jun 9 2011

Montxo Armendariz: El hombre que lo fue antes de serlo

Con puntualidad, nos encontramos en el Café de Oriente. Dos cafés cortados es todo lo que nos hace falta para comenzar una conversación sobre cine, sobre literatura o, dicho de otra forma, sobre esas vidas que arrastramos desde que las ilusiones se acercaron a nosotros para que pudiéramos agarrarlas por siempre jamás. Pasados que fueron dibujando con el trazo exacto lo que quisimos ser.
Montxo Armendariz es un magnífico conversador. Después de estrechar las manos, una sola palabra y el tiempo se dilata haciendo parecer que el pasado es cosa común. Todo es ahora con derecho a un después. Sonríe al explicar que las lágrimas son producto de una alergia a no sabe qué.
Mientras hablamos pienso en lo que me puede interesar de él que no sepa ya. Sus películas están contadas por muchos; su vida más conocida es eso, su vida conocida. Definitivamente, me interesa la razón por la que Montxo Armendariz se hace mayor sin dejar de ser él. Y, definitivamente, descubro que este director de cine habla de todo como si fuera sagrado, como si fuera eso que nos conmociona para siempre. El mundo tiembla si habla de su hija y de la generación entera a la que pertenece. Un altar para ella, pero, también, colocado para mis hijos y para los de todos que tienen un futuro descoyuntado por delante que terminarán compartiendo. Sagrados los miembros de su equipo de rodaje, del actual y del que fue. Todos arrimando el hombro, con cara de circunstancias tras cincuenta y seis tomas, pero pegados unos a otros para que las películas sean cine. Conmocionan el universo. Sagradas las anécdotas divertidas y disparatadas, la electrónica, el montaje de una película, Tarkovski, Elias Querejeta, el operador de cámara que no dejó de discutir hasta que lo dejó de hacer, el grupo de teatro del barrio, las cámaras súper 8. Todo hace que Montxo Armendariz sea él desde antes de serlo. Y lo más impresionante es el respeto con el que habla del trabajo ajeno. Porque lo convierte en sagrado. También.
Da gusto comprobar que quedan personas que tienen claro lo que son, lo que quisieron ser. Hombres auténticos.
El tiempo ha pasado casi sin avisar. Ha dado tiempo a construir un puzzle con las piezas de sus cosas y de las mías. Ha sido suficiente como para hablar de todo. Suficiente para echar de menos el doble.
Cualquier otra cosa que diga sobre nuestra conversación ya está contada en otro sitio. Cualquier análisis de sus películas ya lo hicieron otros. Sobran esta vez. Pero yo podré contar siempre que estuve con Montxo Armendariz comprobando que las lágrimas de unos ojos enrojecidos por una alergia a no sé qué pueden ser auténticas, sagradas.


jun 28 2010

Reflexión mínima sobre el diálogo

Me pregunto por qué los autores (muchos, se lo garantizo) se empeñan en escribir conversaciones patéticas entre sus personajes. En literatura se dialoga y no puede armarse un texto desde el desconocimiento de la técnica. Podría parecer que eso de hablar por hablar, unos con otros, es lo mismo que dialogar; pero no lo es.

El que dialoga quiere saber, quiere decir o quiere callar (los silencios son muy significativos). Contrapone su discurso al de otro para que sus logos se enfrenten. Y lo que dicen, uno y otro, se arrastrará durante toda la vida, durante toda la narración.

Alguien puede decir “Hola, vaya día de perros, no parece que vaya a dejar de llover” y no sabremos nada de él, de su psicología, de su forma de entender las cosas. No sabremos nada porque él tampoco ha dicho nada. Nos habremos quedado sin personaje. Y eso es lo que hacen muchos autores supongo que para llenar de letras algunas páginas más. No puedo imaginar otra razón. Las novelas están llenas de baratijas literarias como esta o parecidas. O no saben ni lo que hacen o les da lo mismo ocho que ochenta. Por supuesto, muestran un desprecio absoluto por el lector. Seré generoso si digo que le toman por comprador de unos gramos de papel y poco más.

Supongamos que nos encontramos con un texto en el que el personaje dice “No deberías hacer eso. Reduces lo que eres a lo que puedas dar de sí en la cama”. Le contestan “Quizás podamos llegar a querernos. Parece buena persona. Y todo es más fácil si el pan es del día”. Replica el primero “Yo seguiré comiendo lo que pueda. Y no estaré si regresas”.

Nunca me ha gustado explicar lo que escribo. No lo pienso hacer esta vez. Sólo propongo algunas preguntas. ¿Qué va a suceder al poco tiempo? ¿Qué relación se establece entre los personajes? ¿Qué sentimientos muestran cada uno de ellos? ¿Qué…? Con tres intervenciones es muy posible que se puedan contestar un buen número de preguntas. Sean cuales sean. De paso ahorramos al lector descripciones estériles, conversaciones anodinas y un tiempo de su lectura. Pero lo más importante es que el que lee puede ver con claridad, sentir con la intensidad adecuada eso que ocurre; dicho de otro modo, puede involucrarse en la narración. No conozco otra forma de alcanzar un nivel expresivo adecuado. Al margen de todo lo dicho, sólo un narrador objetivo (el que se dedica a reproducir con exactitud cada movimiento de los personajes o el escenario) puede servir  para lograrlo, al cambiar lo dicho por un movimiento o la mirada a un objeto (por ejemplo) que carga de sentido cada frase que escuchemos decir a los personajes. Un ejemplo claro lo tienen en J. D. Salinger. En cualquiera de sus cuentos en los que utiliza ese tipo de narrador.

Y ahora echen un vistazo a lo que estén leyendo. A ver qué es lo que sucede.


oct 11 2007

A pierna suelta

Uno de mis pianistas preferidos es Red Garland. Y uno de los temas que más me hacen disfrutar es The Very Thought of You. Así que mientras escribo lo escucho y mientras usted lee puede hacer lo mismo. Si fuma encienda un cigarro, si bebe rellene su vaso. Si bebe y fuma calcule que morirá algunos años antes de la cuenta. Pero disfrute de la música de Garland. No lo piense más.
Estuve el pasado martes en el Teatro Real. Me acompañaba Guillermo R. El muchacho sufrió un k.o. técnico una hora después de comenzar la función. Apoyó la cabeza en mi hombro y no despertó hasta que no tuvo más remedio. Afirma que lo que vio le encantó. A mí me pasó lo mismo. Me encantó. Aunque no me dormí. Me encantó la ópera de cabo a rabo. Una puesta en escena algo discreta que no me terminó de convencer, pero en conjunto la cosa funcionaba bien porque sobre los que caía el peso al interpretar y al cantar estuvieron francamente notables. Algunos sobresalientes. Y el coro fantástico. Si tienen oportunidad pasen por el Real y echen un vistazo a la obra de Músorgsky. Borís Godunov. Hay entradas de sobra y merece la pena. Se perderán a Guillermo R. durmiendo a pierna suelta (todo un espectáculo), pero acudan, acudan.
Una de las cosas que tiene de bueno ir a la ópera es que ni fumas, ni bebes y (creo) ni piensas. Si disfrutas de lo que ves y de lo que escuchas el pensamiento deja de molestar. Si consumes ópera (son bastantes, no crean) la cosa cambia. Piensas en esto, en aquello, en lo difícil que es el idioma ruso, en la pinta de payaso que tiene el personaje que se ha dejado poner joroba, en que la flautista tiene unos kilitos de más. Piensas en todo menos en lo que toca. Y, encima, sin beber ni fumar. Es de agradecer que el mundo esté lleno de cosas que te permitan dejar de pensar. De lo contrario estaríamos todo el día dando vueltas al asunto de las banderas, al de la monarquía, a la subida del índice ese que nos está destrozando las cuentas de ahorro, dale que dale a lo viejos que estamos, a lo guapos que somos, a lo poco que disfrutamos, a lo mucho que nos debe la humanidad por ser tan estupendos o a la cara de panoli que tiene el presidente del gobierno. Porque la tiene. No hay más que mirar con un poco de atención para darse cuenta. Es parecido al caso de las banderitas en las ventanas y los pastelitos para celebrar eso de ser muy españoles. En este caso la cara de lelo se te queda a ti escuchando esas cosas.
Deberíamos atender más a los niños. Hasta aquí me ha gustado, pero ya no me interesa. Me duermo y cuando acabe todo este lío me avisas. Parece fácil.
Me aburro malgastando el tiempo en pensar lo que no me interesa para poder seguir dentro del mundo. Si no sabes cómo va la liga, que Rajoy se ha disfrazado de presidente del gobierno y Zapatero de dama de las camelias, que la bolsa ha subido o que el vecino del quinto se ha comprado un coche nuevo, si no sabes eso parece que estás de más.
Y la verdad es que me importa un bledo. Lo que ocupa buena parte de lo cotidiano me importa eso, un bledo. Será por eso que me dedico a escribir. Para pertenecer al mundo creado desde el lenguaje solo hace falta dejar de pensar en lo demás. Es como dormir a pierna suelta con cientos de personas alrededor. Eso creo.


jul 17 2007

Enganchados

Parece que todo el mundo está enganchado a algo. El que no se mete un gramo de cocaína al día, se dedica a los puzzles, colecciona mecheros de usar y tirar o escucha música como un poseso. Es evidente que no todas las adicciones son similares, que unas son inofensivas y que otras generan problemas físicos y psíquicos, que no es igual leer de forma compulsiva a Pérez Reverte o juntar en una caja de cartón calendarios de cartera. Sin embargo, no dejan de ser eso, adicciones. Todas sin excepción.
Parece que todo el mundo está enganchado a algo. Quizás queremos escapar de este mundo tan hostil, quizás lo que necesitamos es huir de nosotros mismos. Sí parece claro es que es una huida hacia ninguna parte porque hagamos lo que hagamos seguimos en el mismo lugar. Ni un milímetro más allá. Después de escuchar un disco a solas (más que nada porque eres muy aficionado a ese tipo de música y la única forma de disfrutar es estar solo) te levantas, abres la puerta de la habitación y allí están tus padres dando el coñazo, o los niños con sus dibujos en la mano dispuestos a mostrarte sus progresos o el montoncito de papeles del banco que te recuerdan que eso del euro fue una estafa del Estado sin precedentes. Si te metes litro y medio de ron o medio gramo de cocaína con los amigos (más que nada porque eres muy aficionado a ese tipo de drogas y la única forma de disfrutar es estando acompañado) cuando llegas a casa sigues igual de asqueado además de aburrirte como una ostra. Y, encima, con muchas probabilidades de tener el cerebro agujereado como un queso gruyere.
Es posible que tanta adicción esté provocada por la certeza de que, más allá de una afición estúpida, existe una motivación excitante y maravillosa. Sólo un jugador que ha ganado repite en el juego. Si alguien durante las tres primeras visitas al casino pierde hasta los calzones es difícil que repita. Pero si gana es otra cosa. Sabe que esa posibilidad existe, se cumple de vez en cuando, es real. Y regresan para recuperar lo perdido. En definitiva, un huir del fracaso.
Lo raro es encontrar a alguien que sea adicto a algo que le genere molestias, esfuerzo. Alguien podría decir que en su empresa hay tres o cuatro sujetos que trabajan como mulas y se pasan el día sentados en el despacho. Puede que se sea cierto. Los casos que conozco suelen ser más cosméticos que otra cosa. Se quedan en la oficina para no estar en casa (que es el lugar en el que uno debe echar el resto). Evitan una rutina que les aburre. Huyen como todos los adictos.
Corremos intentando ir más rápido, mucho más, que nosotros mismos. No nos queremos ver ni en pintura. Sabemos que, tal y como están las cosas, no somos como quisiéramos y tratamos de modelar lo que creemos poder salvar a base de disfraces que duran puestos minuto y medio en el mejor de los casos. La sociedad devora al que se pone por delante. Sin compasión. Adicto o no.


jul 17 2007

El horizonte y vallejo

Para S.

Vallejo es uno de los poetas que me pueden. Leo sus libros siempre que siento la hostilidad de estar vivo. Leo sus poemas y miro alrededor viendo un trozo de tierra que no acaba, por ninguno de los cuatro costados, amarilla la cosecha que se mueve de un lado a otro nerviosa como yo mismo. Cualquier camino lleva al mismo lugar, a esa línea que traza el horizonte cortando con precisión el color. El resto azul. Lo mismo que nada. Porque el cielo azul siempre ha sido y será inservible. Leo a Vallejo porque hace coincidir la vida con su falta. Los Heraldos Negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé.

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes … Yo no sé!

Sopla el aire en el escenario imaginado. Panes alrededor. Crepitación. ¿Cuál es el precio que hay que pagar? ¿Tiene fin? Vallejo mira desde más allá del horizonte, nunca desde el azul que se eleva. Y dice: “Yo no sé”. ¿Lo sabes tú, mi amor?