La navidad es ese tiempo en el que las personas deciden ser algo mejores. Más humanos, mejores padres, más íntegros. Y para ello reparten juguetes usados (rotos casi siempre) entre los niños pobres, dan unos céntimos a los pobres que se hielan de frío en las aceras, miran a sus parejas con cara de anormal para que el otro piense en lo mucho que le quiere e, incluso, pueden llegar a faltar en el trabajo una tarde para llevar a los hijos al cine. Un tiempo maravilloso en el que los espacios se hacen eternos. Los pobres se sienten peor porque se quedan en la puta calle pasando frío; los niños que reciben esa cochambre de juguetes juran que algún día tendrán uno como el del pijo de mierda que acaba de pasar (aunque tenga que robarlo); la pareja se deprime pensando que la navidad sólo sirve para recibir un regalo o un beso amorfo porque lo que quiere (al otro) está a un millón de años luz; y los hijos (los pijos de mierda que dan juguetes a los pobres niños pobres) se escandalizan al comprobar que su padre se duerme en el cine y que luego no sabe jugar a nada). Qué bonita es la navidad.
Cuatro años es mucho tiempo. Puede pasar cualquier cosa durante ese tiempo. El mundo se tiñe de un color u otro, de todos; gente nueva y gente muerta; eras tal y terminas siendo cual; tal vez, cuando acaba el tiempo, ni siquiera estás en este mundo. Cuatro años son miles de vueltas de las agujas de un reloj.
Pero cuatro años es, también, un montoncillo de poca cosa. El recuerdo perezoso reduce tanto tiempo a un par de detalles que, seguramente, no fueron los más importantes. A eso y a lo que sucedió ayer. Lo que fue se va desdibujando descargado de perfección. Sólo si quieres estirar los extremos, esos cuatro años se convertirán en un tiempo pasado. Si no es así, quedan reducidos a un instante en el que no cabe casi nada.
Cuatro años pueden ser la vida entera. O un par de fotografías. O una esquela guardada entre las páginas de su libro preferido. O el olvido más absoluto. Cuatro años.
Hoy, cuatro años son una señorita que ha crecido, que me hace sentir mucho mayor. Porque los hijos se convierten en relojes vitales, en maquinarias perfectas que no dejan de recordar el paso del tiempo que resta. Hoy, cuatro años se reducen a una melena negra y lisa; a un flequillo y un par de ojos negros, enormes; a la coquetería descontrolada con su padre, a un te quiero mucho inesperado, necesario. Cuatro años que se diluyen entre sonrisas auténticas.
Nada cuenta salvo cada segundo que Gimena suma.
Felicidades, señorita. Ojalá la fortuna te acompañe por siempre jamás.
Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.
Extracto de la entrevista al escritor indio Ranjiv Ojayit, publicada en el diario “The Observer” de su país.
Periodista: ¿Qué ha supuesto para usted la escritura?
Ranjiv Ojayit: Poca cosa. No he ganado mucho dinero, no me ha proporcionado gran fama ni he logrado nada del otro mundo con ella.
Periodista: Pero ¿escribir es eso, ganar dinero o fama?
Ranjiv Ojayit: No, en absoluto. Lo que quiero decir es que esas cosas que usted puede leer en mis novelas ya las tenía en la cabeza antes de escribir. Eso es mi pensamiento, mi mundo. Ya lo tenía. La literatura me lo había dado mucho antes leyendo a otros y pensando sobre ello. Pero, como a todos los escritores les pasa, me perdió la vanidad. Por eso publiqué, por eso publicamos. Queremos ser dioses. Y, al publicar, descubrimos que es una idiotez.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.