feb 26 2006

El mismo bruto

Escribo en mi portátil junto al joven Guzmán. Escuchamos a Schubert. Quinteto para piano y cuerdas en La mayor, “La trucha”, y algunas variaciones fantásticas de esa pieza. Los mofletes del niño están muy colorados. Treinta y ocho y pico de fiebre. Casi treinta y nueve. Cabizbajo y atento a lo que escucha. Hoy no sé si le interesa o si le da lo mismo ocho que ochenta. Apoya la cabecita en un cojín y, de vez en cuando, se queja ligeramente. Un catarro de los fuertes.
La música de Schubert es una de mis debilidades aunque me hace pensar en la Alemania nazi. No me pregunten la razón. Casi puedo ver a un grupo de fanáticos asesinando sin piedad a otro grupo de inocentes, metiendo a mujeres y niños en una habitación llena de muerte. A sangre fría, con esa música sonando en una vieja gramola o interpretada por un judío que iría a la cámara de gas veinte minutos después. Procuro centrarme en la música y en Guzmán. No quisiera contaminar mis gustos con algo así. Mejor disfrutar desde la sensibilidad que me despiertan ambos. Pero es difícil.
El niño se acaba de dormir. La fiebre acaba con cualquiera. Es hora de bajar el volumen.
Me pregunto qué harían escuchando semejante obra maestra esa banda de bestias. Supongo que disfrazar su falta de humanidad con algo exclusivo de la humanidad (del hombre). Igual que robaban cuadros para enriquecerse y no para contemplarlos, escuchaban a Schubert para creer que lo que hacían era cosa del ser humano. Igual que Hitler hacía suya la locura de Friedrich Nietzsche (amigo de Wagner y que arrastró buena parte del coloso alemán en su filosofía) y la convertía en un sueño estéril y absurdo, los que le seguían hacían suyas las manifestaciones artísticas que encontraban por el camino para intentar adornar lo horrible, el espanto. Pobres compositores. Si hubieran intuido lo que sería de su obra se lo hubieran pensado. Dos veces.
El hombre tiende a la autodestrucción y lo intenta, casi siempre, de la mano de lo sublime. Siempre hurtando a la belleza y al lenguaje. Como hizo Hitler. Como hacen un buen puñado de los políticos actuales. Y como hace cualquier persona que opta por arrimarse al arte sin ningún interés que no sea social o económico, pensando que eso tapará sus carencias intelectuales. Será el mismo bruto con un buen cuadro colgado de la pared y escuchará una pieza de Falla sin saber lo que hace, pensando que era un alemán muy listo porque todos los músicos eran alemanes muy listos. Y será admirado por unos cuantos ignorantes muertos de envidia.
Guzmán duerme tranquilo. La medicina parece que ha hecho su efecto. Escucha a Schubert y espero que lo termine apreciando como merece. Siempre desde la niñez, desde la inocencia. Esa que nos falta a todos cuando crecemos y decidimos tener más aun siendo menos.


feb 13 2006

Contraste virado a sepia

No conozco el nombre de la calle en la que ha ocurrido. Fue en el centro de Madrid. El número del portal era el sesenta y nueve. Eso sí lo recuerdo. Una pareja sentada en el bordillo de la acera. La luna amarilla, serena, con aspecto de estar segura de sí misma. Un solo coche avanzando despacio. La pareja mirándose a los ojos como si el mundo fuera a saltar en mil pedazos. El coche que se aleja poco después. Es una fotografía virada a sepia.
Espero a mi amigo para visitar a otro que anda con problemas de salud. Irán está intentando armarse hasta las orejas. Han detenido a diecinueve agentes del orden en el aeropuerto de no sé donde por ser unos chorizos. Los países árabes están en pie de guerra. El mundo está patas arriba. Y ellos parecen saberlo porque se miran a los ojos como si quisieran robárselos uno al otro. Quizás sean lo únicos que se libren del desastre. Él se levanta con cierto esfuerzo y tira de la mano de ella. Se abrazan y se dicen algo. Las luces azules y rojas de un coche patrulla. El sonido de la sirena se hace insoportable porque rebota entre las fachadas demasiado juntas. Alguien ha hecho alguna faena a la sociedad o los policías tienen prisa por llegar a casa para ver el partido de fútbol. Mi amigo se retrasa aunque el tiempo para otros no existe, ni nada alrededor. Una anciana sale a la calle con una bata azul marino y zapatillas de tela. En la mano una bolsa de plástico pequeña. Llena de basura. O de la poca vida que le queda. Cualquiera sabe. La pareja camina despacio. Ella le agarra el brazo derecho y apoya la cabeza en el hombro. Su mundo es pequeño. Mejor. Seguro que saben que al lado estamos los demás, pero se abrazan para cerrar un pequeño círculo que les hace inaccesibles. Un círculo de color amarillo. Como la luna que se dibuja en el cielo turbio.