may 8 2011

La luz de un instante

Se escuchan voces que llegan desde el patio de luces. Las ventanas han quedado abiertas porque el tiempo acompaña. Alguien habla por teléfono. Dice y no se escucha contestación alguna. Una pareja discute sobre cómo llegar a final de mes. Y un crío llora desconsolado porque su juguete se ha descompuesto.
Sobre la mesa un mechero, el cenicero y un par de invitaciones de Gimena y Guzmán para acudir a cumpleaños. Tres o cuatro libros. Uno de ellos abierto por la página en la que he subrayado una frase. Durante un instante no se entiende nada. Dino Buzzati. Varias películas y mis cosas para escribir.
Apoyo los codos en la mesa. La pregunta es sencilla. ¿Qué es todo esto, qué pintamos aquí? La respuesta llega como una cascada que se estrella contra el suelo. Las palabras se derraman. Y, ordenadas deben decir, lo correcto. Pero, una vez que comienzan a caer, es imposible que mantengan la posición. La solución se enreda sobre sí misma. Una cascada perpetua.
Gimena y Guzmán llaman al mismo tiempo. Agua. Y es entonces cuando despego los codos de la madera y sé que, aunque es minúscula, conozco parte de la respuesta. Agarro el libro de Buzzati y anoto. Durante la vida entera no se entiende nada. Sólo puede pasar que viviendo instantes se logre entender algo de lo que pasa.


jul 11 2010

¡España, España, España!

Repetimos, un millón de veces, ese tiro a puerta de Cardeñosa. Con la pelota, con nuestras chapas y un garbanzo, en el patio del colegio, en el parque. Siempre eran gol. Fueron millones de goles. Todas las pelotas entraron excepto la que tiró aquel jugador en un mundial de fútbol que parece que nunca fue. Han pasado muchos años.
El penalti que falló Eloy frente a Bélgica nos dejó sin la fiesta de nuestra vida. Un árbitro egipcio nos dejó sin posibilidades ante el anfitrión coreano. Años antes, Michel había marcado un gol de ensueño frente a Brasil que cantó toda España y que no sirvió porque el árbitro dijo no.
El sueño de un niño que nunca se cumple. Pero esos sueños, los de un niño, son los únicos que pueden ser ciertos pasados los años. Son de verdad, son los que te hacen regresar a lo que fuiste, auténticos. No recuerdas cómo fue ese curso, ni si el mundo estaba patas arriba; si la primera novia apareció ese año no lo podrías asegurar, pero ese tiro a puerta que lo hubieras metido tú, ese, no lo olvidas jamás. Era la puerta por la que la selección nacional de fútbol iba a pasar para hacer historia. La historia de muchos.
Sólo dos cosas este año van a a tener sentados frente al televisor a todo el país. Las doce uvas del treinta y uno de diciembre y la final de la copa del mundo de fútbol. Todos, niños y mayores, unos con su sueño que se cumple siendo el primero que han tenido, otros con el sueño que arrastran desde niños y que, por fin, puede ser.
Ni la crisis va a desaparecer, ni las hipotecas bajarán, nuestros problemas seguirán en el mismo sitio. Pero un sueño se cumplirá y eso está por encima de todas las cosas.
No suelo hablar de mis dos pasiones al margen de la literatura. Toros y fútbol. Han sido miles de tardes sentado en una grada o en un tendido disfrutando a solas y a solas conmigo siguen. Pero hoy no me puede contener. ¡Vamos España! ¡Vamos España! ¡Vamos España!


ene 6 2006

Nada interesante

Las cucarachas son insectos inofensivos, pequeños, feos y pueden resistir la radiación atómica que desprende una explosión nuclear. Al menos eso tengo entendido (lo de las bombas, digo). Pero lo que más me admira de las cucarachas es las contradicciones que provocan. Son inofensivas y, a la vez, aterran a medio mundo. Resisten la radiación atómica y mueren aplastadas por una zapatilla de goma (que cae con fuerza, eso sí). Un bicho curioso.
No sabría dar una sola razón por la que he comenzado hablando de esos insectos. En realidad, quiero hablar de literatura. Dudo entre poner a caer de un burro los best sellers (cosa que descarto ya, puesto que eso no sería hablar de literatura) o confesar que me encantaría ganar el premio Planeta aunque los miembros del jurado dijeran cinco minutos después barbaridades sobre la novela (también queda descartada esta opción puesto que la literatura es otra cosa bien distinta. Además, si confieso que me gustaría ingresar seiscientos mil euros de ese modo, seré criticado sin ganar nada y eso es mucho peor).
Tampoco me sirve. Quizás ando equivocado y hablar de literatura es lo mismo que hablar de mí mismo. Y pienso esto, no por primera vez, pero sí que lo hago muy en serio. ¿No es acaso criticar un texto lo mismo que decir “yo hubiera dicho esto de otra forma”? Eso es hablar de sí mismo. ¿No arriesga el escritor buena parte de sí al escribir volcando su experiencia disfrazada de tramas y personajes? Eso es escribirse y explicarse a sí mismo. ¿No hace suyo el lector un poema que le conmueve o le hace respingar (a él y no a otros, importándole un carajo lo que quiso decir realmente el poeta)? Eso es leerse a sí mismo. Así que esto de la literatura tiene mucho que ver con el yo, casi nunca con los otros. Sé que me pueden caer unos cuantos golpes de parte de los que saben del escribir. Esto que digo es imperdonable porque es casi decir que cualquiera puede opinar o armar un texto (malo) desde la ignorancia. Y que se puede quedar tan ancho. Pero como eso me lo pueden decir los que saben, confío en que lean con atención lo poco que he pensado (no estoy yo para grandes reflexiones aunque lo haga muy en serio) antes de molerme a palos. Y a los ignorantes que se creen con derecho a decir lo que les parece bien les ruego que no hagan caso a lo que han leído sin enterarse apenas (como siempre que leen su propia vida en cualquier texto de tres al cuarto). No celebren esta nota, queridos amigos, porque no me gusta la ignorancia y, mucho menos, los que la llevan como banderín de enganche.
La literatura es inofensiva cuando se piensa, grande y bonita. O es como las cucarachas. Son los ignorantes los que la convierten en insecto de poco valor. Y es (la literatura) aterradora. Por eso, un ignorante aquí y otro allá, la golpean con fuerza. Sin embargo, esta aguanta zapatillas de goma, patíbulos y lo que le echen. Lo de la explosión nuclear está por ver.
Ahora ya sé la razón por la que quería hablar de cucarachas y literatura. Era mi deseo hablar de la ignorancia. Quizás de mí mismo. Desde luego de otros (no me considero miembro de ese grupo, lo siento). Y acabo de aprender una cosa: soy capaz de llenar unas cuantas líneas sin decir nada que le pueda interesar a un ser humano que tienda a avanzar. Es posible que a un ignorante le pueda llamar la atención. Lo desconozco. Y que ustedes se lo traguen con la esperanza de encontrar algo de interés me hace pensar en que esto de la literatura es sublime. Nunca una cucaracha. Se pongan como se pongan los otros.


dic 17 2005

Espiral (Un pequeño relato)

Apoyé la espalda en la pared encogiendo las piernas al mismo tiempo. A los pies de la cama, ella seguía mirándome. Más tarde me dijo que no había dejado de hacerlo desde que despertó media hora antes. Parpadeé tratando de desperezar la mirada.
-Ven aquí, anda. Tengo algo de frío, le dije al mismo tiempo que bostezaba.
– Lo hago por pena, que conste.
Me abrazó y tiró de mí para que me tumbara a su izquierda tapándome con la colcha. Hasta que me levanté no paró de colocarme el pelo, de acariciarme el rostro, de soplar ligeramente para que no volviera a quedarme dormido.
– Te tengo en el bote, muchacho. Así que ahora vas a hacer lo que te diga. Afeitarse, ducha, dientes y ponerse la ropa que he dejado en el baño. He vuelto a elegir la única camisa que trajiste. Contigo es muy fácil. Por ese orden, caballero. Y date prisa si quieres llegar a tiempo.
– A la orden, mi amor.
Mientras esperaba a que saliera escribió la nota. La encontré justo en la página que tocaba leer. Antes de cerrarse las puertas del vagón pude saltar al andén. Cerré el libro, miré a una mujer que parecía extrañada y le dije que estaba enamorado y jodido, que ese tren llevaba a un lugar equivocado. La mujer se encogió de hombros.
Entré sin querer hacer ruido, moviendo la llave con suavidad. Ella estaba sentada en el centro de la cama, con las piernas cruzadas, sonriendo. Y entre las manos ese viejo ejemplar de su novela preferida.
– Ahora que estás aquí me temo que ya no hay vuelta atrás, ¿lo sabes?
La misma frase. Parecía que iba y venía por la habitación dibujando una tela de araña, trazando líneas que se buscaban para hacer fuerte una trama que detenía el movimiento de ambos. El tiempo. Pasó la primera vez y volvía a suceder ahora. Nos mirábamos en silencio sabiendo que la contestación estaba de más. Cualquier palabra se hubiera convertido en la caricatura de un significado rebuscado e innecesario.
Abrió el libro. Pasó con cuidado dos o tres páginas y respiró con calma antes de leer. “El amor es el único anclaje que nos queda para poder sobrevivir.” Continuó mirando el libro sin hacer un gesto, intentando ocultar un ligero temblor que, supongo, no quería permitirse. La cabeza ligeramente inclinada, la mano detenida sobre el papel que había acariciado poco antes, la espalda rígida.
Me quité la chaqueta y los zapatos. Me senté en el suelo, junto a la pequeña maleta, a esperar.
– Te amo. Tanto que no sé como pensarlo. Y te veo sufrir. Y yo no puedo sufrir por quererte. No. No quiero fingir más.
– No sufro. Ya te lo he dicho muchas veces.
(Me estoy muriendo de pena, mi amor.)
– ¿Acaso hay salida?
– Pues claro que la hay. Ten paciencia. ¿Olvidas que te amo? Venga, no seas tonta. ¿A qué viene todo esto?
(Tengo que dinamitar mi mundo. Dame un poco más de tiempo, deja que supere el vértigo. Por favor.)
Fue en ese momento cuando se tumbó. Me dijo que no resistía ver cómo salía por la puerta para ir a un lugar que ni siquiera podía llegar a imaginar, que no conocería nunca; que se sentía egoísta por hacerme regresar sabiendo que la factura era disparatada para mí aunque no era capaz de evitarlo. Se sentía feliz con la misma cosa que provocaba una arcada.
Me levanté, recogí mis cosas y me acerqué para besarla.
– Prefiero sentir como me soplas despacio para que no me duerma. Esto es injusto. Y bien lo sabes.
Salí cerrando con cuidado.
Al llegar a casa no tuve ganas de dar explicaciones sobre mi viaje. Tan sólo conté un par de detalles sobre el vuelo. Y que la semana siguiente tocaba volver.
Apoyé la espalda en la pared encogiendo las piernas al mismo tiempo. A los pies de la cama, ella seguía mirándome…