ago 30 2005

Fin del verano

El último día de vacaciones estivales se parece mucho al treinta y uno de diciembre. Es un momento en el que los buenos propósitos crecen para entusiasmar al que los diseña. No perder el tiempo frente al televisor; prestar más atención al marido, a los niños, a la esposa; dejar de fumar, ocupar el tiempo libre con la lectura de buenas novelas o con el estudio, escaquearse lo menos posible en el puesto de trabajo, incluso apadrinar a un niño africano (de este año no pasa). Queremos ser mejores porque, durante treinta días, hemos comprobado que eso de vivir no es tan malo como parece. Treinta días que pasamos perdiendo el tiempo frente al televisor (algunos sin dejar de fumar); estamos deseando que los niños jueguen un ratito sin molestar, sin reclamar atención; no queremos oír una sola palabra sobre nuestro trabajo y durante los que la palabra apadrinar no tiene hueco en nuestro vocabulario. Es como si quisiéramos, una vez de vuelta, dejar de hacer aquello que durante el verano nos produce cierto placer. Las empresas aprovechan la ocasión para lanzar colecciones que comenzamos a comprar con ímpetu y dejamos abandonadas un par de semanas después. Las matrículas en gimnasios, escuelas de yoga o entidades dedicadas a la formación , se disparan aunque un par de meses más tarde las caras vuelven a ser las de siempre. Pasado un tiempo (poco) recuperamos nuestro aspecto. Estupendos, ruines o bondadosos. Es igual. Nietchze defendía que la esperanza es lo que trae de cabeza al ser humano. Ese afán por conseguir algo mejor hace que el sufrimiento de la persona sea constante. Siempre intentamos ser mejores (mejor padre o madre, mejor jefe, robar con más elegancia, gritar bajito…), tener alrededor cosas más atractivas y valiosas (sobre todo dinerito contante y sonante), pero casi nunca lo conseguimos y si mejoramos queremos más y más. Esperamos, siempre esperamos. Eso es lo que genera el sufrimiento. Una tesis bastante discutible aunque hoy, tal y como están las cosas, parece tener muchos simpatizantes (da lo mismo que ni ellos mismos lo sepan). El último día de vacaciones estivales se parece mucho al treinta y uno de diciembre. Todos comenzamos a sufrir porque, afortunadamente, seguimos siendo nosotros mismos. Y, se ponga el señor Nietchze como se ponga, la esperanza nos hace más fácil el camino hasta el siguiente primer día de vacaciones porque, al fin y al cabo, no podemos renunciar a ser como nos ha tocado. Eso sí que produciría sufrimiento. Acaba el verano y comenzamos nosotros. Qué gusto.


ago 4 2005

Martirio o compromiso

Hay escritores que se martirizan pensando que no tienen nada que contar. Mal asunto. En realidad, la cosa no es grave si el problema se reduce a una confusión entre lo que significa construir una trama deslumbrante y, por otro lado, no tener una sola idea en la cabeza. Esto es algo que ocurre frecuentemente entre los jóvenes escritores. Creer que el escribir se reduce a eso, a contar la mejor de las historias, es un problema habitual, pero pasajero. Poco a poco, el que quiere ser escritor va percibiendo algo que comienza a pesar y termina siendo casi insoportable: el camino es el contrario al intuido, se trata de crecer como persona para llegar a ser un buen escritor (escribir una buena novela no nos dibuja con mejores trazos. No. Eso son invenciones de madres entusiastas). Se trata, en definitiva, de conseguir difuminar los límites de la realidad para que la ficción se adentre en ese territorio cercano e incomprensible, convirtiéndose en algo más de lo vivido por el lector, haciendo que buena parte de lo cotidiano se explique desde una perspectiva desconocida hasta ese momento. La literatura que “cala” es la que pasa a formar parte de la experiencia del que observa el texto como podría hacerlo con cualquier otra cosa. Con naturalidad y sin imposiciones de ningún tipo. Arrancando lo importante de cada palabra y haciéndolo suyo.

Y eso, el buen escritor lo puede palpar desde el primer día. Es algo que aprende leyendo, descubriendo en cada página que otros ya adquirieron un compromiso con ellos mismos y con sus lectores, lejano a las economías de escala editoriales o al retorno de su esfuerzo en forma de porcentajes.
Los escritores (los de verdad) siempre tienen algo que decir. Saben que no gustará y que, quizás, nadie se atreva a publicar lo que vayan escribiendo, pero eso es igual. El compromiso intelectual sigue vivo hasta la muerte física. Los que quieren ganar dinero escribiendo (¡Ja!) se atormentarán por siempre jamás porque una idea brillante no es lo mismo que una buena novela. Y si no tienen nada que contar, si no tienen una sola idea en la cabeza, pues mejor. De eso nos libramos los demás.


jun 15 2005

Todo está en los libros

Siempre he sospechado que muchos libros se compran para adornar las estanterías y poco más. El consumismo absurdo también toca la literatura. De un modo salvaje, llega a ese territorio que se define más por el colorido de las portadas, las políticas de precios o la exhibición de los autores en televisiones y fiestas de postín. Pero los clásicos, las novelas de calidad, no se libran de esos viajes hasta bonitos estantes en los que llenarse de polvo. Tener esos volúmenes en casa viste mucho. Ocurre una cosa que me llama especialmente la atención. Si alguien pregunta a sus amigos sobre sus lecturas, las respuestas, en su mayoría, serán parecidas a “tengo poco tiempo, pero, siempre que puedo, leo lo que me echen” o “me encanta leer. Siempre tengo un libro a mano”. Si embargo, a la pregunta ¿Veis “Gran Hermano”? o ¿Veis “La casa de tu vida”?, las respuestas suelen sonar parecido a “no, no, por favor, es inaguantable”. No me creo nada. Resulta que los índices de audiencia de esos programas son imponentes. Nadie lo ve, pero los marcadores digitales se disparan. Si existiera un mecanismo para medir los índices de lectura en un momento concreto, seguro que los números serían otros. Pero tener libros en casa viste mucho y afirmar que, además, los lees debe ser la repanocha. Me atrevería a decir que si uno entra en el banco con un ejemplar de “Ulises” de James Joyce debajo del brazo tiene alguna posibilidad más de conseguir el crédito para el coche. Es posible que algo de Faulkner ayude del mismo modo. Kafka, no sé, no sé. Era un tipo tristón. Todo esto es una pena.
Durante esta semana estoy alternando la lectura de “Koba el Temible” y de “La inteligencia fracasada”. El primero lo firma Martin Amis, el segundo José Antonio Marina. Amis nos deja ver sus anotaciones personales sobre una de las grandes estupideces del siglo XX, esto es, sobre lo que sucedió en la Unión Soviética desde el Octubre Rojo en adelante. Marina, profundiza en la estupidez de forma brillante y asequible. Estoy seguro de una cosa: si estos libros fueran leídos por los dos millones de personas que, supuestamente y sólo supuestamente, han leído “El código Da Vinci” (entre los que me encuentro, todo hay que decirlo), las cosas cambiarían en nuestra sociedad aunque fuera mínimamente. Desde el lunes, sufro pensando en los campesinos ucranianos, en el gran terror que Stalin inventaba y reforzaba cada minuto, en los millones de muertos, pero, al mismo tiempo, sufro pensando en lo estúpidos que podemos llegar a ser y en lo poco conscientes que somos de ello. Resulta que, al final, todo está en los libros. Después de tantas páginas leídas durante años, siempre terminas encontrando más y más. Claro que, si seguimos adornando los muebles de pladur con libros que nunca se abrirán, es difícil que algo cambie o que alguien encuentre algo. ¡Con lo fácil que es desconectar el televisor un par de horas cada día!