposible sacar un mínimo rendimiento de la persona.
En cualquier organización en la que los empleados miran las sillas de los demás para saber si ha habido más despidos, en la que los veteranos se llevan las manos a la cabeza cuando se rodean de personas sin experiencia que llegan ganando una miseria creyendo que el mundo es suyo, en la que la cultura del miedo se impone; es imposible que las cosas vayan a mejor.
La desolación no es buena compañera de viaje. Ni la amenaza. Ni la prepotencia. Ni la ostentación. ¿Cómo alguien puede pedir esfuerzos estrenando un reloj de seis euros que eran los últimos que había en la caja?
Trabajar es un lujo para muchos. Para muchos una tortura. Es increíble, pero es así. En el momento en que ni los unos ni los otros tienen claro el futuro propio o el de sus hijos, se hace imposible que las cosas sean lo que deberían ser.
Los políticos hablan de grandes problemas. Los curas hablan de grandes problemas. Los empresarios hablan de grandes problemas. Todos hablan de sus problemas que no son otros que tener dinero a mano para gastar. De los pequeños problemas, de los de usted o de los míos, nadie habla salvo usted o yo. Y eso es una carga muy difícil de llevar.
Trabajar debería ser algo bueno. Al menos, algo mejor que no hacerlo. Y, sin embargo, parece la misma cosa tremenda y odiosa. Han conseguido algo que parece increíble. La fuerza de la codicia es tal que no han dejado títere con cabeza. ¿Les puede alguien avisar de que se van a morir igual?


nov 18 2012

Falta de ideas

No sé qué quiero decir aunque he decidido escribir. Estoy sentado frente a mi cuaderno de hojas cuadriculadas, la pluma en el centro del papel (más o menos), el paquete de tabaco a la derecha, el mechero a la izquierda, Bach sonando. Y no sé qué quiero decir. Hay que joderse. Primer cigarro antes del fracaso. Un trago de coca~cola. De aquí no me levanto mientras que el desastre siga pegado a la mesa. Plan b. Cualquier cosa se convierte en un buen texto si eres capaz de encontrar lo que otros no ven. Un vistazo alrededor. Muchos objetos. Ningún relato oculto. Otro cigarro. Este es el que alimenta el embrión de la desesperación. Cambio a Bach por algo de música que encuentro en el archivador de mi hijo mayor. Tiene los discos llenos de huellas. Desde hoy se los paga él. Suena una canción de Mago de Oz. Me dan ganas de escribir una nota para que la lea el juez. “Señoría, le parecerá una idiotez, pero lo único que ha pasado es que unos tíos daban golpes a una batería, gritaban mucho y la vida ha dejado de tener sentido para mí. No busque culpables entre mis familiares, dejé de pagar mi seguro de vida hace años”. No escribiré esa nota. Me parece un exceso tener que morir para parecer gracioso. Mejor más coca~cola, otro pitillo. Paciencia. El bebé llora. Excelente excusa para levantarme. Tenía sed (eso creo porque ha bebido como un poseso, se ha caído redondo con cara de extrema felicidad) y a mí me apetecía darme una vuelta por la casa. Pues nada, plan c. Intentaré recordar algo que me ocurrió de niño, mezclaré esa realidad con un poco de ficción y ya veremos qué es lo que sale. Vamos a ello.

Título: (esto lo dejo para el final)

Texto: Al nacer mi primer hijo no me dediqué a resolver los asuntos contables que obsesionan a los padres. Ni conté los dedos de pies y manos del bebé, ni anoté peso, talla u hora exacta de nacimiento. Me limité a decirle: “Hijo, nunca irás a un campamento de verano. Eso es una tortura que ningún niño debe sufrir”. La enfermera que había llevado la cuna a la habitación me miró con cara de preocupación y me ofreció un calmante. Lo rechacé con muy buenos modales y viendo que me tomaba por un tarado, por un peligro inminente para la criatura, le dije: “señorita, no sabe usted lo que sufrí los quince días que estuve en un campamento organizado por la OJE. ¿Es usted capaz de imaginar lo que significa levantarse para canturrear “Montañas nevadas” con el brazo en alto? Tenía nueve años al subir en aquel autobús y regresé hecho un anciano. Mis hijos nunca pasarán por eso”. La muchacha salió pitando de la habitación. Nunca sabré si se moría de risa y necesitaba contárselo a sus compañeras o se moría de miedo al verse delante de mister locura galopante.

Este año he roto mi promesa. Los mayores han ido a un campamento. El pequeño se ha librado porque con un año no lo aceptaban. Necesitaba descansar y me pareció una solución perfecta. Pero han regresado más felices que unas pascuas, con más ganas que nunca de hacer cosas con su padre. El pequeño se ha dedicado (durante el tiempo que los otros dos estaban fuera) a soltar dientes de todos los tamaños y formas posibles, con sus rabietas correspondientes, y sigue fabricando dientes y más dientes. Además, mis suegros están pasando unos días con nosotros en la casa alquilada para veranear y mis cuñados con su prole ocupan un chalet que está a quinientos metros del nuestro. Indescriptible.

El próximo año seré yo quien vaya a un campamento de adultos, de esos en los que te tiran desde un puente con los pies atados, te embarcan en una lancha neumática que vuelca después de veinte o treinta piruetas sobre las aguas bravas y te hacen caminar por un sendero hasta que no puedes más. Incluso cantaré “montañas nevadas” si me lo piden. Necesito descansar. Aunque sólo sean diez días.

Pues nada. No sale otra cosa. Falta el título. “Montañas nevadas” puede servir. Está claro que hoy no hay plan que solucione esto. Quizás mañana escriba algo que merezca la pena. O no. De momento, voy a dejarlo para hacer compañía a mis suegros mientras se toman el millón y medio de pastillas que les toca. No quiero que de vuelta a la cama se caigan y se rompan la cadera.


may 19 2011

1 cabeza + 1 cabeza = Un millón de cabezas

No se trata de sumar personas en la Puerta del Sol. Eso es importante, pero no es lo fundamental. Con diez mil personas en cada plaza al día el efecto será el mismo.
Ahora lo que toca es dar la cara. En los centros de trabajo, en los bares, en la cola de la pescadería, en casa. Hay que decir lo que se piensa. A los hijos más pequeños habrá que explicarles lo que sucede de forma que lo entiendan, a los mayores habrá que permitirles que se sumen (esos sí que deben aprender a vivir una sensación inigualable que sólo la puede proporcionar saber, por fin, hacia donde se dirige una rebeldía inmensa, gritando por un futuro, colaborando con otros jóvenes, con personas de todos los colores y razas). Hay que contestar a los que señalan con el dedo acusador de siempre, a los que mienten diciendo que esto es cosa de los malos ocultando su verdadero interés (seguir viviendo tan bien como siempre aunque otros se mueran del asco). Hay que decirles que no, sin miedo. Somos esclavos, pero no sólo de nuestros políticos, empresarios o banqueros. Lo somos de nuestros miedos. ¿A qué? Pues, aunque no nos guste reconocerlo, a no poder seguir viviendo como hasta ahora. Los primeros que han salido a protestar son los que ya no tienen ni futuro. Nos toca hacer a los demás. Tal vez para dibujar un futuro común haya que despreciar el que tenemos asegurado. Habrá que arriesgar.
La indignación de la que tanto se habla está envuelta en valentía. Si no es así, estamos hablando de rabieta.
Y hay que pensar. Pensar y hacer saber lo que pensamos. Sumar cabezas a esta pequeña revolución para que no se sujete sobre lo que ya conocemos de sobra. Los blogs deberían llenarse de ideas, de un lado, del otro, del color que sea. Y hay que seguir ejerciendo nuestros derechos como ciudadanos de un país democrático. Votando. En blanco, a partidos que pueden servir como alternativa, a los de siempre (no se debería criminalizar esa opción porque sería injusto). Si todos lo hiciéramos con la ilusión con la que vamos a la Puerta del Sol podríamos modificar el rumbo el próximo domingo. Si estamos deseando que esto cambie hagamos todo lo posible para que así sea.
Ha llegado el momento. Destrocemos nuestra forma de mirar el mundo como lo hacen las vacas cuando pasa un tren. Hagamos lo que debemos. Sin miedo por lo que pueda pasar. El verdadero pánico llega si pensamos en lo que ya está pasando. Destrocemos los planes impuestos por la desidia de todos (todos somos un poco responsables) moviendo el mundo. Nuestra palanca, la que sirve para moverlo, la podemos agarrar frente a una urna. Si no somos capaces de dar un paso decidido al frente se nos habrán acabado las excusas.
Tengo cuatro hijos. Cuatro futuros desoladores. Y ellos, de momento, sólo pueden contar con el arrojo de los adultos. Del valor de todos los que queremos que esto cambie de una vez por todas. Nuestros hijos están pendientes de lo que hacemos. ¿Qué hay que pensar ante algo así?
Ya no hay que escuchar. Toca pensar. No dejemos que los medios nos cuenten milongas. Construyamos desde dentro. Sumemos cabezas. Agarremos la palanca que nos ofrecen estos chavales que han logrado unir a cientos de miles con una ilusión. Y movamos el mundo. Sin miedo.


mar 2 2011

Aquí y allí

En el mundo árabe está pasando lo mismo que debería ocurrir en Europa y América. Quitando la cantidad de muertos que se amontonan en fosas comunes o en los depósitos, aquí debería pasar lo mismo. Los gobernantes que han ido cayendo y los que están por desaparecer del mapa (allí) han sido una gran lacra por su avaricia y por su extrema violencia. Los políticos y dirigentes del mundo occidental son mezquinos, ladrones en su gran mayoría y ejercen una violencia casi insoportable desde los medios de comunicación que controlan (o sea, desde todos). Los ciudadanos de todos los países (los de allí y los de aquí) están (estamos) pasando las de Caín porque una banda de cretinos se han dedicado a robar (ya veremos qué es lo que pasa cuando suba la inflación y arrastre el coste de las hipotecas. Nos vamos a partir de risa). Los ciudadanos del mundo se han quedado sin posibilidad de agarrarse a una ideología cualquiera porque ya se han encargado de hacerlas desaparecer. Allí se arriman al fanatismo religioso, aquí al fanatismo económico y del bienestar. Los dos son igual de peligrosos. Al menos allí se han liado a leches y algunos han tenido el valor de morir por lo que creen que es justo.
Que hemos conseguido hacer del mundo un lugar extravagantemente incómodo, peligroso y obsceno, es una realidad.
Que, salvo los que ya no pueden ni comer, no arriesgará nadie su pequeña parcela de mundo fácil, es otra.
Y que esto nos coloca en primera fila del patio de butacas para que asistamos a la desaparición de la cultura occidental, otra más.
Pero nada, nosotros a mirar desde lejos. A pensar que eso que ocurre es cosa de una banda de desharrapados que no tienen nada que ver con nosotros. A intentar salvarnos de la quema sin mover un dedo.
Vergonzoso.


ene 14 2011

Mirar las cosas

Hay cosas que no sustituiríamos jamás. Ni por algo mejor ni por algo peor. Ni siquiera por algo idéntico. Tenemos cosas únicas, exclusivas e irrepetibles. Sin embargo, también tenemos cosas que, deseadas durante años, cuando llegan, cuando las poseemos, pasan a formar parte de eso que ya no tiene importancia. Miramos aquello. Pensamos que no es lo que esperábamos, o que ha perdido el encanto por completo. Ya no lo queremos, no sentimos la necesidad de tenerlo sobre la mesa.
Si la relación con otros se convierte (aunque sea mínimamente) en una relación de pertenencia, puede ocurrir lo mismo. Casi al comienzo. No es necesario que pase mucho tiempo. La chica que tanto nos gustó, esa mujer que tuve en la cabeza tanto tiempo, resulta que no limpia bien los zapatos. Cualquier excusa, por tonta que sea, sirve para abandonar.
Querer tener. Querer tener. ¿Para qué? ¿Por qué?
Sólo se me ocurre una razón por la que el hecho de poseer adquiera sentido. Formar parte de las cosas. Ese es el motivo que hace de algunas cosas, de algunas personas, objetos o seres definitivos o insustituibles. Formar parte de ellas.
Mirar mis viejas estilográficas ha provocado todo esto. Una pequeña idea que resume más de veinte años.
Formar parte de ellas. De las cosas, de las personas. Dejar que te agarren sin violencia para sumar y aparecer como resultado. Nunca como sumandos. Formar parte de lo que tengo. Nunca poseerlo.


ene 11 2011

Diario de un suicidio: ¿Por qué no se suicida media humanidad?

Hoy he mantenido conversaciones estúpidas con personas que deberían plantearse acabar con la tortura que debe suponer una existencia como la suya. No se puede ser más tonto. No es nada nuevo que hable con alguien y piense, al mismo tiempo, que debería caerle un yunque encima y destrozarle el cráneo. Siempre fue así aunque, cada día que pasa, lo llevo peor. Esta mañana se acerca una tal M. (el nombre indica con enorme exactitud que la pobre es tonta de cojones). Sonríe. ¿Cómo puede esbozar esa mueca una mujer con tanta facilidad? ¿Acaso es obligatorio ser agradable con los demás? M. o la señora gilipollas (como quieran ustedes) además de sonreír comienza a decir cosas. Yo asiento sin preocuparme de si lo hago después de escuchar que su madre ha muerto o que la bolsa se ha desplomado. No escucho. Sencillamente muevo la cabeza levemente para fingir cierto interés. Llega el momento en que M. termina de hablar. Enciende un cigarro y espera a que sea yo el que comience a soltar idioteces por la boca. Sin embargo, yo que estoy por encima de tanta patraña; yo, que quiero ordenar mis ideas para tener claro el porqué me voy a saltar la tapa de los sesos; decido hablar para decir algo inteligente, algo que le haga sentir remordimientos por estar viva. También un ser como este tiene derecho a recibir una luz que le aclare el camino.
– M. voy a decirte algo importante. Debes escuchar con atención, debes intentar memorizar lo que vas a escuchar. Voy a descubrirte parte del mundo al que muy pocos pueden llegar. Escucha con atención.
(He de decir que M. me miraba con los ojos muy abiertos, sin apenas pestañear y que ha pedido una copa de algo (puede ser anís) antes de exclamar; vale, vale, cuenta hijo mío, soy todo oídos, no tengo nada mejor que hacer; muestra palpable de la atración que las personas sienten por mí cuando me tienen delante).
– M. voy a levantarme la tapa de los sesos. Y lo haré por todos vosotros. Es necesario, es bueno, es algo vital para el ser humano.
– Qué bien. B. te estaremos eternamente agradecidos, ha contestado mientras encendía otro cigarrillo.
– Todo el mundo, (he continuado sin tener en cuenta el aliento de M.), todo el mundo sin excepción cree que un esfuerzo individual no sirve de nada, que es una gota de lluvia que cae al mar. Pero todo el mundo está equivocado. Un esfuerzo puede cambiar el mundo. El mundo no es otra cosa que la suma de los sacrificios de cada ser humano. Imagina la belleza de un momento en que, como si fuéramos uno solo, nos pegáramos un tiro en la puta cabeza o nos tirásemos por el balcón. Desconcertante la magia del instante ¿verdad? Pero hay que empezar por lo poquito, por un gesto individual. El mío. Y hacerlo saber. Eso es fundamental. Mira, Cristo murió y, al principio, no paso nada. Pero en cuanto alguien decidió hacer circular la noticia con ciertos arreglos estéticos no veas la que se organizó. Yo voy a suicidarme, yo voy a enseñar el camino hacia la verdad. Mis sesos esparcidos por la habitación no serán gran cosa, pero sí su significado. Por eso te lo cuento a ti, querida M. ¿Lo contarás todo llegado el momento?
(M. teclea en su teléfono. Imagino que estará enviando mensajes a sus amigos haciéndoles partícipes de la gran noticia. Ha pedido otra copa y fuma sin parar).
– M. la idea es poder llegar más allá de lo que vemos. Por ejemplo, tú me estás viendo a mí, pero no puedes alcanzar a ver mi gran inteligencia, mi valor descomunal como ser humano. Esas son cosas inapreciables si no se hace un pequeño esfuerzo. Y yo lo haré por ti y por todos.
M. se ha levantado, se ha dado la vuelta y ha salido del bar. Es normal. Resistir esta avalancha de sabiduría no es fácil.
Ya tengo algo más claro todo esto. Me voy a suicidar como esfuerzo personal que servirá al ser humano para que aprenda de ello. Ojalá sea así. Por fin entenderán que el camino es este y no otro. Tendrán, por fin, una razón para hacerlo.

(Continuará)


jul 8 2010

Recompensa

– ¿Qué te han dicho?
– Que confían en mí, que siempre han creído que soy un gran profesional, que puedo contar con su apoyo en todo, que en momentos así soy un pilar básico de la organización. Cosas así.
– ¿Y?
– Bueno, la indemnización y el paro me permitirá vivir durante un año. Más o menos. Luego, ya veremos.
– Veo que lo has entendido todo.


may 13 2008

Saldo cero

Guillermo Ramírez se quejaba anoche. Con razón. Su hermana pequeña se ha aprendido el viejo truco de echar la culpa al primero que pasa por su lado. Eso y el nombre de su hermano. Haga lo que haga siempre dice que Guillermo es responsable de cualquier desastre doméstico provocado por ella misma. Gimena ¿por qué has tirado el vaso al suelo? Guille, Guille. Su hermano, aunque escondiendo una sonrisa, dice estar harto de cargársela más veces de la cuenta. Normal. Los hermanos mayores suelen pagar el pato. Los hermanos mayores, los hermanos a secas, los tíos, los amigos que nunca lo fueron o los compañeros de oficina. Siempre hay alguien cerca al que podemos endilgar el marrón o al que podemos liarle la marimorena. Una de las peores cosas que le puede suceder a un ser humano es, por ejemplo, no asistir a una reunión de compañeros de trabajo. El que falta es despellejado sin compasión. Lo mismo les ocurre a las parejas que no asisten a la cena mensual de matrimonios residentes en la misma comunidad de vecinos. Un buen amigo (al que critico en contadas ocasiones) obliga a su mujer a asistir a esos encuentros cuando a él le es imposible. Así evita que se hable mal, muy mal o exageradamente mal de ellos. Otro punto de inflexión en nuestras vidas es el momento en que dejas una empresa. Ese mismo día te conviertes en el más vago, en el que no daba pie con bola, el que provocó todos y cada uno de los males de la compañía. Generalmente los que se quedan es porque no pueden progresar o no tienen una oferta decente o progresan a base de tapar sus miserias hablando mal, muy mal o exageradamente mal de los que causan baja y ven el cielo abierto al ver como otro sale por la puerta. Las empresas mediocres están llenas de estos pobrecitos. De los que se quedan, digo. Ya sé que los hay que se quedan porque les da la gana y son felices. No me refiero a ellos. Esos están encuadrados en el grupo de los que se irán con el tiempo. Que nadie se alarme. No hay que ser un imbécil obligatoriamente.Algunos pagan el pato incluso por hablar bien de otros. Esto que puede parecer el colmo de la idiotez es muy habitual. Si queremos levantar sospechas entre el resto de la humanidad lo que tenemos que hacer es no criticar por sistema. Eso es imperdonable. Imperdonable del todo.Lo bueno de los niños es que pagan el pato y la deuda queda saldada inmediatamente. Ninguno de ellos guarda la factura para recordar lo que le costó esto o aquello. Y por eso son capaces de esconder una sonrisa incluso cuando se la cargan sin tener nada que ver con el marrón que les viene encima. A diferencia de los adultos, los niños saben enfrentar las cosas cotidianas, son capaces de sostener la mirada de sus amigos porque no hacen nada que no pueda solucionarse olvidando lo sucedido inmediatamente, evitan ser infelices. Se parecen a lo que debería ser una persona.Guillermo le decía ayer a su hermana: “Marrón y cuenta nueva, Gimena”. Me apunto.


sep 27 2006

Un momento de soledad

No recuerdo la última vez que llegué a casa estando vacía. Un juguete de Guzmán junto al ordenador, los cromos de Guille en el mueble de la entrada (los ha olvidado una vez más), los cojines del sofá revueltos, la habitación de Gonzalo perfectamente ordenada (primera vez en la historia de esta familia aunque no tiene mérito, está amenazado. Trabajos forzados o más), mis papeles perfectamente desordenados (algo habitual a pesar de las amenazas), la ropa que eligió Silvia esta mañana y desechó un par de minutos después sobre la silla. Y yo. Como un objeto más. La soledad es eso, sentirse una cosa que acompaña en movimiento al resto que se empeña en amortiguar presencias absurdas.El ruido no está en su sitio. Golpeo con el pie en el suelo para poder escuchar. Pero nada. Sigo solo.Me siento para fumar un cigarro, para observar la quietud que tanto deseo y que, cuando alcanzo a sentir, detesto tanto.Cierro los ojos. Prefiero dormir porque, cuando te conviertes en parte de un escenario que sólo ves tú, lo mejor es pasar desapercibido. Sobre todo para ti mismo.


sep 24 2006

No quiero ser como Napoleón

Escucho un disco de Count Basie. No sé porqué me ha parecido una buena elección. Quizás por ser música de antes, de hace mucho tiempo. Es igual.Pienso en que está de moda pedir perdón. Todo el mundo lo pide. Por lo que han hecho diez minutos antes, por lo que hicieron hace quinientos años otros que estaban en una posición similar, por lo que piensan hacer pase lo que pase, por esto, por aquello. Por nada. Empiezo a sospechar que más de uno inventa cosas con tal de pedir perdón. Se presentan excusas y se reciben con mala cara, como diciendo “bueno, vale, pero que sea la última vez que me estás enfadando mucho. Ten más cuidado”. Aquí todo el mundo pide perdón.Estoy a punto de sufrir un ataque de pánico. No he pedido perdón últimamente y me pregunto si me estoy convirtiendo en un ser extraño, ajeno a la sociedad, si me estaré convirtiendo en un monstruo. A lo mejor es que soy medio árabe porque ellos no han pedido excusas por los ocho siglos de invasión que sufrimos. Me he enterado de que se lo han echado en cara y nada. Ni por esas piden perdón. ¿Tendré algo que ver con Napoleón? ¿Seré como el emperador francés? Ni él ni nadie en su nombre han pedido perdón por la que lió en Borodinó. Lo que sí es un alivio es saber que Torquemada y yo no tenemos nada que ver. En nombre de esa alhaja de hombre sí que se han excusado. Qué majos.No sé, no sé. Qué preocupación, oye. El caso es que no quiero parecer un bicho raro. Si todos piden perdón será por algo. Tengo que pensar en todas mis miserias, airearlas y gritar muy, muy fuerte, lo mal que me siento por ser así. Después pediré perdón, así, de forma muy general para que cada cual se quede con la parte que crea que le corresponde. Es posible que sirva de algo. Con un poco de suerte los que tienen cuentas pendientes conmigo se quedan satisfechos y me dejan en paz. Mañana mismo pido perdón a todos los que tengo incluidos en mi lista de correo electrónico. Y, además, como no puedo llegar a todos les pediré que se lo manden a sus conocidos. Ya puestos, qué mejor que el perdón universal. Nunca se sabe. Con esto de internet podría ser que se lo estuviera pidiendo mañana mismo al presidente del gobierno o a Zaplana. Emocionante. Venga a pedir perdón una y otra vez. A millones de personas. Perdón, perdón, perdón.Seguro que alguien me contestará diciendo que no era necesario, que ya había olvidado aquello que pasó, que no tiene importancia. Y le tendré que contestar que sí, que las cosas son como son y que la mejor forma de arreglarlas es pidiendo perdón; que, en realidad, me la trae al pairo que tenga importancia o no, que lo que quiero es ser un sujeto integrado en la sociedad y que para eso hay que pedir perdón por todo. Y le volveré a pedir que me perdone, por favor. En estas cosas hay que mostrarse implacable.Mañana seré un tipo normal. Ya ha pasado lo peor. El pánico queda lejos. No hay nada mejor que medir el grado de ridiculez de las cosas para quedarse tranquilo.