oct 2 2011

Pasta 30 Ideas 0

España, nos guste o no reconocerlo a los españolitos, es un país que se mueve, en gran medida, alrededor de la picaresca, de la trampa y del engaño. Allá donde mires tenemos un chorizo dispuesto a cualquier cosa a cambio de realizar el mínimo esfuerzo posible. Es decir, como en todos los países desarrollados o en vías de estarlo. Vestirán mono de trabajo o un traje a medida (eso ya no diferencia a unos de otros), pero estarán al acecho. Toda la ideología de siglos se ha quedado reducida a una sola frase. Sálvese quien pueda. Y, da la casualidad, la ideología es lo que construye al ser humano, es lo que dibuja su futuro. Si no hay nada en la cabeza no hay nada que rascar.
Piensen, por ejemplo, en que el poder de concentración de Lady Gaga es infinitamente mayor que el de el mejor de los pensadores que andan sueltos por el mundo. ¿Saben el nombre de alguno de ellos? Y, como alguno de ustedes lo estará pensando, les diré que el ejemplo del Papa Benedicto XVI y sus legiones de jovencitos bandera en ristre no sirve. Eso de viajar de punta a punta del mundo por doscientos euros con el alojamiento, la comida gratis y el espectáculo incluido, concentra al más reacio. ¿Cuántas personas irían al próximo concierto de Lady Gaga en las mismas condiciones? Muchos más que los que invadieron Madrid rosario en mano.
El pensamiento no vende. El pensamiento es un valor en el que nadie invertiría un céntimo. Como, ahora, alguno estará pensando en las universidades llenas de gente, les diré que tampoco sirve de ejemplo. Allí, los estudiantes buscan, en su mayoría, conseguir un título que les permita conseguir un trabajo estable y bien remunerado. Sobre todo bien remunerado. Lo de pensar es algo un poquito más lejano.
Tener ídolos o conocimientos técnicos no nos hace más inteligentes. No pensamos más o mejor. Lo que hacemos es pensar en una cosa muy concreta, de forma distinta. Las ideologías ni se compran ni se alquilan. Lo único que se puede hacer con ellas es perseguirlas y pensarlas. Sin recibir nada a cambio. Y eso, tal y como está el patio, es un trabajo que nadie quiere.
Estamos muy perdidos. No hay faros en las cabezas que nos indiquen el camino. Y las luces propias están fundidas o colocadas para amenizar la fiesta que toque. Un auténtico desastre por el que pagaremos muy caro no tardando mucho.
Por eso, intentamos pasar por la vida lo mejor que podemos. Tratamos de salvarnos de la quema sin mirar a los lados, sin pararnos a pensar en los demás, pase lo que pase. La conciencia nos queda reluciente porque, claro, no pensamos ni tenemos una ideología por cutre que sea a la que agarrarnos. Si para sobrevivir hay que engañar se engaña. Todo vale. ¿Para qué pensar con lo costoso que resulta y lo incómoda que nos hace la existencia? Tomar atajos es gratis y si la jugada sale bien te pones a nadar en la abundancia al rato. Apenas un poco de imaginación y, voilà, ya eres un pillo con fortuna. Con buena fortuna.
Lo trágico es que cuando se ha robado todo el botín no tenemos nada a mano para seguir con la operación. No tenemos nada para poder echar el guante. Lo penoso es que a eso lo llamamos crisis. Y lo patético es que nadie hace nada porque todos sabemos que, de una forma u otra, hemos colaborado en eso de robarnos el mundo a nosotros mismos. En eso y en quedarnos con las cabezas vacías de ideas. Lo de la pasta igual se puede arreglar, pero lo de las ideas… En cualquier caso y de momento, la goleada es clara.