feb 6 2011

Buen viaje y buena suerte

A veces me sorprendo pensando en cosas que quisiera tener lejos. Cada vez menos. Lo de la sorpresa, digo. Porque, cada día, están más arrimadas.
Intentaba recordar el día que le deseé buen viaje y buena suerte a mi padre. Fue unas horas antes de que muriera. Creí que utilizaba una fórmula gastada; que eso era lo que decía alguien que, en realidad, no tenía ya nada que decir. No era así. Tengo la mala costumbre de reflexionar sobre lo que me interesa y, aunque hablo más de lo que quisiera, creo ser más prudente de lo que pudiera parecer.
Un viaje. El destino incierto. Pero una meta. La que sea.
Podría ser un viaje diminuto que le llevara de esto que conocemos como realidad a la nada. Hasta eso que no tiene color, que no es ni trasparente, que no ocupa espacio. Hasta la nada. Pero nosotros somos todo lo contrario a esa nada y si nos tenemos que diluir ha de ser en el todo. De diferente forma a lo que entendemos como vida. Pero el todo es el lugar al que pertenecemos. Prefiero pensar eso. Que nos vamos distribuyendo espacios de rato en rato.
Podría ser un viaje enorme. Hasta un lugar desconocido. Sólo intuido. Un espacio en el que no dejamos de ser. Al contrario. Toda la materia que se queda en tierra. Todo lo trascendente esperando lo nuestro para sumar importancia.
Tal vez un trayecto (el más miedoso) hasta uno mismo. Nadie lo sabe.
En cualquier caso, un viaje. Por eso hay que desear que sea bueno y que la suerte esté cerca para favorecer al que lo tiene que realizar.
Pensaba sobre esto. Y la duda era si la reflexión fue posterior a decir ese par de frases. Tengo la mala costumbre de no tirar nada de lo que escribo. Aquí está la nota escrita mucho antes, cuando aún me sentía inmortal, protegido por un puñado de años. Y por mi padre. Murió mucho después.


ago 25 2009

Murmullos

El hombre agarra el arma con fuerza. Mueve el dedo con calma, acariciando el gatillo. Murmura una oración. Apunta a la cabeza del otro. Unos cuarenta metros de distancia. Dispara. El casco del otro cae al suelo. Después el cuerpo. Ya no murmura nada. Se siente satisfecho. Se incorpora y apoya la espalda en la pared. Comienza la espera. Pronto llegará una nueva silueta a la que disparar.
No han pasado más de diez minutos cuando escucha toser a alguien. Se tumba despacio. Espera para poder ver con nitidez. Una mujer. Camina despacio cubriendo la cabeza con un pañuelo. Tose cada dos o tres pasos. El hombre fija el objetivo. La mujer se acerca al cuerpo del soldado muerto. Él comienza a murmurar la misma oración que antes. Ella se agacha y busca dentro de los bolsillos del uniforme. Se lleva a la boca un trozo de pan. Devora. Se atraganta. El hombre dispara. Los dos cuerpos quedan juntos. El de la mujer se mueve. Convulsiona. Si no lleva mal sus cuentas ya son cincuenta. Diez días saltando de tejado en tejado, de torre en torre.
Siente náuseas. No quiere mirar por si continúan las convulsiones. Se incorpora. Sabe que le verán. Murmura. Y siente un dolor agudo en el pecho antes de poder escuchar el sonido del arma semiautomática que le persigue desde hace días. Intenta terminar la oración, pero la sangre le ahoga.