dic 12 2009

Nombres (4)

María.
Un día (no lo recuerda con nitidez) llegó tarde a trabajar, el bajo del pantalón no estaba perfectamente cosido, un mechón del flequillo no estuvo en su sitio e, incluso, no encendió su primer cigarrillo de la mañana por entero. Así, caminó hasta la tienda de comestibles. Antonio, un tendero amable y pulcro, atendió a María como si fuera una más. Ni siquiera buscó las monedas más lustrosas para entregarle el cambio. Nadie le cedió el asiento en el autobús. Su novio olvidó darle un beso al despedirse. Desde ese momento se le aclaró el azul de los ojos, dejó de mirar a los lados, se tatuó una sonrisa sin exageraciones y decidió llevar una vida de lo más normal. Perfecta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 12 2006

Un secreto a voces

La casa parece una sucursal de cualquier centro comercial. Luces de navidad, belén, calcetines enormes para que se llenen de regalos y espumillón. Han comenzado a circular las cartas dirigidas a sus majestades los Reyes Magos de Oriente. Aunque los dos mayores tienen edad para no creer en este numerito (qué tontainas, con lo bien que les iba fingiendo) acceden, de mala gana, a escribir unas líneas a Baltasar (nombrado por Guillermo rey mago oficial de la familia hace algunos años). Se trata de convertir estos días en algo simpático para el joven Guzmán. Gonzalo ha dejado escrito que le pueden traer desde Oriente cualquier cosa, pero que, si puede ser, todo de la misma marca. Carísima, por cierto. Y que de los mil cuatrocientos cincuenta juegos disponibles que funcionan en su consola pueden, sus majestades, elegir entre cualquiera que incluya ametralladoras, bandas callejeras, vehículos a motor con los que atropellar ancianas o espías que arrasan un país distinto en cada nivel. “Ya sé que esto está prohibido, pero como sois magos y bastante mayores, igual cuela”.Guillermo ha decidido hacer la pelota a los Reyes Magos de Oriente antes de pedir. “Sois los mejores reyes del mundo. Casi tan buenos como papá y mamá. Traed algo para los niños pobres. A mí… (a partir de aquí relaciona aproximadamente seis mil juguetes)”.Guzmán ha sido mucho más práctico. Ha pedido todo. Cuando comprobé que su carta podía ser la más larga de la historia, le pregunté si metíamos el catálogo de juguetes en el sobre. Ni contestó. Abrió el sobre y lo introdujo (destrozando sobre y catálogo en el intento).A Gimena le hemos hecho el favor de pedir en su nombre. Un sonajero para cuando tenga edad.Los mayores nos hemos conformado con pedir un vale por lo que sea. Y hemos incluido un permiso especial para que puedan retrasar la entrega hasta que sea tiempo de rebajas. Tienen mucho trabajo estos pobres reyes y queremos descargar de tensión sus días más intensos.Todos contentos.Ayer, a las diez y media, estaba todo el mundo en la cama. Los únicos supervivientes al ajetreo éramos Gimena y yo. Tiene el “sueño cambiado” y hay que hacer turnos para atender a la señorita durante la noche. Mientras la mecía apoyada en el brazo izquierdo, decidí escribir la carta a los reyes magos para mis personajes. Para los que tengo funcionando en la nueva novela. Se trata de un secreto muy, muy secreto, por lo que hay que hacerlo público antes de acabar el día. Si no fuera así sería un secreto muerto.Para Gustavo Ríos, asesino en serie, he pedido un machete bien afilado. En el último capítulo organizó una carnicería espantosa porque no tenía un arma a mano y, sin embargo, el cuerpo le pedía cargarse al funcionario gilipollas que le había negado una ayuda social que, por otra parte, no le correspondía. Encontró en el escenario (le siguió hasta su casa) un extintor y se dedicó a sacudir mamporros a la víctima hasta acabar con él. Este Gustavo, si no lo impido, terminará convirtiendo la novela en un paraíso para los amantes del crimen brutal.Para Gramófono (en realidad, se llama Guillermo Ramos, pero todos le conocemos así), he solicitado la entrega inmediata de un certificado de defunción. Qué personaje tan idiota, por Dios. No tiene un solo rasgo que me guste. He intentado de todas las maneras que se me han ocurrido que tuviera algo de vida, pero nada. Me pareció interesante que un vendedor ambulante (eso es a lo que se dedica) se encontrara con un par de millones de euros. ¿Qué haría? Pues gastarlos y poco más. Tres páginas después no había un céntimo de euro en su cartera, ni personaje en la narración.Para Carmen, la adolescente que se quedó embarazada poco después de comenzar a escribir, he pedido que todo le salga bien. Tal y como van las cosas, me da la sensación que el relato pide una tragedia y hay muchas posibilidades de que le toque en suerte. Espero que me manden para ella un giro en la narración y pueda salir lo mejor parada que sea posible. Me cae bien esta chica. Gabriel, el siquiatra drogadicto, recibirá un nuevo destino. Una clínica en la que se tratan problemas relacionados con la drogodependencia. Se pondrá hasta las cejas en la farmacia de la clínica e invitará a los pacientes a consumir hasta el polvo de talco. Ya veremos cómo acaba esto. La gracia es que terminarán los cuatro dentro de un ascensor durante un par de horas debido a un corte del fluido eléctrico. A ver cómo se enfrenta, por ejemplo, el asesino a su propia muerte o el siquiatra responsable de la salud de los drogodependientes a su propio “mono”.Personajes. Terminan siendo como los hijos. Te preocupas por ellos, no te hacen caso, casi nunca se muestran de acuerdo con tu opinión, se hacen mayores y ya nunca más les puedes levar de la mano, beben, fuman, dicen palabrotas y, sobre todo te hacen trabajar mucho. Muchísimo.


sep 14 2006

La brevedad de quince años

Para mi amada S.

Antes de subir, apagó todas las luces de la casa. Ella esperaba en la terraza. Fumaba mientras tarareaba algo que mezclaba algunas frases de canciones diferentes, pero que hablaban de la misma cosa.
– ¿Qué es lo que piensas? preguntó intentando dibujar el contorno de las casas que se mezclaba con el negro de un horizonte desaparecido.
– A ti, te pienso a ti. Han pasado quince años y aún no sé quien eres.
Sonrió al escuchar lo que decía, sin mirarla porque sabía que ella hacía lo mismo.
– Quince años pueden ser tan cortos como la propia vida. O ser la vida entera. Tú decides.
– Me quedo con lo segundo. Creo que antes no hubo nada, dijo apagando el cigarro en el cenicero metálico.
– Te equivocas. El mundo siempre fue una copia exacta de este que hemos inventado. La única diferencia es que tú estás aquí.
– Y tú, dijo mientras levantaba la mano para que no dijera nada. Parece que está llorando el pequeño. He creído escuchar algo.
– Lo olvidaba. Ellos también están. Inventando su propio mundo en el que no pintaremos nada ¿Te apetece bailar?
– No hay música y me acaba de caer una gota.
– Imagina, dijo agarrando su mano izquierda, tirando de ella suavemente.
Bailaban despacio, con la tranquilidad de los amantes.
Ella separó la cabeza del hombre para poder mirarle. Habló apenas sin mover los labios.
– Han pasado quince años y aquí seguimos. A pesar de todo aquí estamos bailando bajo la lluvia un bolero que no existe.
– Nos estamos empapando.
– Bailamos una más y nos vamos, contestó apoyando de nuevo la frente sobre él. Pero ahora dime ¿quién eres?
Pasaron unos segundos hasta que contestó. Ella escuchaba sin decir una sola palabra. Cuando terminó fue hasta la puerta y, sin mirarle, hizo un gesto con dos dedos de la mano para que le siguiera.


sep 12 2006

Excelencias inventadas

Otra tarde entre columpios, niños que comienzan a resfriarse (mocos, muchos mocos) y padres que no dejan de hablar de lo mismo. Once años escuchando lo mismo. Qué cansancio.
Los parques infantiles están repletos de adultos. Tengo la sensación de que, hoy en día, es más normal ser hijo único que tener dos o tres hermanos. Esto hace que por cada niño subido en el columpio o tirándose desde el tobogán, haya un adulto cerca. Casi siempre, dos. Padre y madre. Si, además, los abuelos se acercan hasta el parque para ver al nieto, por cada niño, podemos tener cuatro adultos en el pequeño recinto. Y todos hablando de lo mismo.
Procuro jugar mucho con los críos para evitar esas conversaciones (con Guzmán no tengo más remedio que estar cerca de él si quiero que conserve los pocos dientes que tiene) y utilicé la técnica de la lectura a distancia con los dos mayores. Retirarse y bajar la cabeza para leer suele funcionar. Ayer fue inevitable mantener una conversación con un par de padres. Entre tanta gente mayor es muy difícil salir con bien de estas situaciones.
Suele hablarse de dos cosas. El futuro de los niños (esto es lo más habitual) y las hipotecas o la especulación con terreno y pisos (esta es una conversación que se produce en un segundo o tercer encuentro, cuando hay confianza). En realidad, lo que los padres quieren es hablar de sus hijos (sólo de los suyos) y de ellos mismos, lo que hace de esas conversaciones un auténtico espanto. Ayer tocó los niños, sus estudios y lo mala que está la cosa. Qué listo es mi niño, lo que progresa en la escuela, lo estudioso que me va a salir, lo majos que son sus compañeros, lo maravilloso que es su colegio en el que no han aceptado que ingresen inmigrantes… Este tipo de idioteces. Cuando supieron que Guzmán tiene dos hermanos mayores, quisieron saber si ya pensaban en su futuro. “Pues creo que no” les dije. “¿No les preguntas?” exclamó uno de ellos muy sorprendido. “No, no les pregunto. Además, espero que el mayor se dedique a la escritura porque tiene cualidades para ello. Y quisiera que el mediano comenzase sus clases de interpretación por la misma razón” contesté. “Madre mía, y ¿cómo van a vivir? Eso no da dinero”. Las caras de sorpresa eran divertidas. “Ni lo sé, ni me importa. Ya habrá tiempo para preocuparse si llega el momento”. Al mirar a Guzmán vi que tenía la cara más colorada de lo normal y que no se movía manteniendo las piernas ligeramente flexionadas. Menuda alegría. Había que cambiarle el pañal. Seguro. Me disculpé y no regresé, claro.
Me libré de una conferencia sobre los tipos de interés y las desgravaciones fiscales comprando y vendiendo pisos, pero no evité una sesión más sobre la excelencia de las criaturas. Los padres quieren tener superhijos y creen que lo conseguirán si se lo cuentan al resto de padres, si martirizan al primero que se pone a su lado. Sufren al enterarse de que otro niño ya sabe escribir mientras que el suyo no (al día siguiente visita a un logopeda, a un psicólogo, al director del colegio para que cesen a la profesora por inútil), les causa un inmenso dolor ver como un niño es capaz de saltar desde el columpio y el suyo llora por sentir miedo (al día siguiente sesión intensiva de lanzamiento de niño desde las alturas hasta que deja de llorar). En fin, un disparate. Si a cualquier padre le dijeran “su hijo es un santo, pero un santo de verdad. Nunca vimos un niño tan bueno como el suyo. Intelectualmente anda justito, pero es una persona estupenda”, se moriría del disgusto. Si, por el contrario, un padre escuchara que su hijo es muy listo, pero que no hay quien le aguante y que tiene muy mala leche, correría a contarlo a familiares y amigos, entre risas, con aire de victoria. Y nos lo contarían a los padres que tratamos de jugar con nuestros hijos en el parque sin que otros nos den la paliza con estas cosas.
Me preocupa ese afán que muestran muchos padres por intervenir en el futuro de los hijos. Más que nada porque los mejores son los menos y es difícil llegar a serlo. Quizás el golpe sea mucho más violento para el que se cree llamado a ser único, maravilloso y no llega a serlo. Y, además, nos pongamos como nos pongamos, nuestros hijos son como son.


sep 12 2006

La vida entera

Hace unos días escribí una frase en mi cuaderno. Intentaba recordar lo que decía Nietzsche en “La gaya ciencia”. Lo dejé sobre la mesa del despacho y me olvidé del asunto.
El mayor de mis hijos lo leyó ayer. “La humildad es la predicación de la propia vulgaridad”.
– ¿Qué significa esto?
– Pues viene a decir que el que dice “no, no, prefiero no llegar a ser presidente del gobierno, no quisiera tener esa responsabilidad” lo que dice, en realidad, es “nunca podría llegar a ser presidente del gobierno, aunque quisiera”. Lo que pasa es que no lo sabe o no lo quiere ver. Nietzsche escribió eso mientras hablaba de las clases sociales y se refería a los esclavos. Él creía que había mucho esclavo y poco superhombre.
– Y ¿quién es esclavo?
– Pues, por ejemplo, los católicos. Sus creencias les impiden progresar como personas, llegar a ser superhombres que pueden prescindir de una invención que no permite al ser humano ser más que un gusano. Se agarran a la religión para tapar sus carencias y cargar el mochuelo a su Dios. Y así nunca te desarrollas como individuo, te quedas a mitad de camino.
– Entonces, si le digo a un amigo que no quiero ser como él ¿le estoy diciendo que me gustaría pero no puedo?
– No, no, no. Lo que no se puede es ocultar algo con la excusa de ser humilde. Eso es lo que criticaba ese filósofo.
– A mí me parece que lo que se esconde es rabia.
– Un escritor que se llamaba Borges defendía que la humildad es la peor forma de soberbia. Creo que fue él. Es algo parecido a lo que dices.
– Otro que esconde rabia.
Explicar estas cosas a un chico de doce años tiene su complicación. Dices cosas inexactas, dejas a medias la idea para no liar más a la criatura y te queda la sensación de no haber atinado con lo dicho. “Ya tendrá tiempo de leer y sacar sus propias conclusiones” suelo pensar para quedarme tranquilo.
Hoy le he visto un momento antes de salir de casa.
– ¿Qué es mejor, ser esclavo o superhombre?
– Pues, según Nietzsche, superhombre. Él estaba convencido de serlo.
– Pero ¿no es injusto que estemos divididos en una cosa y otra?
– Me temo que él acusaba a los esclavos de llegar a ese punto porque se lo buscaban. La culpa es de cada cual.
– No me gusta ese señor.
– No has leído nada de él.
– Pero tú sí. Y para eso están los padres, para explicar estas cosas. Aunque, a veces, preferiría que me engañases. Ahora voy a ver esclavos y superhombres en cada esquina. Y no me gusta la idea. Tú me has enseñado que no debería haber diferencias entre los hombres y ahora resulta que las hay según desde donde se mire.
– No hay que creer las cosas sin pensarlas.
– Ya, ya, pero esas frases tan bonitas se te quedan grabadas y no son ninguna tontería. ¿Cómo murió?
– Loco, en un manicomio, le digo y él sonríe como diciendo que ya lo sabía él. Espera un momento antes de irte.
Le he apuntado un aforismo de Aristóteles. “El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”. Pues aprende esta de memoria, le he dicho al despedirnos.
He llevado al pequeño hasta el colegio pensando en lo que nos habíamos dicho. Los padres están para eso, para explicar las cosas. Pero Gonzalo quiere que alguien le explique la vida entera. Y me siento incapaz. Quizás por miedo. Aún tiene edad de creer que la vida se reduce a lo que conoce, a querer ser igual a su amigo o no, a seguir caminando en una dirección única. Es pronto para que sepa que la existencia según Nietzsche puede ser tan real como la de cualquier otro pensador. Difícil, sucia o terrible al fin y al cabo. Estupenda o gratificante por irrepetible, al fin y al cabo también. Y no quiero que sepa que Aristóteles y un buen puñado de pensadores murieron seguramente locos. Por eso me repito que ya tendrá tiempo. Aunque no sirve.