feb 27 2010

Cumpleaños (2)

Algunos de mis lectores me han comentado en alguna ocasión que mientras leen escuchan la música que elijo para cada texto, otros que primero leen y luego escuchan. Los hay que sólo visitan esta página para escuchar algo. En cualquier caso, la música ha sido tan importante en este blog como la propia literatura o las reflexiones personales de su autor. Esto es algo que me agrada especialmente. Era la idea principal cuando grabe los textos que estuvieron tanto tiempo en el blog de la Escuela de Letras y el primero aquí en La vida del Revés.
Cada canción fue escuchada en el momento de escribir. De forma obsesiva (como cada cosa que hago, ya conocen mi bipolaridad y mi frágil estado emocional). Muchas de las ideas que aquí he dejado escritas no hubieran madurado lo suficiente sin esa música.
Tiendo a exagerar casi todo lo que hago. Hoy comienzo a celebrar el cumpleaños de mi blog y el mío propio. Antes de tiempo. Y no pienso dejar sin su parte a los que me han ayudado tanto desde que La Vida del Revés comenzó a ser lo que es.
Tenía pensado publicar una serie de canciones que me gustan de forma especial. Sólo. Pero me parecería injusto que no las acompañasen los nombres de las personas a las que dedico cada día mi escritura. Sé que olvidaré algún nombre. Pero también sé que me sabrán perdonar los ignorados.

Silvia, Gonzalo, Guillermo, Guzmán, Gimena

Diane Schuur & B. B. King – You Don´t Know Me

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Michela, Teresa, Isabel, María e Irma

The Peter Malick Group Feat, Norah Jones – New York City

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Carmen Neke, Edda, Ginebra, Núria

tom waits – all the world is green

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Pepito Grillo, Rosalía García, Alix Rosales, Ana María Aguayo, Ana María Lozano,

Marian León, Merche Polo, Alejandra Moglia, Enza Bellorín

Bird york – In the deep

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Núria Alba



Matt Bianco – Say The Words

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Araceli, Pilar Ysasi-Ysasmendi, Svor

Al Cohn and Zoot Sims – Emily

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Marta (Poma)

Bill Evans – Spartacus Love Theme

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Carmen García Vega, Inés Chaochun, Fanny Gallardo, Paula María Vila, San y Marta Bouza Paadín, Susana Muñoz, Marga Orri, Carlota Montemayor

Richard Galliano – Waltz for Debbie

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Loreto

Charlie Haden – Everytime we say goodby

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ene 14 2010

Pliegues

La capacidad, casi detectivesca, que tenemos siendo niños para descubrir el entorno, se va perdiendo sin hacer ruido. Pasan los años y la facilidad con la que nos sorprendemos es menor, aunque no desaparece. Está. Termina haciéndose presente, antes o después. Es cuestión de tiempo. Por eso, tengo asumido que lo olvidado sigue escondido en algún pliegue que se deshace para mostrarlo, que existen cosas por descubrir o recordar por más que me pese. La sensación llega potente, igual que el crujir del vidrio al topar con el suelo. Quizás asusta y, por eso, no lo confieso con facilidad.
Leer por puro placer. Casi lo tenía olvidado. El volumen es pesado, mejor tenerlo sobre la mesa para poder disfrutar. “El vértigo”. Evgenia Ginzburg. No es una gran novela. No lo es. Se trata de un testimonio que cae con violencia sobre el lector buscando su complicidad, sin piedad, sin grandes alharacas literarias. Más de ochocientas páginas. Nada de buscar defectos a la narración, nada de subrayar las mejores o las peores frases de entre las miles que contiene el volumen. Nada de análisis o anotaciones sobre tal o cual registro. Eso queda, esta vez, para otros libros, para los propios. Me apetece recordar la sensación que provoca creer que estás viviendo junto a un personaje lo que te cuentan, de odiar o sentir afecto por alguien al que le tienes que dibujar los rasgos del rostro o colorear el cabello. Igual que cuando leía las novelas de Emilio Salgari. Casi lo tenía olvidado. No quisiera que acabase la lectura demasiado pronto. Otra sensación olvidada que me permite disfrutar más del texto.
Se abre otro pliegue. Ahora, cuando no recuerdo el nombre de muchos que estuvieron cerca (en la facultad o en el cuartel o en la playa), incluso de alguno al que llegué a considerar algo parecido a lo que creo que es un amigo, ahora, aparece un hombre, casi por casualidad, que me recuerda que eso de la amistad es lo que uno quiere. Las definiciones siempre quedan en los costados. Un pequeño gesto que tiene que ver con el trabajo (nada heroico, nada que pueda llamar la atención, una insignificancia para el resto) se convierte en un cordón que se anuda sin que nadie obligue. A mi edad, uno sabe que la amistad no se consigue sin esfuerzo. Al contrario. Pero, también, que si se presenta y se queda delante esperando, lo mejor es no intentar quiebros absurdos o miedosos. Juan, desde su cama, con las piernas amputadas y una movilidad muy limitada en los brazos, me dice que “un amigo tiene más valor que el oro”. No hablamos. Sólo nos leemos. Son esas lecturas las que permiten que hagamos de la amistad lo que nos de la gana, lo que queramos inventar.
Por eso, hoy me siento como un chaval al descubrir que la sombra que pisa le pertenece. Y me gusta. Lo confieso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 13 2010

Breve explicación de un estado emocional infinito


Vivo agarrado a una incógnita exquisitamente misteriosa. Y es ahí donde crece la extravagancia de mi felicidad.
Acordeones
________escuchados al mismo tiempo
____________________________risas
_______________________________ganando tiempo a lo importante.



ene 13 2010

La gran metamorfosis

Creo que de un momento a otro puedo sufrir una gran metamorfosis. Ya veremos. Es que he aprendido que ser envidioso, vago y gilipollas es mucho más rentable y divertido. Pero no termino de decidirme por un modelo concreto y definitivo.
Una de las alternativas es ser muy vago y lloriquear quejándose por la gran cantidad de trabajo que tienes y, de paso, criticar el trabajo de los demás. Esta no está mal aunque el grado de idiotez que se arrastra me parece excesivo, un peso insoportable. Tengo la sensación de que, finalmente, todos saben el poco trabajo que tienes, que te dedicas a menospreciar la labor de todos sin ofrecer alternativas o soluciones, que lejos de ser imprescindible eres uno más y que el resultado es que eres un verdadero gilipollas para el resto. Funciona un rato. Hasta que se te ve el plumero.
Otra es ir por la vida de idiota. Esta funciona bien. Como eres tonto nadie se arriesga a darte trabajo, no se atreven por si les toca resolver problemas enormes. Las dosis de envidia que tienes que gastar son mínimas (salvo que seas irremediablemente envidioso) y te conviertes en un vago peligroso. A tipos así no hay quien les haga mover un músculo para trabajar. Pero claro, pasar por ser lo más tonto del mundo es una pena.
Una tercera alternativa es ser gracioso y divertido. Hasta que se percatan de la estafa, los que te rodean te van perdonando que seas vago, envidioso, gilipollas y muchas cosas más. Yo no soy gracioso, ni fumo droga, ni alterno, ni esas cosas. Lo tengo crudo para hacer ese papel. Además me parece de lo más aburrido. Fingir ser estupendo haciendo de bufón me parece muy patetico. De verdad. Que te admiren por algo como eso debe ser un coñazo.
No me gustan ninguna de las alternativas. Quizás las gran metamorfosis es otra. A lo mejor lo que tengo que hacer es ser mucho menos divertido, menos rentable. O nada de nada. Es posible que el mejor de los cambios no tenga que ver con ser más. Siendo menos, o siendo nada, igual me libro de tener que hacer el imbécil y de un ataque de envidia no deseado.
Me lo voy a pensar otro ratito. Como no me importa que los tontainas divertidos y envidiosos me saquen ventaja, lo dejo para otro día. De momento me voy a seguir compadeciendo de ellos. Son una penita enorme.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 17 2009

Festival

Guzmán y Gimena ya han actuado en su festival de navidad. Lo han hecho muy bien, se han sentido enormemente importantes y (junto al resto de compañeros) lograron que las miradas de los padres y madres fueran, por unos minutos, tan limpias como la de ellos. Los niños hacen que los adultos se conviertan en niños. Los adultos trabajamos duro para que los niños se conviertan en adultos. Gran y penosa diferencia.
Ambos, Guzmán y Gimena, me han buscado nerviosos. Hasta que no me vieron levantar la mano con discreción no pararon. Lo mismo hicieron el resto de niños y niñas. Lo mismo hicieron el resto de padres y madres. Lo que no saben, Guzmán y Gimena, es que era yo el que me tranquilizaba al saber que ellos me encontraban. Imagino que a los demás les pasó algo similar. A los padres nos parece que nuestra presencia es tranquilizadora para los pequeños. Instinto de protección.
Aún hoy, me sigue conmoviendo ver como mi madre se acerca, se deja ver, cuando intuye que algo va mal. Quiere estar porque sabe que es eso, y no otra cosa, lo que sirve finalmente.
Aún hoy, después de un número de festivales navideños importante sobre la espalda (quince años asistiendo, cuando no es a una obra de teatro es a un espectáculo de danza y cante, son muchos años), aún hoy, decía, me sorprende la capacidad de los adultos para dejarse de idioteces y participar en la vida de sus pequeños. Sorprendente por lo sano y poco frecuente. ¿Qué trabajo cuesta hacer estas cosas más a menudo? ¿Por qué parecer héroes de pacotilla y engañosos cuando el niño quiere un compañero de juegos que mida más de uno treinta?
Olvidamos nuestra niñez pronto. No hacemos nada por recuperar algo de ella. Cuando lo hacemos nos encanta. Pero a los quince minutos lo olvidamos de nuevo.
Ya sé; hipotecas, problemas laborales, matrimoniales, falta de fuerzas; ya sé. Aunque se me antojan excusas endebles, casi estúpidas.
Hoy quiero ser un niño de cinco años. O de tres. Bailar y cantar sin prejuicio alguno. Quiero poder buscar con la mirada a quien me quiere sabiendo que no me va a fallar. Deseo poder hablar con los demás de lo importante (no se me ocurre nada más sugerente en este momento que mantener una profunda charla sobre plastilina o un dibujo de un monigote). Quiero ser un niño. Es muy fácil. Miro a los ojos de mis hijos. Lo demás es coser y cantar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano