abr 29 2010

De la condición humana (2)

Se sientan, como tantas veces, en la mesa número doce. Ninguno de los dos recuerda qué les hizo elegir esa y no otra la primera vez. Un café con leche, tostada y dos bolsitas de azúcar para ella. Una copa de cava para él. Escriben desde el principio. Apenas se miran. Van llenando cuartillas que apartan y dejan en el centro de la mesa. Cuando él acaba, estira la espalda y echa la cabeza hacia detrás. La mueve de un lado a otro. Ella hace un gesto pidiendo que espere un poco, sólo un poco más. Tres cuartillas ella. Algo más de cuatro él. Las colocan y se las entregan uno a otro.

- ¿Qué es esto? dice él, contrariado. No tiene pinta de relato, así que tendrás que explicarme lo que dice.

- Yo creo que está muy claro. ¿Qué explicaciones necesitas?

- ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Qué te ha prometido? Esas cosas.

- Ahí no habla de nadie que no seas tú o yo misma.

- Estas cosas nunca suceden si no hay un tercero. Sería la primera vez.
Ella apoya el codo en la mesa, la cabeza en el dedo pulgar (entre las cejas, los ojos cerrados, el cigarro humeando entre otros dos dedos). Vamos, tú no puedes ser como todos los demás, no, tú eres un tipo inteligente, no me decepciones, dice despacio, casi con el mismo tono que le pediría a un Dios unos minutos más de vida para poder despedirse de los que ama.

- No esperes que lo comprenda. Nadie ha sido capaz de entender su propia demolición. Nadie. ¿Por qué?

– Ya no soy la chica que conociste, ni mis gustos son los mismos, ni veo las cosas del mismo modo. Todo cambia. Ahora te quiero como puedo. Y no pongas esa cara. Esto le pasa a todo el mundo. Unos lo dicen, otros no. Esa es la diferencia.

– Yo también he cambiado, pero aquí sigo. Me adapto, intento buscar la manera de encajar las piezas cada mañana.

- No quiero morirme pensando que he desperdiciado la vida.

- Pues eso te ocurrirá de un modo u otro.

Se levantan y regresan a casa.
Dos días después, ella ya no está. Y él, que sabe que la inteligencia sirve para unas cosas y no para otras, se sienta a esperar. Ya puede escuchar el ruido de las máquinas que llegan para derribar. Y ella, desde donde está, mira alrededor. Las maquinas ya pasaron por allí.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 5 2010

Paralelo

El mecanismo se activa en cuanto abre los ojos. Lentamente, el mundo comienza a moverse. Los contornos de la habitación, que eran sombras un instante antes, reciben el nombre tras su mirada. El negro sobre negro es, ahora, el sillón que está junto a la ventana; un espejo que no refleja más que sombras, pero que con la primera claridad será el mismo chivato que ayer; el armario o la cómoda. El mundo se estremece porque le saben llamar.
Escucha su respiración. Sin compás, fragmentada, nerviosa. Prefiere levantarse a solas. Desayuna despacio, observando lo que tanto le agradó cuando le pertenecía, cuando el mundo no había que compartirlo con nadie. Su vieja tostadora, los cubiertos baratos que tanto le gustaron al verlos en la tienda. Mueve la mesa. Antes cojeaba. Ahora, no, Ahora es una mesa normal. Nada se puede caer. La que fue su mesa es corriente, ella es corriente, el mundo se mueve con otra cadencia. Y ella con la cadencia del mundo. A punto de caer a plomo.
Antes de salir, enciende la luz de la alcoba. Es la hora, no seas perezoso, dice como si realmente le importara algo su horario que ya es el de los dos. En el ascensor pulsa la tecla correcta y hace un gesto con los labios mostrando cierta contrariedad. Todo es exacto, piensa. Antes hubiera pulsado esa tecla sin saber hasta donde le llevaría el final de los tiempos. Cada minuto era el último minuto por vivir, por disfrutar.
A mitad de camino decide girar a la derecha. Justo al contrario. Sube al primer autobús que se detiene en la primera parada que ve. No se preocupa de saber dónde se dirige. El conductor, no sabe el tiempo que ha pasado, se levanta de su asiento y le dice que es la última parada, que se tiene que apear. Camina sin alzar la vista. Le parece escuchar el timbre de su teléfono. Con insistencia. Piensa tan rápido como puede. Procura no aturdirse. Piensa. Camina. Piensa. Llora sin saber qué es lo que le ocurre en realidad. Entra en un bar para tomar un café. Todas las mesas están ocupadas. En la tercera, una sola persona. Lee el periódico. ¿Le importa si me siento con usted? No hay una sola mesa libre. Por supuesto, señorita. Pasan unos minutos. ¿Le importa dejar de leer? Necesito hablar con alguien. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa, alza la mano y hace un gesto al camarero pidiendo lo mismo que han tomado. Arrima la espalda al respaldo y espera en silencio. Me he perdido por el camino, ya no puedo decir que sea yo. Me he perdido. Ella habla. Él escucha.
En la mesa seis tazas. Se despiden. Recuerde lo que hemos hablado, señorita. Ni siquiera se dan la mano al despedirse.
Abre la puerta de casa. Le escucha decir que estaba preocupado, que esas cosas no se pueden hacer. Cosas que no se para a entender. Espera a que termine. Le dice que ha sufrido un ataque nervioso, que se ha perdido, que le ayudó un tipo en la calle, que ya ha pasado. Le va explicando, poco a poco, tan lento como llega el embuste a los labios. Quiero descansar, por favor, quiero ir a la cama y dormir. Antes de acostarse busca un papel para apuntar. En la vida toca caminar por donde uno puede. Lo importante es poder mirar a los lados y comprobar que el camino, el que realmente corresponde, sigue allí, intacto. Todos caminamos por dos lugares a la vez. Uno es el que nos permite sobrevivir. El otro es el que deseamos desde siempre. Allí siguen las ilusiones perdidas, los ideales que escondimos sin saber porqué, todo. Allí estoy yo. Cierra la libreta. Relaja los músculos del cuello. Intenta dormir.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 2 2010

Cinco años menos dos días

He estado revisando algunos textos viejos de este blog. Ya son cinco años menos dos días de trabajo. Por si alguien quiere echar un vistazo a estas cosas que ya tienen edad, dejo los enlaces a continuación.

El último escollo

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jul 19 2007

EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINO VERANEANTE (2ª PARTE)

Al gordo le tuvimos que meter en el coche a base de palos. Como a un cochino. Con el otro no hubo grandes problemas. Coromoto le dijo que si movía la boca de esa forma se la iba a partir y que, o entraba en el coche sin dar mucho la lata, o le rompía la crisma. Con tic a la vista o sin él. Cuando llegamos a la comisaría, sacar a la ballena para poder interrogarle fue coser y cantar. Ya había recibido lo suyo y no tenía ganas de más.

- A ver, ¿quién quiere empezar? ¿Oliver o Hardy? dijo Coromoto apoyando los puños en la mesa.

- No hemos hecho nada. Y tú eres muy chulo con la placa en el bolsillo. Ya nos veremos en igualdad de condiciones.

Coromoto salió de la sala y entró poco después. Sin placa y sin pistola.

- Ya estamos empate, dijo mientras se lanzaba contra el gordo y comenzaba a soltar guantazos.

Yo miraba todo aquello tratando de parecer ajeno aunque la verdad es que me impresionó la forma de repartir de Coromoto. Los de provincias son así. Brutos e intrépidos. Cuando paró volvió a salir y regresó con placa y pistola. Si vuelves a decir una gilipollez te meto un tiro, advirtió.

Mientras, el del tic en la boca no parpadeaba. Ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Empieza a largar y no pares hasta que yo te avise, le dije usando un tono paternal y falso.

Si hubiéramos apretado un poco más a ese pobrecito podría haber confesado cualquier cosa, pero recordé el asunto del salchichón.

- Venga, al calabozo, porque no me creo nada y me estás poniendo de mala leche, grité agarrando de la oreja al del tic para llevarle hasta la puerta de la celda. El gordo caminó sin rechistar por delante de Coromoto.

Justo antes de salir de la comisaría escuché mi nombre. El jefe me miraba desde la de su despacho por encima de las gafas de ver.

- Anselmo, han encontrado en una piscina municipal el cuerpo de “el filomatic”. Le han cortado las pelotas y se las han metido en la boca. Suponemos que es un ajuste de cuentas o algo parecido. Dejaos caer por allí y haced lo que podáis.

Filomatic. Tenía su gracia ese tipo. Le llamaban así porque decían que nadie manejaba la navaja como él. Y no precisamente para afeitarse. Ahora flotaba en medio de una piscina con la boca llena. Hasta que llegó el juez estuvimos haciendo algunas preguntas aquí y allí, pero nadie sabía nada. O no querían saber. Lo de siempre.

Coromoto se puso a pasear mientras yo ayudaba a sacar a Filomatic del agua. No sabría lo que era una piscina o algo así. Es lo que tiene no pisar un lugar civilizado hasta que eres mayor.

- Nos vamos, Coromoto. Se acabó el día de piscina.

- ¿No te parece que deberíamos buscar alguna prueba?

- No. Ya verás como alguno de sus amigos nos cuenta lo que ha pasado.

Coromoto llevaba una bolsita en la mano. Algo colorado se dejaba ver a través del plástico aunque a mí no me alcanzaba la vista a ver lo que era. Cuando estaba a mi lado, metió la mano y fue sacando cachivaches. Una cuchilla de afeitar manchada de sangre, un papel en el que se leía “Uno menos” manchado de sangre y par de dientes amarillentos que resultaron ser de Filomatic. Con esto es suficiente, dijo Coromoto volviendo a introducir todo en la bolsa. Si algo me molesta de este tipo de gente es la arrogancia con la que hace las cosas. Menos mal que no suelo hacer caso. No merece la pena.

Nos subimos al coche sin decir nada. Antes de salir del recinto municipal llamaron por la radio desde la central. Acababan de encontrar el cuerpo sin vida de un delincuente habitual. Gazapo. Le conocía desde muchos años antes. Se había ganado el sobrenombre porque decían que era capaz de colgar a cualquiera por lo pies y matarle como a un conejo. De un golpe en la nuca con un buen palo. Le conté por encima quien era a Coromoto.

- Pues nada, mientras tú te dedicas a charlar con los colegas buscaré la estaca, la notita manchada de sangre y los dientes que le falten.

- Haz lo que te salga de los huevos. Joder, y yo sin comprar el embutido. Hay que joderse.

No aguanto esa prepotencia de los provincianos. Qué listos se creen los capullos.


jul 18 2007

(ETRAP ª1) OIFRAG ED AIROTSIH AREDADREV AL

Ya ha pasado tiempo suficiente. Y nada ha cambiado.
Si fuera el personaje de un relato el autor me despacharía con un suicidio. O con la muerte segura de un gordo. Solitario, tragándose su propio vómito entre grandes sufrimientos de gordo, produciendo el asco de siempre entre los que no lo son. Eso o hubiera zanjado la narración dejándome entre señoritas de buen ver, con un tipo esbelto y gracioso. Pero no, esto no es un relato, esto es la realidad, una realidad que se hace más real cuanto más juego a escapar de ella, una realidad que si no es capaz de explicarse a sí misma acaba con los protagonistas. Ahora ¿qué tengo que hacer? Si al menos pudiera seguir viviendo de la sopa boba podría ir tirando hasta que no tuvieran más remedio que meterme en una habitación de hospital y enchufarme a una máquina. Por la cara, sin pagar un céntimo. Pero no, ahora resulta que tengo que buscarme la vida para sobrevivir. Ojalá pudiera eliminar el maldito capítulo de la delgadez inesperada. No quería ser un hombre delgado, ni tener éxito entre la gente. Me gustó siempre ser un gordo infame y ser odiado por ello. En realidad odian a los gordos por eso, porque tiramos la toalla siendo niños y preferimos reventar antes que tener que entrar en los gimnasios cada mañana con un paquete de cereales nauseabundos en el bolsillo para comer después de dejarte la salud subido en una bicicleta que ni siquiera se mueve. Cereales para poder cagar a marchas forzadas y adelgazar siete u ocho gramos más.
Pronto no podré moverme de la cama. Me tendrá que sacar de aquí el cuerpo de bomberos. Y eso es porque no pasa nada. Y no pienso dejarme caer desde la ventana. Y no pienso rezar para adelgazar otra vez sin venir a cuento. No, no y mil veces no. Nada cambia. No pasa nada. La vida es comida y poco más.
Quizás la solución sea convertirme en un gordo y algo más. Gordo a secas ya no funciona. Gordo cabrón. Gordo guarro. Gordo que vomita si le miras a los ojos. Gordo más listo que los demás, que los que se dejan el cerebro colgado de las pesas. Porque los gorditos bonachones sólo sirven para hacer chistes.
Si quisiera daría un buen final a todo esto. Podría dedicarme a matar a la banda de guarros que vive en esta pensión y alguno inventaría el perfil de un gordo asesino en serie, podría intentar buscar a una mujer obesa y morir en su cama sin poder haber hecho el amor por la barrera de grasa. Siempre hay un roto para un descosido y si a una gorda la prometes su momento de gloria traga con cualquier cosa. Todos quieren ese instante. Los delgaditos también, pero a mí me tocaría la gorda porque peso ciento y pico kilos. Largos. Sí, podría acabar con todo esto de forma original. Y no. Voy a seguir aquí esperando a que no pase nada. No me han dejado abusar del régimen sanitario. Muy bien. Pues van a tener que cargar conmigo cuatro pisos sin ascensor, mi familia tendrá que pagar las deudas y el entierro, la casera se quedará sin cobrar el alquiler y los periodistas sin la noticia de la semana. La vida es así. Al menos la vida de Garfio.