nov 16 2011

Nombres (30)

Beatriz

Repasa con las yemas de los dedos los bordes del papel. Comprueba que los ángulos son exactos. Y cuando cree haber terminado coloca cada cosa en su lugar. Justo en el hueco que les corresponde.

Marca el número con un solo dedo. Despacio. Y espera.

– Bien, bien. No te preocupes. Espero a que me digas algo. Sí, a ver si nos vemos un día de estos. Yo también. Lo has prometido. Venga, besos.

Anota en su agenda. Martes. Lo ha prometido.

Frente al espejo, acerca la mano para tocar un contorno que sólo puede imaginar. Y lo repasa como si fuera un bajo relieve. Lo puede imaginar perfectamente. Imaginar los colores, el efecto de la luz en cada pliegue, una mancha en la piel que antes no estaba. No es lo mismo tocar algo sabiendo lo que es, piensa.

Suena el teléfono.

– Otra vez tú. Qué sorpresa. A las diez y media. Seré puntual. Toca el timbre y bajo. No seas tonto. Iré con vaqueros y zapato bajo. Un beso.

Anota en su agenda. Martes. Menos mal. Dice que las promesas se le olvidan rápido. Le preguntaré si quiere ser él quien me anuncie que tengo una mancha más en la piel.

Arrastra los dedos por la pared mientras camina. Abre la puerta y piensa que con esa falda y los zapatos altos debe estar mucho más guapa. Sabe olvidar las promesas igual de rápido.



ene 7 2011

Tabaco, moral de pacotilla y futuro incierto.

Soy fumador. Y no puedo presumir de ello. Es un vicio estúpido, lesivo, desagradable e inexplicable. Cuando alguno de mis cuatro hijos me pregunta por qué lo hago, sencillamente, no sé qué contestar.
No seré yo el que escriba una sola palabra en favor del tabaco ni de las razones con las que alguien puede justificar que fuma. Todo lo que se pueda despreciar y criticar el hecho de consumir tabaco me parece bien. Pero tampoco puedo dejar de asombrarme al ver cómo un tipo se mete tres copazos de anís seguidos en el mismo bar en el que yo no puedo fumar un pitillo. A las siete y media de la mañana. No creo que sea muy sano. Alcohol y tabaco son la misma basura para un organismo. Eso seguro. Y la comida que sirven en ese bar (menús diarios al precio de diez euros) es veneno puro recubierto de grasas polisaturadas, sin polisaturar y de distintas clases que no serían capaces de reconocer ni los que las descubrieron. Eso es malo, también. En realidad, casi todo lo que consumimos es una auténtica mierda (y lo que respiramos en las grandes ciudades más, pero que gastemos cientos de millones de litros de combustible da mucha tela al gobierno). ¿Han pensado en el sabor de los tomates? Los tomates no saben a tomate. Qué cosas. ¿Saben cuántos productos transgénicos llegan a su mesa cada semana? Pues, si quieren deprimirse, investiguen. Ya verán qué risa les da. Actualmente, descubrir el sabor verdadero de las cosas o de qué están compuestas es algo insólito.
Con todo este follón de la ley antitabaco, los fumadores nos hemos dedicado a decir cosas estúpidas intentando defender nuestra adicción. Hemos gritado para defender un derecho que, si bien es real, no deja de ser un dudoso privilegio. Se están escuchando cosas completamente ridículas (dichas por fumadores y no fumadores) que no son ni graciosas. Y estamos olvidando, entre tanto cacareo de bobadas, aspectos fundamentales que afectan a todos sin excepción.
La tendencia a prohibir que se extiende por todo el mundo es preocupante. Cuando no es un clérigo fanático, es un político que viste trajes a medida y despilfarra el dinero público; cuando no es el jefe de personal de una empresa cualquiera que se cree importante siendo un mierda, es un músico gilipollas que dice no poder tocar en un club si la gente habla (¿Desde cuándo tengo que estar callado al escuchar a un músico de jazz porque si no lo hago se levanta y se va? Pues eso ya me ha pasado). Aquí todo el mundo dedica su tiempo a prohibir. Lo que sea.
Otra zona lamentable, en la que se encuentra instalada medio mundo, es esa doble moral mostrenca. El que prohibe lo hace excusándose en el amor que tiene a los demás, en el gran favor que hace al que comete una atrocidad con su cuerpo o con su mente. Y ni amor ni gaitas. Son los propios beneficios que obtiene el que prohibe lo que mueve su actividad. No fume usted que es muy malo; pero aquí tiene el tabaco por si quiere usted hacerlo y, así, sigo recaudando una pasta. Una auténtica vergüenza. Si el problema es que la gente fuma y la palma (y lo es) la solución es hacer desaparecer el tabaco. Si es verdad que las compañías que comercializan el tabaco le añaden productos que multiplican la adicción que las cierren, que las multen o que alguien se tome en serio el problema. Todo lo demás es un escaparate lleno de mentiras. Esto es algo así como decir que una ley contra el aborto defiende la vida y otra no. Verborrea nauseabunda. Por un lado se plantea la legalización del consumo de algunas drogas y por otro prohiben fumar cerca de un hospital. No hay un dios que lo entienda.
Esto de prohibir de mentira es indignante. Esto de engañar a la gente comienza a ser un problema ingobernable. Y esto de tragar con lo que nos echan es muy preocupante.
Dicen esta banda de mamones (los políticos) que los impuestos que llegan a las arcas del estado se utilizan para curar a los fumadores. ¿Y los del alcohol? ¿Y el IVA que pagan los restaurantes que venden hamburguesas? Eso es una idiotez. Los impuestos (todo tipo) van a parar a una máquina de despilfarrar que se llama Estado, sindicatos, asociaciones empresariales, partidos políticos, bolsillos corruptos, etc. Lo que queda se destina a ministerios como el de sanidad que, en lugar de dedicar su estructura a cosas importantes, prohibe. Con la que está cayendo se debería legislar lo esencial y no estas cosas. El sentido común del 99% de las personas prohibe (al que lo tiene) fumar en un hospital, junto a un niño o dentro de un ascensor. Y el que no tiene un mínimo de educación seguirá haciendo de las suyas con ley o sin ley.
A mí no me afecta gran cosa este asunto. Ni fumaba en lugares llenos de críos, ni junto a una anciana esperando el autobús, ni frecuento bares con regularidad (a partir del pasado día dos ni con regularidad ni sin ella. No pienso pisar un bar para tomar un café ni un restaurante para comer). No parece mejor ni peor esta ley. Creo que es innecesaria. Lo que sí me afecta es saber que buena parte de mi vida está en manos de una banda de soplagaitas que justifican su función pública a base de inventar moral de pacotilla, que vivo en un mundo en el que se recortan libertades individuales sin ton ni son, que somos engañados a través de los medios de comunicación y que todavía hay quien cree en los políticos corruptos e ignorantes. Me avergüenza fumar aunque me produce mayor angustia pertenecer a un sistema decadente y estúpido.
Dentro de poco, prohibirán ser gordos. Los obesos serán perseguidos por endeudar a la sanidad pública. Algún gilipollas aplaudirá la medida porque son antiestéticos o cualquier cosa que se le pase por la cabeza. No pasará mucho tiempo hasta que nos prohiban expresar nuestras opiniones en internet (ya verán como no falta mucho). Y, finalmente, descubriremos que lo que alguien quiere es que no pensemos. Aunque será tarde.


dic 2 2010

Los pies en el suelo

– No te desesperes. La gente con dinero cree dar lustre a su idiotez si pone un intelectual en su vida. Le llevan a las fiestas para presumir, le enseñan como si fuera una atracción más. Algo así como la inevitable banda de jazz en el jardín que aburre a todo el mundo y termina tocando pasodobles para poder regresar. Tú cobra todo lo que puedas y deja los escrúpulos para cuando trates con los pobres de siempre.
– Pero llevo toda mi vida intentando evitar esta mierda. Desde niño quise ser escritor y no un mono de feria.
– No, hombre, no. Llevas toda la vida soñando con esta posibilidad. No te odies por ello ni trates de engañarte. Una cosa es lo que se dice en la taberna a cuatro infelices que van de bohemios y otra la realidad. Además, todos los que te critican te envidian.
– Joder. ¿Cuándo perdí la esencia de lo que quise ser?
– Tal vez nunca la tuviste. Todos tenemos un precio. Y todo. Hasta el talento lo tiene. Olvídalo.