ago 13 2010

El caso del asesino de ciudades

Llegó a la ciudad hace muchos años. Nadie supo nunca desde donde. Y aun muerto tenía la misma cara de mamón. Todos terminamos pensando que era eso y no otra cosa. Por avaricioso, por cruel, por tener más que nadie. La bala le había entrado por la sien derecha. El orificio de salida se podía ver en el pómulo izquierdo. Negruzco. Pero la cara de mamón no la había perdido. Mirara quien mirara era lo mismo. Un rostro desfigurado por una muerte inesperada e improbable, seco.
Un cadáver, una fortuna para repartir. Un miserable menos en la ciudad. Lo celebramos sin intentar ocultar nuestra alegría.
Cuando le enterraron el cementerio estaba desierto. Junto al ataúd el sacerdote leyendo un pequeño libro lleno de oraciones, el agente comercial de la compañía funeraria que no dejaba de mirar hacia los lados y una mujer vestida de rojo, desconocida. Desde el pequeño sombrero con velo hasta los zapatos, incluidas las medias de red. El resto nos escondíamos detrás de la tapia del cementerio o de algún mausoleo alejado. Queríamos estar seguros de que era el final.
El testamento se hizo público mucho después. Mientras, los parques se fueron secando, los empleados de la fábrica dejaron de hacer su trabajo y algunos se despidieron, nadie continuó con su vida pasada. Nos sabíamos herederos universales. Era cuestión de tiempo.
El notario alquiló un equipo de megafonía para que todos pudiéramos escuchar con claridad. La plaza estaba hasta los topes. Sin embargo, el silencio era absoluto. Comenzó a leer. Se declaraba heredero único al convento de las hermanas clarisas. Sólo en caso de muerte por asesinato la fortuna pasaría a manos de la persona que encontrara y delatara al homicida. La superiora del convento dio la gracias a Dios puesto que después de tanto tiempo era imposible que se resolviera el caso. Pero las voces se oyeron desde cualquier punto posible. Lo buscaríamos el tiempo que hiciera falta.
Pasaron unas pocas horas. La comisaría se llenó. Todos teníamos un sospechoso, una delación que llevaría hasta el asesino aunque fueron muchos los que corrieron hasta allí para acusar al prestamista. Decían estar seguros de que ese sinvergüenza era el culpable. Los que no sabíamos nada nos unimos a su denuncia. Al menos habríamos sacado algo en claro de todo aquello y, al fin y al cabo, ese tipo era un indeseable. Uniendo las fuerzas todos ganábamos.
Fue entonces cuando apareció la mujer vestida de rojo. Caminaba con el brazo derecho estirado hacia delante, agarrando una bolsa de plástico transparente. Un revolver dentro. Llegó hasta el mostrador en el que un policía había escuchado docenas de teorías delirantes. Entregó la bolsa. Soy la hija del muerto. Maté a mi padre con esto. Fue un accidente. Quiero ingresar en prisión para que esta gentuza no acabe conmigo. Y la herencia.
Una hija desconocida para todos nosotros. La prolongación de una maldad sin límites que creíamos muerta y enterrada.
Corrimos a recuperar nuestros puestos de trabajo, quisimos construir nuestra rutina anterior, pero ya era tarde. Los que consiguieron un empleo tuvieron que trabajar por un sueldo ridículo, los préstamos se devolvieron íntegramente con un interés que rozaba el disparate, muchos escaparon de la ciudad perseguidos por aquellos a los que habían acusado de asesinato por envidia o para poder mantener un romance hasta ese momento secreto con sus esposas o con sus maridos.
Aquel mamón había logrado que el mundo se viniera abajo.
La mujer cumplió seis años por homicidio involuntario, tenencia ilícita de armas y alguna otra cosa que hemos olvidado. Nunca supimos qué fue de ella después de quedar en libertad.
Aquel mamón acabó con una ciudad llena de buena gente gracias a su avaricia, a su odio. Ojalá se pudra en el infierno.


jun 15 2010

Evolución natural

Día 1.

– ¿Te puedo hacer una pregunta?
– Claro que sí.
– ¿Qué coño haces tú viviendo en mi casa? No entiendo nada, de verdad. Ni te quiero, ni te necesito, ni se me ocurre una sola razón por la que tenga que soportarte.
– Hace unos días no decías esto. Todo lo contrario. Y vivo aquí porque me lo pediste.
Es que hace unos días tenía la autoestima por los suelos y las hormonas por las nubes. Y, además, me fiaba de ti.
– No me puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Crees que soy un muñeco o algo así?
No, no, en absoluto. Lo que creo es que eres un imbécil. Ni más ni menos.
Se levanta y va hasta la habitación. Coge el papel doblado que hay sobre la mesilla de noche. Regresa. Se lo entrega. Él mira sin decir una sola palabra.
– Ves como eres un imbécil. No, no intentes explicarme algo así. Se lo explicas a ella y, ahora, te vas a la mierda. No olvides el cepillo de dientes.

Día 2.

Ha pasado toda la noche en vela. Los mensajes que ha recibido los borra sin leer. Mueve la cucharilla. El café es oscuro. Quizás demasiado cargado. Llaman a la puerta. No se mueve. Agarra la taza con las dos manos y sorbe pequeños tragos. Insisten. Cuando escucha los pasos alejándose por la escalera, se seca las mejillas con la servilleta de papel.

Día 39.

Abre los ojos. La espalda del hombre impide que vea otra cosa. Comienza a contar lunares. Son muchos y se pierde. Mejor una fotografía y ya comparará. Seguro que esto será otra cosa, susurra. Se da la vuelta. Mira la mesilla. No hay ningún papel. Intenta no moverse para escuchar. Cree oír unos pasos que se alejan por la escalera, pero hace un gesto como queriendo decir que son imaginaciones suyas.


may 10 2010

Adivinadoras (2)

Las dos mujeres suben charlando sobre lo apasionante del futuro. Una es repetidora, casi asidua. La otra acude por primera vez. Sólo quiere ver cómo es el sitio, la mujer que mira la bola, escuchar su voz.
Apenas esperan. La pitonisa le cuenta el futuro. Le desea mucha suerte y que se cumpla todo lo que ella ha visto.
– Venga, te animas.
– No, no. Mejor lo dejamos para otro día.
– Te lo pago yo, mujer. Es un momento.
La pitonisa mira el cristal. Con un gesto inesperado cubre la bola trasparente con un paño de colores vivos. Dice que no se puede concentrar. Parece nerviosa. Las dos mujeres se levantan con intención de irse. La pitonisa escribe en un papel. Se lo entrega a la mujer que se estrena. No lo abras hasta llegar a casa, le dice.
Las mujeres se despiden. Un par de besos. Mira como se va jugueteando con el papel que ha guardado en el bolsillo. Quiere tomar un taxi. Uno libre en la acera de enfrente. Levanta la mano, adelanta un par de pasos sin mirar. Los frenos del camión rechinan. Un golpe seco.
El médico forense busca entre la ropa de la mujer. Un collar, una cartera. Un papel. Doblado. Deshace los pliegues. Lee. No hay futuro, dice la única frase escrita con letra irregular.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 4 2010

Una vida por otra

Toledo. 1940.
La muchacha corre tan rápido como puede. El empedrado hace que, en lugar de alargar cada paso buscando la línea recta, salte buscando los cantos menos aparatosos para pisar allí. Ha de llegar antes de que el hombre salga por la puerta. Un par de niños le preguntan que dónde va. No contesta. Intenta acelerar el paso. Tiene que dar el recado. Ve como el hombre sale. Ella a cincuenta metros. Piensa en gritar para advertirle. Una figura aparece frente al hombre, levanta el brazo estirado, algo en la mano. El hombre cae un instante antes de que ella escuche un sonido seco. Una pequeña nube de humo blanco en el extremo del brazo. Ahora camina despacio. La figura se aleja. Camisa azul, pantalón negro, botas altas de cuero, correaje de cuero sobre la camisa. La muchacha apenas se mantiene en pie. Todos se han metido con rapidez en sus portales, las ventanas cerradas. Un par de personas que pasan por allí se pegan al lado contrario de la calle. No miran, bajan la cabeza, las manos en los bolsillos. Se acerca. Supone que es él. La mancha negra a la altura de la nariz y la sangre no le permiten reconocerle. Se sienta junto al cadáver. Espera algo que no sabe qué es. Pero espera.
Madrid. 2002.
Extracto de la entrevista realizada a doña Rosa María Aguado Tellez el pasado tres de enero.
Rosa María: Sí, nos mudamos a Madrid después de que asesinasen a mi padre. Mi madre tenía aquí un primo sacerdote. La única forma de salir adelante. Éramos una familia marcada. Vivimos con él tres o cuatro meses. Hasta que nos echó. No quería rojas en casa, dijo. Yo tenía trece años. Suficiente edad para hacer la calle. Mi madre se suicidó lanzándose desde el viaducto. Ni siquiera me enteré hasta tres o cuatro días después. Me lo dijo otra niña que trabajaba un par de calles más abajo que yo y que no paraba de vomitar por el asco que le daban algunos hombres. Desde entonces he hecho de todo. Dejé la calle en cuanto pude. Cinco o seis meses estuve en la calle de la Montera. Serví en cuatro o cinco casas, trabajé de cajera en una cafetería y, por fin, logré un trabajo en una oficina. De algo sirvió saber escribir. Allí me jubilé. Y no, no me casé porque no me dio la gana. Alguno que otro me rondó, pero nunca hice mucho caso.
Periodista: Entonces, el asesinato de su padre marcó su vida. Desde el día de su muerte, el mundo era más hostil, ¿todo era más difícil?
Rosa María: La ausencia. Eso cambió mi vida. La de mi padre, la de mi madre, la de los amigos que dejé en Toledo. La ausencia. Mire, yo no sé si fue más difícil o no. De verdad que no lo sé. Lo único que importa es que he tenido una vida como otra cualquiera. Una vida al fin y al cabo. ¿Sabe?, seguro que usted con la carrera hecha no sabe ni la mitad de lo que yo sabía con quince años. Lo demás es agua pasada. A saber por qué mataron a mi padre. Igual no tuvo nada que ver lo que pensaba y sí que la linde de la finca estaba un metro más allá de su sitio. No seré yo la que mezcle ideas políticas con su muerte.
Toledo. 1944.
Sientan al hombre en la silla de madera tosca. Se ha resistido aunque uno de los guardias ha sido casi brutal con él. Asesinato de dos mujeres. Una de ellas salvajemente violada. Según el capellán de la cárcel, es un hombre frío, vacío. Durante el juicio fue expulsado de la sala por gritar al tribunal recriminándoles que cuando mataba rojos nadie quería meterle entre rejas. Alguien se dispone a apretar un tornillo hasta romperle el cuello sujeto por una argolla.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 30 2010

De la condición humana (3)

s

De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.

– ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?

– El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.

Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.

– Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.

Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.

– No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.

– No poder recuperar lo perdido es insoportable.

– Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.

– Si pudiera volvería atrás.

– Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?

Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 29 2010

De la condición humana (2)

Se sientan, como tantas veces, en la mesa número doce. Ninguno de los dos recuerda qué les hizo elegir esa y no otra la primera vez. Un café con leche, tostada y dos bolsitas de azúcar para ella. Una copa de cava para él. Escriben desde el principio. Apenas se miran. Van llenando cuartillas que apartan y dejan en el centro de la mesa. Cuando él acaba, estira la espalda y echa la cabeza hacia detrás. La mueve de un lado a otro. Ella hace un gesto pidiendo que espere un poco, sólo un poco más. Tres cuartillas ella. Algo más de cuatro él. Las colocan y se las entregan uno a otro.

– ¿Qué es esto? dice él, contrariado. No tiene pinta de relato, así que tendrás que explicarme lo que dice.

– Yo creo que está muy claro. ¿Qué explicaciones necesitas?

– ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Qué te ha prometido? Esas cosas.

– Ahí no habla de nadie que no seas tú o yo misma.

– Estas cosas nunca suceden si no hay un tercero. Sería la primera vez.
Ella apoya el codo en la mesa, la cabeza en el dedo pulgar (entre las cejas, los ojos cerrados, el cigarro humeando entre otros dos dedos). Vamos, tú no puedes ser como todos los demás, no, tú eres un tipo inteligente, no me decepciones, dice despacio, casi con el mismo tono que le pediría a un Dios unos minutos más de vida para poder despedirse de los que ama.

– No esperes que lo comprenda. Nadie ha sido capaz de entender su propia demolición. Nadie. ¿Por qué?

– Ya no soy la chica que conociste, ni mis gustos son los mismos, ni veo las cosas del mismo modo. Todo cambia. Ahora te quiero como puedo. Y no pongas esa cara. Esto le pasa a todo el mundo. Unos lo dicen, otros no. Esa es la diferencia.

– Yo también he cambiado, pero aquí sigo. Me adapto, intento buscar la manera de encajar las piezas cada mañana.

– No quiero morirme pensando que he desperdiciado la vida.

– Pues eso te ocurrirá de un modo u otro.

Se levantan y regresan a casa.
Dos días después, ella ya no está. Y él, que sabe que la inteligencia sirve para unas cosas y no para otras, se sienta a esperar. Ya puede escuchar el ruido de las máquinas que llegan para derribar. Y ella, desde donde está, mira alrededor. Las maquinas ya pasaron por allí.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 5 2010

Paralelo

El mecanismo se activa en cuanto abre los ojos. Lentamente, el mundo comienza a moverse. Los contornos de la habitación, que eran sombras un instante antes, reciben el nombre tras su mirada. El negro sobre negro es, ahora, el sillón que está junto a la ventana; un espejo que no refleja más que sombras, pero que con la primera claridad será el mismo chivato que ayer; el armario o la cómoda. El mundo se estremece porque le saben llamar.
Escucha su respiración. Sin compás, fragmentada, nerviosa. Prefiere levantarse a solas. Desayuna despacio, observando lo que tanto le agradó cuando le pertenecía, cuando el mundo no había que compartirlo con nadie. Su vieja tostadora, los cubiertos baratos que tanto le gustaron al verlos en la tienda. Mueve la mesa. Antes cojeaba. Ahora, no, Ahora es una mesa normal. Nada se puede caer. La que fue su mesa es corriente, ella es corriente, el mundo se mueve con otra cadencia. Y ella con la cadencia del mundo. A punto de caer a plomo.
Antes de salir, enciende la luz de la alcoba. Es la hora, no seas perezoso, dice como si realmente le importara algo su horario que ya es el de los dos. En el ascensor pulsa la tecla correcta y hace un gesto con los labios mostrando cierta contrariedad. Todo es exacto, piensa. Antes hubiera pulsado esa tecla sin saber hasta donde le llevaría el final de los tiempos. Cada minuto era el último minuto por vivir, por disfrutar.
A mitad de camino decide girar a la derecha. Justo al contrario. Sube al primer autobús que se detiene en la primera parada que ve. No se preocupa de saber dónde se dirige. El conductor, no sabe el tiempo que ha pasado, se levanta de su asiento y le dice que es la última parada, que se tiene que apear. Camina sin alzar la vista. Le parece escuchar el timbre de su teléfono. Con insistencia. Piensa tan rápido como puede. Procura no aturdirse. Piensa. Camina. Piensa. Llora sin saber qué es lo que le ocurre en realidad. Entra en un bar para tomar un café. Todas las mesas están ocupadas. En la tercera, una sola persona. Lee el periódico. ¿Le importa si me siento con usted? No hay una sola mesa libre. Por supuesto, señorita. Pasan unos minutos. ¿Le importa dejar de leer? Necesito hablar con alguien. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa, alza la mano y hace un gesto al camarero pidiendo lo mismo que han tomado. Arrima la espalda al respaldo y espera en silencio. Me he perdido por el camino, ya no puedo decir que sea yo. Me he perdido. Ella habla. Él escucha.
En la mesa seis tazas. Se despiden. Recuerde lo que hemos hablado, señorita. Ni siquiera se dan la mano al despedirse.
Abre la puerta de casa. Le escucha decir que estaba preocupado, que esas cosas no se pueden hacer. Cosas que no se para a entender. Espera a que termine. Le dice que ha sufrido un ataque nervioso, que se ha perdido, que le ayudó un tipo en la calle, que ya ha pasado. Le va explicando, poco a poco, tan lento como llega el embuste a los labios. Quiero descansar, por favor, quiero ir a la cama y dormir. Antes de acostarse busca un papel para apuntar. En la vida toca caminar por donde uno puede. Lo importante es poder mirar a los lados y comprobar que el camino, el que realmente corresponde, sigue allí, intacto. Todos caminamos por dos lugares a la vez. Uno es el que nos permite sobrevivir. El otro es el que deseamos desde siempre. Allí siguen las ilusiones perdidas, los ideales que escondimos sin saber porqué, todo. Allí estoy yo. Cierra la libreta. Relaja los músculos del cuello. Intenta dormir.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 2 2010

Cinco años menos dos días

He estado revisando algunos textos viejos de este blog. Ya son cinco años menos dos días de trabajo. Por si alguien quiere echar un vistazo a estas cosas que ya tienen edad, dejo los enlaces a continuación.

El último escollo

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jul 19 2007

EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINO VERANEANTE (2ª PARTE)

Al gordo le tuvimos que meter en el coche a base de palos. Como a un cochino. Con el otro no hubo grandes problemas. Coromoto le dijo que si movía la boca de esa forma se la iba a partir y que, o entraba en el coche sin dar mucho la lata, o le rompía la crisma. Con tic a la vista o sin él. Cuando llegamos a la comisaría, sacar a la ballena para poder interrogarle fue coser y cantar. Ya había recibido lo suyo y no tenía ganas de más.

– A ver, ¿quién quiere empezar? ¿Oliver o Hardy? dijo Coromoto apoyando los puños en la mesa.

– No hemos hecho nada. Y tú eres muy chulo con la placa en el bolsillo. Ya nos veremos en igualdad de condiciones.

Coromoto salió de la sala y entró poco después. Sin placa y sin pistola.

– Ya estamos empate, dijo mientras se lanzaba contra el gordo y comenzaba a soltar guantazos.

Yo miraba todo aquello tratando de parecer ajeno aunque la verdad es que me impresionó la forma de repartir de Coromoto. Los de provincias son así. Brutos e intrépidos. Cuando paró volvió a salir y regresó con placa y pistola. Si vuelves a decir una gilipollez te meto un tiro, advirtió.

Mientras, el del tic en la boca no parpadeaba. Ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Empieza a largar y no pares hasta que yo te avise, le dije usando un tono paternal y falso.

Si hubiéramos apretado un poco más a ese pobrecito podría haber confesado cualquier cosa, pero recordé el asunto del salchichón.

– Venga, al calabozo, porque no me creo nada y me estás poniendo de mala leche, grité agarrando de la oreja al del tic para llevarle hasta la puerta de la celda. El gordo caminó sin rechistar por delante de Coromoto.

Justo antes de salir de la comisaría escuché mi nombre. El jefe me miraba desde la de su despacho por encima de las gafas de ver.

– Anselmo, han encontrado en una piscina municipal el cuerpo de “el filomatic”. Le han cortado las pelotas y se las han metido en la boca. Suponemos que es un ajuste de cuentas o algo parecido. Dejaos caer por allí y haced lo que podáis.

Filomatic. Tenía su gracia ese tipo. Le llamaban así porque decían que nadie manejaba la navaja como él. Y no precisamente para afeitarse. Ahora flotaba en medio de una piscina con la boca llena. Hasta que llegó el juez estuvimos haciendo algunas preguntas aquí y allí, pero nadie sabía nada. O no querían saber. Lo de siempre.

Coromoto se puso a pasear mientras yo ayudaba a sacar a Filomatic del agua. No sabría lo que era una piscina o algo así. Es lo que tiene no pisar un lugar civilizado hasta que eres mayor.

– Nos vamos, Coromoto. Se acabó el día de piscina.

– ¿No te parece que deberíamos buscar alguna prueba?

– No. Ya verás como alguno de sus amigos nos cuenta lo que ha pasado.

Coromoto llevaba una bolsita en la mano. Algo colorado se dejaba ver a través del plástico aunque a mí no me alcanzaba la vista a ver lo que era. Cuando estaba a mi lado, metió la mano y fue sacando cachivaches. Una cuchilla de afeitar manchada de sangre, un papel en el que se leía “Uno menos” manchado de sangre y par de dientes amarillentos que resultaron ser de Filomatic. Con esto es suficiente, dijo Coromoto volviendo a introducir todo en la bolsa. Si algo me molesta de este tipo de gente es la arrogancia con la que hace las cosas. Menos mal que no suelo hacer caso. No merece la pena.

Nos subimos al coche sin decir nada. Antes de salir del recinto municipal llamaron por la radio desde la central. Acababan de encontrar el cuerpo sin vida de un delincuente habitual. Gazapo. Le conocía desde muchos años antes. Se había ganado el sobrenombre porque decían que era capaz de colgar a cualquiera por lo pies y matarle como a un conejo. De un golpe en la nuca con un buen palo. Le conté por encima quien era a Coromoto.

– Pues nada, mientras tú te dedicas a charlar con los colegas buscaré la estaca, la notita manchada de sangre y los dientes que le falten.

– Haz lo que te salga de los huevos. Joder, y yo sin comprar el embutido. Hay que joderse.

No aguanto esa prepotencia de los provincianos. Qué listos se creen los capullos.


jul 18 2007

(ETRAP ª1) OIFRAG ED AIROTSIH AREDADREV AL

Ya ha pasado tiempo suficiente. Y nada ha cambiado.
Si fuera el personaje de un relato el autor me despacharía con un suicidio. O con la muerte segura de un gordo. Solitario, tragándose su propio vómito entre grandes sufrimientos de gordo, produciendo el asco de siempre entre los que no lo son. Eso o hubiera zanjado la narración dejándome entre señoritas de buen ver, con un tipo esbelto y gracioso. Pero no, esto no es un relato, esto es la realidad, una realidad que se hace más real cuanto más juego a escapar de ella, una realidad que si no es capaz de explicarse a sí misma acaba con los protagonistas. Ahora ¿qué tengo que hacer? Si al menos pudiera seguir viviendo de la sopa boba podría ir tirando hasta que no tuvieran más remedio que meterme en una habitación de hospital y enchufarme a una máquina. Por la cara, sin pagar un céntimo. Pero no, ahora resulta que tengo que buscarme la vida para sobrevivir. Ojalá pudiera eliminar el maldito capítulo de la delgadez inesperada. No quería ser un hombre delgado, ni tener éxito entre la gente. Me gustó siempre ser un gordo infame y ser odiado por ello. En realidad odian a los gordos por eso, porque tiramos la toalla siendo niños y preferimos reventar antes que tener que entrar en los gimnasios cada mañana con un paquete de cereales nauseabundos en el bolsillo para comer después de dejarte la salud subido en una bicicleta que ni siquiera se mueve. Cereales para poder cagar a marchas forzadas y adelgazar siete u ocho gramos más.
Pronto no podré moverme de la cama. Me tendrá que sacar de aquí el cuerpo de bomberos. Y eso es porque no pasa nada. Y no pienso dejarme caer desde la ventana. Y no pienso rezar para adelgazar otra vez sin venir a cuento. No, no y mil veces no. Nada cambia. No pasa nada. La vida es comida y poco más.
Quizás la solución sea convertirme en un gordo y algo más. Gordo a secas ya no funciona. Gordo cabrón. Gordo guarro. Gordo que vomita si le miras a los ojos. Gordo más listo que los demás, que los que se dejan el cerebro colgado de las pesas. Porque los gorditos bonachones sólo sirven para hacer chistes.
Si quisiera daría un buen final a todo esto. Podría dedicarme a matar a la banda de guarros que vive en esta pensión y alguno inventaría el perfil de un gordo asesino en serie, podría intentar buscar a una mujer obesa y morir en su cama sin poder haber hecho el amor por la barrera de grasa. Siempre hay un roto para un descosido y si a una gorda la prometes su momento de gloria traga con cualquier cosa. Todos quieren ese instante. Los delgaditos también, pero a mí me tocaría la gorda porque peso ciento y pico kilos. Largos. Sí, podría acabar con todo esto de forma original. Y no. Voy a seguir aquí esperando a que no pase nada. No me han dejado abusar del régimen sanitario. Muy bien. Pues van a tener que cargar conmigo cuatro pisos sin ascensor, mi familia tendrá que pagar las deudas y el entierro, la casera se quedará sin cobrar el alquiler y los periodistas sin la noticia de la semana. La vida es así. Al menos la vida de Garfio.