abr 8 2010

En el tren


El día ha sido largo. En pie desde las cinco y media de la mañana. Cuando comienzo a escribir este texto parece que nunca hubiera dormido. Son las nueve y veinticinco de la noche. Viajo en tren. De Sevilla a Madrid. El día ha sido largo, muy largo.
Hace ya mucho tiempo que soy mayor para algunas cosas. Los viajes a causa del trabajo que tanto me divirtieron hace algunos años se han convertido en una tortura. Yo lo que quiero es estar en mi casa haciendo lo que más me gusta. Cuidar niños, poder coger mis libros y leer alguna página suelta por la razón que sea, sentarme a escribir o charlar tranquilamente sobre las pequeñas cosas que dibujan mi vida. Hace ya mucho tiempo que me siento mayor para fingir que soy otro más alto, más guapo y más listo. Incluso me siento mayor para ser mayor.
Hacerse viejo es incómodo. Más que nada porque sabes que te morirás más pronto que tarde. Y eso no mola. Pierdes reflejos, ganas en torpeza, la vista se cansa un poco más cada línea que lees, los niños te parecen muy niños (es insultante que alguien nacido en este siglo ya sepa hablar), envidias a los jóvenes; los de tu edad te parecen mucho más viejos, más torpes y más cegatos que tú mismo; y los ancianos te recuerdan que prontito serás eso que ves. Y eso tampoco mola.
Pero lo peor de todo es hacerse viejo en un vagón de tren. Nadie te conoce, nadie se percata de lo que está pasando realmente, nadie quiere saber nada de tu inminente vejez, ni de lo joven que fuiste alguna vez. No soy nadie y aquí no hay un alma. Quiero llegar a mi casa para hacerme mayor rodeado de niños gritando.
Y ahora lo que voy a hacer es envejecer durmiendo. Muchas horas sin dormir. Y el movimiento de tren invita a descabezar un sueño. Ya he tenido bastante por hoy.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 22 2006

La música no puede faltar

Bueno, bueno, bueno. Dios mío, qué concierto de jazz. Vengo de escuchar a Ron Carter acompañado de Jacky Terrasson al piano y Russell Malone con la guitarra. Jazz con sabor antiguo. Del bueno, pero del bueno de verdad. Público de todas las edades. Más edad en el patio de butacas, mucha menos en el gallinero. Un par de temas de regalo. Carter haciendo una exhibición, Terrasson otra y Malone sin dejarse tapar. A este último le ha traicionado el instrumento. Quiero decir que en España una guitarra es cosa común, que la mimen al interpretar lo mismo. Sus alardes, que eran fantásticos, han pasado algo más desapercibidos por esa razón. Un españolito es difícil de sorprender con una guitarra en la mano porque para eso tenemos a Paco de Lucía, por ejemplo. Descomunal. Un concierto descomunal. Sólo se echaba de menos que alguien se levantase y se pusiera a bailar o algo así. Es la única pega de escuchar jazz en el Teatro Real. No fumar, no beber, no bailar. Ya se irá enderezando la cosa. Al menos en lo de poder beber una cerveza mientras escuchas algo semejante a lo de esta noche. Espero.
Ahora todos duermen aquí, en casa. Llevo un buen rato pensando. Escribo una línea y sigo pensando. Es una de las cosas buenas del jazz. Es música que hace y deja pensar. Toda la buena música comparte esa característica aunque el jazz lo hace y deja de forma especial. A mí, digo.
Pienso en la novela que estoy escribiendo. Y lo hago desde su ritmo interno. Siempre que dedico mi tiempo a escribir novela lo hago escuchando un tipo de música muy concreta. “La edad de los protagonistas” escuchando con mucha frecuencia “La pasión según San Mateo” de Bach. “In nomine filii” con música de Satie sonando. Esta que escribo ahora con Bill Evans y Miles Davis haciendo compañía. Diferente jazz para distintas partes y voces de la novela. Seguro que encontraré algo que me acompañe para terminar de narrar cuando se unan las tramas en una sola. Reflexiono sobre lo que escribo al ritmo que marca la buena música que elijo.
Y pienso que escribir sin la música sonando sería muy diferente. Puedo prescindir de fumar, de beber o de ver cine mientras escribo. Pero la música no puede faltar. Eso si que no.
La novela que estoy intentando tiene apariencia de caos muchas veces. Aunque no es real. Hay que tener paciencia y descubrir un ritmo interno en la narración que lo hace todo coherente y verosímil. Como el jazz, como la música de Carter. Hay que aprender a escuchar, a ser paciente con lo no que no tiene una lógica aparente. Por eso escucho a Miles Davis y a Evans. Para aprender desde un exterior que debe descubrirse como la cáscara de un todo mucho más potente. Para copiar unos ritmos que harán de mis personajes algo mucho más interesante. Porque me dejan pensar con claridad. Y todo lo bien que soy capaz.
Lo malo de todo esto es que a un escritor le dé por escuchar a los “Hombres G”. Se ponen a escribir y les sale cualquier cosa. Muy comercial, eso sin duda, pero cualquier cosa al fin y al cabo.


ene 4 2006

Perderse con los brazos estirados

Si pisamos un territorio desconocido nos sentimos intranquilos. Alargar los brazos sabiendo que los límites han desaparecido o intuir que quedan mucho más allá, nos produce vértigo. A solas se hace insoportable. Si alguien es capaz de agarrarte la mano para ir avanzando y descubriendo, la cosa es más llevadera.
Pensamos que el mundo esta dentro de una esfera (pequeña), que el infinito se puede meter en una urna transparente (finita), que el odio cabe en la pequeña caja de madera que guardamos en el fondo de un cajón (profundo). La amistad la podemos llevar colgando del cuello junto a una medalla de oro (brillante) y creemos que el amor cabe en el bolsillo de la camisa (de seda). Lo limitamos todo. Nos conviene hacerlo para entenderlo, para creer que ejercemos cierto dominio sobre ello. Y nos engañamos. Siempre andamos con el dichoso engaño a cuestas.
Miramos el infinito con calma y nos encontramos en territorio virgen, inmenso e incontrolable, sin saber qué hacer. El mundo, si se piensa, se agranda tanto que el infinito cabe en él. Descubrimos el odio al abrir la caja pequeña, pero lo que sale de allí es tan grande como la amistad retorcida, una y otra vez, para que se torne contraria. Igual pasa con el amor: faltan los límites y da miedo tanto querer. Y nos produce pavor no saber qué terreno pisamos.
Damos vueltas sobre nosotros mismos buscando el hilo del que poder tirar para achicar el exceso. Unas veces hay suerte y lo encontramos. Las más nos quedamos perdidos con los brazos estirados. Sin saber qué hacer. El hombre es pequeño, minúsculo. Puede controlar las cosas aunque finalmente se ve superado por todo. No quiere ser consciente y persigue imposibles que no le dejan vivir. Ni conocer. Por puro miedo.
Lo único que se me ocurre es tenderle la mano. Ella es valiente. Agarrar fuerte para que ninguno de los dos se pierda. Imaginar que ese terreno se comba haciéndose acantilado. Y saltar al vacío con los ojos bien abiertos y los brazos pegados al cuerpo. A la de tres. Para conocer sin miedo. Para vivir. Como si fuésemos niños.