ago 13 2010

El caso del asesino de ciudades

Llegó a la ciudad hace muchos años. Nadie supo nunca desde donde. Y aun muerto tenía la misma cara de mamón. Todos terminamos pensando que era eso y no otra cosa. Por avaricioso, por cruel, por tener más que nadie. La bala le había entrado por la sien derecha. El orificio de salida se podía ver en el pómulo izquierdo. Negruzco. Pero la cara de mamón no la había perdido. Mirara quien mirara era lo mismo. Un rostro desfigurado por una muerte inesperada e improbable, seco.
Un cadáver, una fortuna para repartir. Un miserable menos en la ciudad. Lo celebramos sin intentar ocultar nuestra alegría.
Cuando le enterraron el cementerio estaba desierto. Junto al ataúd el sacerdote leyendo un pequeño libro lleno de oraciones, el agente comercial de la compañía funeraria que no dejaba de mirar hacia los lados y una mujer vestida de rojo, desconocida. Desde el pequeño sombrero con velo hasta los zapatos, incluidas las medias de red. El resto nos escondíamos detrás de la tapia del cementerio o de algún mausoleo alejado. Queríamos estar seguros de que era el final.
El testamento se hizo público mucho después. Mientras, los parques se fueron secando, los empleados de la fábrica dejaron de hacer su trabajo y algunos se despidieron, nadie continuó con su vida pasada. Nos sabíamos herederos universales. Era cuestión de tiempo.
El notario alquiló un equipo de megafonía para que todos pudiéramos escuchar con claridad. La plaza estaba hasta los topes. Sin embargo, el silencio era absoluto. Comenzó a leer. Se declaraba heredero único al convento de las hermanas clarisas. Sólo en caso de muerte por asesinato la fortuna pasaría a manos de la persona que encontrara y delatara al homicida. La superiora del convento dio la gracias a Dios puesto que después de tanto tiempo era imposible que se resolviera el caso. Pero las voces se oyeron desde cualquier punto posible. Lo buscaríamos el tiempo que hiciera falta.
Pasaron unas pocas horas. La comisaría se llenó. Todos teníamos un sospechoso, una delación que llevaría hasta el asesino aunque fueron muchos los que corrieron hasta allí para acusar al prestamista. Decían estar seguros de que ese sinvergüenza era el culpable. Los que no sabíamos nada nos unimos a su denuncia. Al menos habríamos sacado algo en claro de todo aquello y, al fin y al cabo, ese tipo era un indeseable. Uniendo las fuerzas todos ganábamos.
Fue entonces cuando apareció la mujer vestida de rojo. Caminaba con el brazo derecho estirado hacia delante, agarrando una bolsa de plástico transparente. Un revolver dentro. Llegó hasta el mostrador en el que un policía había escuchado docenas de teorías delirantes. Entregó la bolsa. Soy la hija del muerto. Maté a mi padre con esto. Fue un accidente. Quiero ingresar en prisión para que esta gentuza no acabe conmigo. Y la herencia.
Una hija desconocida para todos nosotros. La prolongación de una maldad sin límites que creíamos muerta y enterrada.
Corrimos a recuperar nuestros puestos de trabajo, quisimos construir nuestra rutina anterior, pero ya era tarde. Los que consiguieron un empleo tuvieron que trabajar por un sueldo ridículo, los préstamos se devolvieron íntegramente con un interés que rozaba el disparate, muchos escaparon de la ciudad perseguidos por aquellos a los que habían acusado de asesinato por envidia o para poder mantener un romance hasta ese momento secreto con sus esposas o con sus maridos.
Aquel mamón había logrado que el mundo se viniera abajo.
La mujer cumplió seis años por homicidio involuntario, tenencia ilícita de armas y alguna otra cosa que hemos olvidado. Nunca supimos qué fue de ella después de quedar en libertad.
Aquel mamón acabó con una ciudad llena de buena gente gracias a su avaricia, a su odio. Ojalá se pudra en el infierno.


jun 15 2010

Evolución natural

Día 1.

- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Claro que sí.
- ¿Qué coño haces tú viviendo en mi casa? No entiendo nada, de verdad. Ni te quiero, ni te necesito, ni se me ocurre una sola razón por la que tenga que soportarte.
- Hace unos días no decías esto. Todo lo contrario. Y vivo aquí porque me lo pediste.
Es que hace unos días tenía la autoestima por los suelos y las hormonas por las nubes. Y, además, me fiaba de ti.
- No me puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Crees que soy un muñeco o algo así?
No, no, en absoluto. Lo que creo es que eres un imbécil. Ni más ni menos.
Se levanta y va hasta la habitación. Coge el papel doblado que hay sobre la mesilla de noche. Regresa. Se lo entrega. Él mira sin decir una sola palabra.
- Ves como eres un imbécil. No, no intentes explicarme algo así. Se lo explicas a ella y, ahora, te vas a la mierda. No olvides el cepillo de dientes.

Día 2.

Ha pasado toda la noche en vela. Los mensajes que ha recibido los borra sin leer. Mueve la cucharilla. El café es oscuro. Quizás demasiado cargado. Llaman a la puerta. No se mueve. Agarra la taza con las dos manos y sorbe pequeños tragos. Insisten. Cuando escucha los pasos alejándose por la escalera, se seca las mejillas con la servilleta de papel.

Día 39.

Abre los ojos. La espalda del hombre impide que vea otra cosa. Comienza a contar lunares. Son muchos y se pierde. Mejor una fotografía y ya comparará. Seguro que esto será otra cosa, susurra. Se da la vuelta. Mira la mesilla. No hay ningún papel. Intenta no moverse para escuchar. Cree oír unos pasos que se alejan por la escalera, pero hace un gesto como queriendo decir que son imaginaciones suyas.


may 10 2010

Adivinadoras (2)

Las dos mujeres suben charlando sobre lo apasionante del futuro. Una es repetidora, casi asidua. La otra acude por primera vez. Sólo quiere ver cómo es el sitio, la mujer que mira la bola, escuchar su voz.
Apenas esperan. La pitonisa le cuenta el futuro. Le desea mucha suerte y que se cumpla todo lo que ella ha visto.
- Venga, te animas.
- No, no. Mejor lo dejamos para otro día.
- Te lo pago yo, mujer. Es un momento.
La pitonisa mira el cristal. Con un gesto inesperado cubre la bola trasparente con un paño de colores vivos. Dice que no se puede concentrar. Parece nerviosa. Las dos mujeres se levantan con intención de irse. La pitonisa escribe en un papel. Se lo entrega a la mujer que se estrena. No lo abras hasta llegar a casa, le dice.
Las mujeres se despiden. Un par de besos. Mira como se va jugueteando con el papel que ha guardado en el bolsillo. Quiere tomar un taxi. Uno libre en la acera de enfrente. Levanta la mano, adelanta un par de pasos sin mirar. Los frenos del camión rechinan. Un golpe seco.
El médico forense busca entre la ropa de la mujer. Un collar, una cartera. Un papel. Doblado. Deshace los pliegues. Lee. No hay futuro, dice la única frase escrita con letra irregular.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 4 2010

Una vida por otra

Toledo. 1940.
La muchacha corre tan rápido como puede. El empedrado hace que, en lugar de alargar cada paso buscando la línea recta, salte buscando los cantos menos aparatosos para pisar allí. Ha de llegar antes de que el hombre salga por la puerta. Un par de niños le preguntan que dónde va. No contesta. Intenta acelerar el paso. Tiene que dar el recado. Ve como el hombre sale. Ella a cincuenta metros. Piensa en gritar para advertirle. Una figura aparece frente al hombre, levanta el brazo estirado, algo en la mano. El hombre cae un instante antes de que ella escuche un sonido seco. Una pequeña nube de humo blanco en el extremo del brazo. Ahora camina despacio. La figura se aleja. Camisa azul, pantalón negro, botas altas de cuero, correaje de cuero sobre la camisa. La muchacha apenas se mantiene en pie. Todos se han metido con rapidez en sus portales, las ventanas cerradas. Un par de personas que pasan por allí se pegan al lado contrario de la calle. No miran, bajan la cabeza, las manos en los bolsillos. Se acerca. Supone que es él. La mancha negra a la altura de la nariz y la sangre no le permiten reconocerle. Se sienta junto al cadáver. Espera algo que no sabe qué es. Pero espera.
Madrid. 2002.
Extracto de la entrevista realizada a doña Rosa María Aguado Tellez el pasado tres de enero.
Rosa María: Sí, nos mudamos a Madrid después de que asesinasen a mi padre. Mi madre tenía aquí un primo sacerdote. La única forma de salir adelante. Éramos una familia marcada. Vivimos con él tres o cuatro meses. Hasta que nos echó. No quería rojas en casa, dijo. Yo tenía trece años. Suficiente edad para hacer la calle. Mi madre se suicidó lanzándose desde el viaducto. Ni siquiera me enteré hasta tres o cuatro días después. Me lo dijo otra niña que trabajaba un par de calles más abajo que yo y que no paraba de vomitar por el asco que le daban algunos hombres. Desde entonces he hecho de todo. Dejé la calle en cuanto pude. Cinco o seis meses estuve en la calle de la Montera. Serví en cuatro o cinco casas, trabajé de cajera en una cafetería y, por fin, logré un trabajo en una oficina. De algo sirvió saber escribir. Allí me jubilé. Y no, no me casé porque no me dio la gana. Alguno que otro me rondó, pero nunca hice mucho caso.
Periodista: Entonces, el asesinato de su padre marcó su vida. Desde el día de su muerte, el mundo era más hostil, ¿todo era más difícil?
Rosa María: La ausencia. Eso cambió mi vida. La de mi padre, la de mi madre, la de los amigos que dejé en Toledo. La ausencia. Mire, yo no sé si fue más difícil o no. De verdad que no lo sé. Lo único que importa es que he tenido una vida como otra cualquiera. Una vida al fin y al cabo. ¿Sabe?, seguro que usted con la carrera hecha no sabe ni la mitad de lo que yo sabía con quince años. Lo demás es agua pasada. A saber por qué mataron a mi padre. Igual no tuvo nada que ver lo que pensaba y sí que la linde de la finca estaba un metro más allá de su sitio. No seré yo la que mezcle ideas políticas con su muerte.
Toledo. 1944.
Sientan al hombre en la silla de madera tosca. Se ha resistido aunque uno de los guardias ha sido casi brutal con él. Asesinato de dos mujeres. Una de ellas salvajemente violada. Según el capellán de la cárcel, es un hombre frío, vacío. Durante el juicio fue expulsado de la sala por gritar al tribunal recriminándoles que cuando mataba rojos nadie quería meterle entre rejas. Alguien se dispone a apretar un tornillo hasta romperle el cuello sujeto por una argolla.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 30 2010

De la condición humana (3)

s

De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.

- ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?

- El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.

Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.

- Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.

Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.

- No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.

- No poder recuperar lo perdido es insoportable.

- Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.

- Si pudiera volvería atrás.

- Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?

Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano