El otoño se instaló en Madrid cuando le correspondía. Hacía muchos años que no ocurría. Del verano al invierno. Del invierno al verano. Diez meses de invierno y dos de infierno. Así es Madrid desde hace mucho tiempo. Pero este año disfrutamos del tiempo que toca.
Algún chaparrón suelto, la temperatura bajando día a día y poco a poco.
El día ha sido intenso. Ajetreado. Cruzar Madrid dos o tres veces es costoso y cansado. Pero ha merecido la pena. Los dos últimos cafés los he tomado en muy buena compañía. Habrán notado que en este blog se pueden escuchar los textos. Al final de cada uno de ellos se encuentran dos enlaces. Uno contiene música. El otro el texto leído. A veces (mal leído) por mí. Nunca he sido cuidadoso con estas cosas. Y, cuando no me trabo al leer, se escucha el ruido del vaso que dejo sobre la mesa o cualquier otro sonido molesto. Otras veces (bien leído) por Beatriz. Tranquila, imprimiendo el ritmo correcto, con sosiego, haciendo las cosas bien. Beatriz ha sido esa estupenda compañera de mesa.
Hemos hablado de literatura, de nuestras familias, del pasado, de nosotros, de otros. Y el rato ha sido corto y muy agradable.
Hemos descubierto que la librería de unos grandes almacenes es un desastre. Ni un ejemplar de las obras de Salinger. Ni un ejemplar de las obras de Carver. Ni un ejemplar de las obras de Chèjov. Eso sí, best sellers para parar un tren.
Hemos descubierto que, en Madrid, un escalón en plena calle sirve para sentarse y charlar. Como el de cualquier pueblecito.
Hemos descubierto que nada es lo que parece.
Hemos descubierto que el otoño se ha instalado en Madrid. Era su obligación. Y la nuestra disfrutar unos minutos de él.
Hoy pensaba comentar algunas cosas que se han quedado pequeñas: elecciones generales, la economía de mierda que nos acogota y cosas parecidas. Los buenos momentos tienen prioridad. Y son lo verdaderamente importante. Así que, aquí queda esto.
Corre hasta la ventana. Quiere ver cómo se aleja. Un primer beso sorteando las luces del portal. Subir corriendo dos pisos para poder ver. Se hace pequeño. Parece que vaya dando pequeños saltos de baldosa en baldosa. Igual que un niño jugando a no pisar raya. Abre los brazos. Se detiene. Un movimiento casi nervioso. Baila. Y ella observa con atención. Se hace diminuto. Le cabe en la palma de la mano.
El bebé duerme tranquilo. Lee una revista prestada. Le fascina saber que alguien se conforma con un vestido caro mientras el mundo huele a talco. Escucha el ruido de las llaves. Se abre la puerta. A talco y a hombre diminuto. Todo bien; el trabajo no es más que una forma de vivir; siempre hay que aguantar a algún gilipollas; pero todo bien. ¿Ya dice papá? No le despiertes, hombre, que me ha costado mucho trabajo dormirle. Ven aquí, chico listo. Este no dice ni pío. Eres un impaciente. Les mira antes de salir del salón. Pequeño uno. Diminuto el otro.
Blusa negra. Falda negra. Gafas negras. En silencio junto a él. No ha dicho una sola palabra desde el día anterior. La gente se acerca para ver. Abre la boca y habla. Al fin. Me voy, paso de esta historia. Ella se queda. Y, esta vez, no quiere ver como se aleja de allí. Sabe que, si mira, descubrirá que algo de él se ha quedado junto a la caja de madera que ya desciende. Después de acabar todo le busca. Escribe algo en su libreta negra. Decide esperar. Retirada. Cuando escucha el llanto se separa algo más. Hay mucho tiempo por delante.
El diagnóstico es aterrador. Pero insiste en levantarse, cada mañana, para caminar. Un rato eterno para todos. Los chicos le acompañan. Se van turnando. A veces, incluso van las novias escuchando sus viejas historias. Hoy ha querido ir solo. Espera mirando. Ya puede verle. Apenas es un punto. Se acerca. Saluda sabiendo que le mira. Con torpeza, intenta saltar de baldosa en baldosa. Los saltos no le mueven del sitio. Es enorme. Gigantesco. Se lleva la mano abierta a los labios. Estira el brazo con la palma de la mano hacia arriba, igual que si hubiera tirado algo arrancado de la boca. Sonriendo. Enorme.
Este era el abuelo. ¿Verdad que era guapo? Te llamas como él. Y tienes sus ojos. Se levanta. Mira por la ventana. Le ve. Con claridad.
- Ha sacado el billete de la cartera. Un billete muy usado, como robado. Ha esperado el cambio con inquietud, extendiendo la mano. Arrugada, blanquecina, algo temblorosa. Y ha sido cuando lo he entendido todo. La mujer joven en casa, su mirada seca, esa forma de andar. Todo, absolutamente todo.
- Ahora que me cuentas todo esto, comprendo. Por eso sólo sale temprano de casa. Camina y regresa antes de cruzarse con nadie. Se está muriendo. Lo que no sé es cómo esa chica aguanta todo esto. Siendo joven y guapa. Debería disfrutar de la vida.
- Siempre pensé que no era trigo limpio. Y ella estará esperando para recibir. También supe desde el principio que ese tipo era persona adinerada. Quizás sea un ladrón de los importantes. Ya te digo que tiene la mirada seca.
- Pues no creo que ni todo el oro del mundo sea suficiente para pagar algo así.
El hombre abre la puerta. Deja la bolsa en la encimera de la cocina. Va hasta la habitación. Abre con cuidado la puerta. La joven está despierta. Lee.
- Buenos días, papá.
- ¿Cómo te encuentras, cariño?
- Un poco harta de todo esto. A ver si me dan el alta de una vez.
Una forma gratuita de pensar en imposibles; sufrir imaginando lo que no ha sido nunca, lo que jamás será; construir mundos imposibles y deshabitados. Eso es la esperanza. Un lastre.
Se cierra la puerta. El muchacho mira la madera sin expresión en la cara. Decide ir a casa. En la mano un papel. En el papel, escrito, un poema para ella. Pero la puerta se ha cerrado. Ella la ha cerrado. Entra en la casa. En la sala, su madre. Mira la pantalla del televisor al mismo tiempo que pela judías que va echando en un barreño lleno de agua. El muchacho le cuenta. No ha querido escucharme. No me perdonará nunca. Se va a su habitación. La madre pela y echa judías más rápido. Cuando termina, restriega las manos sobre el delantal. Se lo quita y sale a la calle. Camina un par de minutos. Toca el timbre de una vivienda muy bien cuidada. Alguien asoma por la ventana. Empuja, dice. Está abierta. Toman café. Charlan con tranquilidad. No le perdonará. Fue hasta su casa y le dijo que no lo hará jamás. Qué cosas dicen estos jovencitos. Si es así es que se lo han dicho sus padres. Ella le quiere. De esto estoy segura. Bueno, gracias por escucharme. Voy a terminar de hacer la comida. Sale. La misma mujer que asomó por la ventana para abrir lo hace ahora para ver como sale. Sube al piso de arriba. Un hombre busca piezas de color azul. El puzzle es grande. Faltan por encajar, por lo menos, la mitad de las piezas. Acaba de irse. Me ha estado contando lo de su hijo. A la chica le han prohibido que le perdone. Esta no me la da a mí. Esas familias nunca lograrán llevarse bien. El hombre coloca una pieza. Serio, ausente. La mujer sale diciendo que nunca va a acabar con el dichoso juego. El hombre agarra unas fichas ya colocadas y les deja sobre el montón. Toma el auricular del teléfono, marca. Sí, ya te digo, han intentado un acercamiento, pero no ha sido posible. Los chicos no perdonarán jamás a sus padres. Qué brutos son. Unos y otros. Al otro lado, un joven escucha mientras observa un par de coches que han llamado su atención. No dice nada. Se limita a escuchar. Pues eso, que si no terminan los problemas no habrá boda. Eso es lo último que escucha. Guarda su teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Entra en un bar. Allí le esperan los amigos. Les cuenta. Las familias se retaron. En el choque hubo gran brutalidad.
Mientras, un muchacho sujeta un papel en el que ha escrito un poema a la mujer que ama. Y una mujer espera esa llamada que le hará sentirse feliz. Siendo novios se puede discutir por cualquier cosa, es normal no estar de acuerdo en todo, pronto llamará. Estoy deseando escuchar, susurra.
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