ene 19 2007

La mano en los ojos

Ayer estuvimos viendo en casa la tercera película de la trilogía “El señor de los anillos”. Gonzalo sentado en el suelo porque los pequeños le ponen los pies encima y no lo soporta. Guillermo y Guzmán muy pegados el uno al otro para no pasar miedo. Gimena en brazos de su madre sin rechistar y yo intentando leer algunos poemas de Carver aunque levantando la vista más de dos veces para no perderme alguna escena que me gusta especialmente. Uno de los personajes con el que más disfrutan es con Gollum. Debe ser que les llama mucho la atención la forma de moverse, lo guarro que es comiendo o lo feito del personaje. Espero que no le admiren por su forma de entender la vida. Guillermo estando de buenas (no siempre se le puede encontrar así) es un niño especialmente gracioso y sabe escuchar para hacer suyas las cosas que le interesan.
– Papá ¿qué le pasaría a Gollum si le encerrásemos en una joyería? preguntó muy serio en mitad de una batalla en la que los orcos intentaban invadir lo que se ponía por delante.Gonzalo se partía de risa. Silvia y yo lo mismo. Guzmán tenía bastante con taparse los ojos (de mentira).
– ¿Cómo se te ocurren esas cosas, hijo?
– Lo he escuchado en la radio. El hombre del tiempo dijo que el tiempo viene más revuelto que Gollum viendo el escaparate de una joyería.
– Pues no sé. Seguramente lo mismo que me pasa a mí cuando entro en una librería. Hay tantos ejemplares, tantos títulos nuevos, que tiendo a volverme tarumba y termino comprando lo que necesito y un par de libros más sin saber porqué.
– Pues yo creo que Gollum se quedaría a vivir allí. Con tanto dinero puedes pedir pizza todos los días.
A todo esto un ejército de espectros, repartiendo leña a los orcos sin compasión, lograba salvar una batalla imposible de ganar. Me dejó con el pensamiento en marcha todo esto. El ansia por tener lo material es mala. Por conocer también lo es. La capacidad de aguante del ser humano es grande aunque limitada. Querer poseer sin límites te destruye, querer saber sin límites te frustra. Ambas cosas son imposibles y lo que no puede ser aunque sea deseado es un arma mortal para el que lo sufre.Las editoriales publican miles de títulos cada año por si suena la flauta. Los lectores no saben qué hacer ante una avalancha semejante. Las editoriales cobran precios desorbitados por esos libros convirtiendo parte de la cultura en un negocio. Los lectores pagamos sin rechistar a cambio de lo que se confunde por eso que llamamos conocer. Unos publican para tener más, otros abonamos facturas creyendo que el conocimiento se puede comprar. Gollum quería ser inmortal. Todos queremos serlo. Gollum no sabía que su tesoro le hacía no ser, no cumplir la tarea para la que vino al mundo. Nosotros parecemos desconocer que el conocimiento nos hace mucho más vulnerables, mortales del todo, conscientes de nuestras limitaciones. Y, entre un movimiento y otro de la conciencia, un poema de Carver, una secuencia realizada con ordenadores, y la cena de la pequeña Gimena. Cerré el libro. Es uno de esos días en los que pensar da miedo porque puedes llegar a una conclusión que no gusta. O lo que es peor, puedes llegar a tener una idea. Guzmán se llevó la mano a los ojos. Otra vez. Le imité. El no quería ver no sé qué ser monstruoso. Yo tampoco. Ni pensar. Tampoco quería pensar.


may 14 2006

Operación pañal

El joven Guzmán está viviendo su primer gran reto. Todos los adultos que le rodean intentan que deje de utilizar pañal. He de confesar que yo no. Me parece que no es el momento. Demasiado pronto. Pero en la guardería han comenzado y eso ha hecho que la maquinaria comenzase a funcionar. De momento el saldo es negativo. Algo ha hecho estando sentado en el orinal, pero poco. El resto en lugares diversos que van desde el salón al portal de casa.
Le pasa a Guzmán lo mismo que a todos nosotros cuando nos enfrentamos con las cosas a destiempo. Cada año conozco a un buen número de personas que no leen un libro ni aunque les torturen. Creen, desde el convencimiento absoluto, que la lectura es un esfuerzo, un coñazo, algo con lo que no hay que perder un solo minuto. Suelo preguntar, siempre que puedo, para intentar descubrir la razón de esa fobia. Y es muy habitual encontrarse con un problema que arrastramos hace muchos años. El que ha tenido que leer “La Celestina” o “El Quijote” por obligación no ha vuelto a leer por placer. Le enseñaron que leer servía para aprobar y una vez que los estudios acabaron la lectura desapareció. Eso en el mejor de los casos. Es mucho más frecuente topar con individuos que tienen esto del leer por algo espantoso y no hicieron el esfuerzo de acercarse a los libros cuando se lo exigían. Esos ni obligados ni sin obligar.
Desde luego a mis alumnos no les pasa eso. Leen a Cervantes y lo hacen bien, pero leen a Carver que les gusta más. Alternamos lo que para ellos es un tostón con libros mucho más cercanos, de lectura más cómoda, más placentera si el lector es un muchacho de quince o dieciséis años.
No descubro nada del otro mundo. Intentar asomarse a la literatura leyendo a James Joyce es un disparate. Cada libro tiene su momento para ser leído. Por eso cuando abrimos uno cualquiera y somos incapaces de pasar de la segunda página lo mejor es cerrarlo y ponerlo en lista de espera. Es esa una costumbre muy saludable.
He decidido comprar al joven Guzmán un par de libros de su edad, de esos que tienen pulsadores y las hojas de cartón muy grueso. El pobre está viviendo su primer gran reto y no quiero que se enfrente a libros para niños mayores. Bastante tiene con poner cara de “se me ha escapado” cada dos por tres. A ver si se va a estresar la criatura.