ago 3 2010

Pecados Capitales (II)

Llamaban a la puerta. Sin abrir los ojos, esperó a escuchar las pisadas que se alejaban. La casera se quejaba con amargura. Alargó el brazo intentando agarrar el vaso. Se lo llevó a la boca sabiendo que no contenía una sola gota de agua. Miró al techo pensando en el tiempo que llevaba allí metido. Supo que era lo último que haría. Ni siquiera el azar tenía ganas de hacer.
– ¿Sabemos algo de él? preguntó el policía de pelo canoso.
– Sí. La casera dice que no le faltaba de nada, que salía poco. Apenas sabía nada de él. Ya sabes, lo de siempre.


may 14 2010

Sabor de madre

– ¡Es delicioso! Me recuerda al guiso que hacía mi madre los domingos. Un poco de carne, patatas, pimiento, cebolla y una pizca de sal. Y el punto secreto. Una cucharada de tomate. Si estaba frito mejor. De verdad que está buenísimo.
– Pero ¿se puede saber qué dices? Estás comiendo lentejas. Me tienes harta con tanto recuerdo y con tanta madre para aquí y para allá. Harta del todo.
– Pues yo creo que deberías ponerte contenta. Mi madre era una cocinera excelente.
– ¿Quieres más, amor?
– ¿Qué haces? Joder, a qué viene eso, me has puesto perdido. Madre mía.
– No pasa nada, los recuerdos no dejan mancha. Gilipollas.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 13 2010

Mirando la ausencia

Me gusta mirar el retrato en el que apareces con esas casas de adobe a la espalda. Aún eras tú. Tu pelo era tu pelo, el vestido beige aún era ese. Y, sobre todo, el tipo que te pasa el brazo por los hombros me recuerda a mí mismo. Es mi preferida, pero puedo mirar más y verte. A ti. Cuando eras.
Hoy, al llegar a casa, una mujer me ha reñido. Decía algo sobre mis olvidos, sobre lo desastroso que soy. Es todo lo que me ha dicho. Me he encerrado en el baño para no escuchar. He resuelto un crucigrama, he fumado un par de cigarros y he escrito en la mampara de la ducha (con el dedo) un par de frases absurdas. Me hubiera encantado que estuvieras por aquí. Como antes. Como cuando eras tú.
Me gusta mirar el retrato en el que apareces, cualquier retrato en el que te puedo ver, porque es la única forma que tengo de mirarme al espejo sin pensar que me quedé en alguna cuneta. Hace ya mucho tiempo.
Es curioso te miró en un papel y te tengo. Te miro cuando estás sentada en el sillón y la ausencia duele.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 10 2010

Juventud

Cuando tú no estés. Imprecaré contra el tiempo en que te conocí. Me convenció de que su eternidad eras tú. Maldeciré las huellas que dejamos en aquella playa porque el mar las ignoró. Tu trono vacío será tratado con desprecio. Eso será cuando tú no estés.
Ahora que te puedo tocar si estiro los brazos, mirar tu perfil imperfecto o escuchar el sonido de un leve movimiento de tus labios, ahora, sólo puedo escribirlo en forma de mal horóscopo. Y la gota de terror que recorre mi espalda la detienes al dormir
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 10 2010

La trituradora de todos

Siendo un chaval acudí con mi padre a ver un combate de boxeo. Uno más. Siempre iba con él. Me gustaba mucho entrar en aquel gimnasio y que me desordenaran el flequillo los adultos mientras me preguntaban la fecha de mi primer combate. Ese día todo fue diferente. Debutaba uno de los púgiles. El otro era un muchacho experimentado con la nariz torcida y mirada asesina. Recuerdo perfectamente la cara del nuevo, sus pantalones blancos. En el primer asalto fue dos veces al suelo. En el segundo una más. La nariz rota. Sangre en los pantalones blancos. Al terminar el tercer round confundió la esquina y se fue a sentar en una neutral. En el suelo, desorientado. El entrenador le llevó hasta la suya. Pude oír cómo le decía que se agarrara, que impidiera que le sacudiese en la cara. Tenía una ceja a punto de abrirse. Fue lo que hizo, pero el otro le destrozó los costados. Eso es la perdición para el boxeador. Te dejan sin aire. Te conviertes en un saco de entrenamiento. Quinto asalto. El debutante, sangrando por la ceja y por la nariz, se levanta de la banqueta al sonar la campana, pero se arrodilla. Apoya el trasero sobre sus talones y los guantes en los muslos, casi pegados a las rodillas. El público silba, le insulta. El muchacho niega con la cabeza. No quería recibir un solo golpe de más. Era inútil. Ya no quería seguir. Aquello no tenía sentido. Este chico se acaba de suicidar, dijo mi padre.
Recuerdo este combate siempre que oigo decir a alguien que en esta vida cada uno tiene lo que se merece. Eso es mentira. Es el mayor de los embustes. No creo que nadie, por malo o bueno que sea, merezca una vida que le machaque, que le haga añicos una y otra vez. Aunque hagamos mal las cosas necesitamos alguna oportunidad porque el que tiene que levantarse intuyendo que le llegará otro batacazo termina agotado, prefiere arrinconarse y esperar que los golpes sean menos dolorosos. Y eso no puede aguantarlo nadie, ni puede merecer semejante tortura. Mejor hacer lo que aquel joven púgil.
Es verdad que la vida es una trituradora de ilusiones. Que está llena de caminos para elegir y que sea cual sea la elección será equivocada. Esta vida se nutre de ausencias, de derrotas, de pena. Pero todo tiene un límite. Incluso el aguante del ser humano. Es mucho lo que el hombre puede soportar, mucho más de lo que se cree, aunque es limitado. Aquel chico no se merecía aquella paliza, ni los insultos. Su ilusión (la de ser boxeador) desapareció en veinte minutos, eligió el camino lógico (no quería terminar en el hospital con una lesión cerebral irreversible) y le dijeron que estaba equivocado. Si se hubiera dejado machacar el cráneo le hubieran dicho que era imbécil. Seguro. Salió derrotado. Como todos nosotros cuando salimos de la oficina; cuando, antes de acostarnos, intuimos que el día siguiente será igual que hoy; igual que en esos momentos en los que no queremos hacer balance de nuestras vidas porque sentimos miedo pensando en el resultado.
Creo que si la vida me hubiera ahorrado algún golpe, si me los hurtase a partir de ahora, tendría algo más cercano a lo que creo merecer. Me sobran todas las desgracias. Y me temo que a todos nos pasa lo mismo. Así que cuidado con esas frases tan redondas y tan fáciles de utilizar. Cuando se piensan son pesos muertos difíciles de sujetar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 6 2006

Rendir cuentas

Somos muchos los que andamos por el mundo con los miedos a cuestas. Miedo a no ser amado, miedo a serlo, a ser despreciado, a despreciar, a ceder parte de uno mismo, a recibir con el añadido de una factura cuantiosa, a tener que cobrar favores, a ser, a vivir, a llorar en público, a gritar porque te duele, a temer.
Un buen día decides que no estás dispuesto a recibir más leña que la justa y dedicas buena parte de tu tiempo a construir barreras que supones inaccesibles. Algunos se conforman con una coraza ajustada al cuerpo, otros prefieren cavar trincheras y moverse por ellas, los más asustadizos construyen fortalezas altas y resistentes. No son pocos los que se levantan la tapa de los sesos o se dejan caer desde un puente al asfalto.
A mí lo que más me ha tranquilizado es haber vivido en lo alto de una muralla. Evitaba el cuerpo a cuerpo, el ruido de bayonetas, y disponía de los medios que me permitían aumentar la violencia al defenderme con unos metros de ventaja.
El problema de todo esto no es construir un artefacto defensivo. No, eso es fácil, creo. Es la soledad. Sentado en lo alto de una almena, tan bien diseñada, terminas sintiéndote sólo porque aquello va tomando la forma de la jaula. Miras desde allí arriba esperando que pase alguien con la intención de escalar las paredes ya lisas por el roce anterior. Mueves los brazos reclamando atención y nada. El de abajo ya ni mira porque sabe que no hay nada que hacer.
Decía Leonardo Sciacia que “la muerte se va pagando con la vida” y esa tranquilidad tan deseada te convierte en avaro. Si Sciacia tenía razón diciendo eso, la cosa es grave porque las deudas hay que pagarlas antes o después, si demoras ese momento se van acumulando y cuando te piden cuentas prefieres dejarte caer al vacío o levantarte la tapa de los sesos a tener que soltar lo debido de una sola vez. La avaricia manda. Y el miedo.
He comenzado a desmontar, piedra a piedra, cada muro que construí con cuidado. Las voy dejando en los huecos de caminos no transitados. Y lo más curioso es que te encuentras con lo que era amenaza convertido en compañero de viaje, que espera si te quedas retrasado o tira de ti para que conozcas. Y es el granito que fortificaba es el que va cimentando el sendero. Por eso se hace robusto y no cede. Y las facturas eran menos de las imaginadas. Por fortuna.


dic 3 2006

Desde lo contrario

Mi padre nació el doce de mayo. Gimena nacerá el próximo martes si insiste en seguir haciendo su primer regate al mundo. La criatura aún no sabe que aquí las cosas pasan te guste o no. Uno nació el día doce del quinto mes. La pequeña lo hará el quinto día del mes número doce. Justo al revés. Como la vida y la muerte.Ayer compré los primeros pañales para la niña. Tuve que pedir ayuda. Resultó que estaba confundiendo el paquete con otro de toallitas húmedas. Son tan pequeños, abultan tan poca cosa, que no era capaz de reconocerlos. No han pasado tres años desde que compré los del joven Guzmán y ya había olvidado el tamaño, el color y el precio de los pañales diminutos. Le quedarán grandes. Sin embargo, después de tres años y medio puedo recordar con una exactitud inquietante cómo mi padre se me moría delante de las narices sin que pudiera hacer nada. Todo al contrario. Llanto y alegría.Los padres están en el mundo para confundirles con los héroes si eres un niño, para odiarles cuando crees que te haces mayor y poderoso, para escucharles cuando dejas de hacer el memo y para llorarles cuando te faltan. Los hijos están para quererles sin condiciones, para dejarse los mejores años por el camino. Ignorancia eterna y conocimiento inmediato. La vida revuelta por siempre jamás.La vida se hace desde lo contrario. Nosotros mismos somos el otro lado. Lo que enseñamos o lo que dejamos oculto para poder disfrutarnos o sentir un odio que cualquier otro no podría mostrar nunca al mirarnos. Intentamos conocer para ser conscientes de lo poco que sabemos, tenemos hijos para dejar de serlo, amamos para sufrir un poco más, odiamos para sentirnos mejor, escribimos para que se imponga la ficción sobre la realidad que representamos. Siempre vemos la habitación reflejada en el espejo. Al revés, pensando que es la misma cosa.Gimena nacerá el cinco del doce. Mi padre lo hizo el doce del cinco. Una extraña coincidencia. Unos nacen el cinco del doce. Otros mueren ese mismo día un poco más. Las cosas de la vida. Lo inevitable al encontrarse en un mundo lleno de contrarios absurdos.


abr 22 2006

Mis alumnos más pequeños

Ana María ha conseguido ganar el premio de relato. Con un buen texto. Tan imperfecto que da gusto leerlo. Con su edad es normal. Casi saludable. Ya habrá tiempo de enmendar esas cuestiones técnicas.
Tiene quince años. Creo. Y no la he visto un solo día sin una sonrisa o un gesto de alegría. Da gusto trabajar con gente así.
Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. O más. No estoy seguro. Ha presentado su texto y no ha tenido suerte. Pero da lo mismo. Gana una y las dos se sienten satisfechas.
Ellas y el resto de mis alumnos miran el mundo desde un lugar que nos hemos construido para poder pasarlo bien, para hablar de los asuntos más disparatados que se nos ocurren. Han perdido el miedo a enfrentarse con ideas que antes causaban perplejidad. Si hay que mirar y encontrar basura se hace. Son un grupo de chicos y chicas que dedicarán sus esfuerzos a estudiar biología, ciencias exactas o derecho. Pero ahora reservan un par de horas a la semana para burlarse de lo feo, de lo incómodo, de lo que otros muchachos de su edad no saben ni que existe. Dedican su alegría a escribir, a escucharme cuando les leo un poema, a entusiasmarse con un buen texto.
Ana María ha conseguido ganar su premio de relato. Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. Y yo me siento un tipo afortunado porque comparto aula con ellas. Y con Clara, Andrés, Jaime, Elena, Cristina, Martín, Claudia…


abr 15 2006

Los regalos de la tía Flora

Solemos dar consejos con cierta facilidad. Los recibimos con bastante menos. Es normal. Cuando escuchamos a alguien dictando una especie de guía del buen hacer y entender sabemos que, en realidad, lo que quiere es convertirnos en su reflejo, en una mala copia que ya no cometerá errores a cambio de hacer las cosas del mismo modo que él mismo las vivió, eso sí, habiendo corregido ya los defectos. Y lo sabemos porque lo hacemos todos. No voy a dudar de nuestra buena intención cuando procuramos arreglar la vida de otros, ni voy a decir que eso de dar consejos es cosa de gente pesada. No lo creo. Pero sí me parece que la actitud del que se acerca para hacer un favor es siempre sospechosa. Cuando alguien hace algo que le hace sentir bien, malo.
Más de una vez me han dicho que estando dentro no podemos ver nada con claridad, que las cosas se ven mejor desde una zona neutral, desde la distancia necesaria para poder analizar y valorar las cosas. Desde ahí se dan los consejos. Y con la experiencia como certificado de garantía.
Pues no. Tengo aprendido desde hace tiempo que eso no es verdad. Cada problema es diferente y se resuelve de modo distinto, cada uno de nosotros queremos hacer con nuestra vida lo que nos parece mejor y esto incluye el poder cometer equivocaciones. Las cosas se ven con claridad cuando las sufres o disfrutas. Nunca desde una posición lejana. Puede ser que la experiencia de otro en circunstancias similares sirva de ayuda. Puede ser. Lo seguro es que la experiencia de uno mismo obliga a que tomes una decisión u otra. Mejor o peor, pero propia. Así no tenemos que convertirnos en copia de otro, podemos seguir siendo nosotros mismos.
No me gusta arreglar la vida de nadie porque tengo bastante con pensar en la mía. No me gusta que intenten ordenarme la existencia. Quisiera buscar mi propia felicidad o mi propia desgracia. Por ello recibo consejos como hago con esos regalos de la tía Flora: se agradecen y se meten en un cajón salvo que acierte y traiga justo lo que necesitaba en ese momento. Cosa rara. Y los doy porque, a veces, no tengo más remedio, pero con la esperanza de que no me hagan mucho caso.
Acabo de dejar el ejemplar de “El gatopardo” sobre la mesa. Aún suena “Reflections” de Stan Getz. Un libro estupendo. Igual que la música de Getz. Tengo la sensación de leer y escuchar lo olvidado. Al menos por casi todos.
El jazz de Getz es de ese que se podía bailar, que se escuchaba en las buenas películas (ese mismo o algún plagio más o menos descarado), de ese que la gente no escucha porque suena algo anejo. Conozco a más de uno que confundiría esta música con la que se puede oír en los ascensores o en las salas de espera de dentistas y ginecólogos. La novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa es uno de esos libros en los que el lector descubre el mundo. Una parte de él que es autónomo. Es una novela que no quería volver a leer. Siempre tengo la misma sensación con los relatos que me gustaron mucho al leerlos. Creo que si las abro de nuevo exigiré más de la cuenta y prefiero quedarme con esa primera y única lectura. Sin embargo, esta ha aguantado esta segunda y aguantaría muchas más. Tantas como soporta mi experiencia si le echo un vistazo. Podría hacer una larga lista con lo bueno, lo malo, los errores y los aciertos. De la novela y de mi vida.Pero ambas cosas son como son y nada puede cambiar lo que ya ha sido. Ni son modelos definitivos para nada ni nadie. Y el saxo de Getz suena añejo. Afortunadamente.


feb 9 2006

Ser una vida

El ser humano se esfuerza en tener una sola vida. Un paso, un gesto diferente al de ayer, un giro inesperado en la forma de ver las cosas, todo, ha de formar parte de uno mismo sin que genere ningún tipo de fisura en la única vida que queremos tener. Cada cosa hecha se amolda a lo que ya conservamos en nuestras bodegas. Le damos la forma necesaria para que así sea. Y el ser humano se esfuerza para que eso ocurra y poder ir construyendo una vida a medida. Una sola.
Sin embargo, es difícil que el resto perciba ese esfuerzo. Una paradoja sin pensamos que todos lo estamos intentando al mismo tiempo. Siempre ocurre que en un hombre o en una mujer se descubren un buen número de vidas distintas. Son tantos los descubrimientos como observadores tiene el individuo. Si te mira fulano sólo verá una parte que interpretará a su gusto, si lo hace mengano pasará lo mismo. El ser humano afanado en tener una vida auténtica y exclusiva se ve maltratado por la mirada parcial del otro. Y siempre pasa. Siempre.
Dicho así no tiene demasiada importancia. No la tiene. Pero podemos añadir lo siguiente: es esta la razón por la que nos hacemos daño unos a otros (esto es muy de personaje de Baricco). No tener en cuenta que el otro es un todo se convierte en peligroso e injusto. Tener en cuenta sólo lo que conocemos de alguien, desdeñando el resto, nos lleva a juzgar con error, a tratar con error, a provocar daño.
Mis alumnos y compañeros de la Escuela de Letras o del Liceo Europeo no imaginan, ni tienen en cuenta, mi vida profesional en la compañía para la que trabajo. Y, por supuesto, pasa lo mismo al contrario. En realidad, en cada uno de los sitios conocen una parte de mí. Desde luego incompleta. Ya sé que es este un ejemplo algo superficial, pero puede servir para ilustrar lo anterior. Pensemos en nuestra vida matrimonial, en nuestras amistades o en lo que queramos. Sirve igual. Somos muy diferentes porque nos ven muy diferentes aunque somos uno solo, un intento de vida única.
Pues bien, esa es la razón (al menos la causa en un buen número de ocasiones) por la que terminamos haciendo daño a otros, por la que no entendemos lo que nos quieren decir (una forma muy común de destrozar al que tenemos enfrente). Simplemente desconocemos buena parte de lo que es, de lo que representa una cosa u otra en su vida, de lo amado u odiado por él. Lo que llamamos equivocación o mal entendido suele ser desconocimiento. No solemos gastar mucho tiempo en pensar que lo que vemos no lo es todo, que las personas enseñamos una parte y nos vemos obligados a ocultar la otra para poder ser aceptados por un grupo o un sujeto concreto, o por pudor o por miedo.
El ser humano se afana en ser uno, en ser una vida, pero quiere convertir la de los demás en lo que sabe o puede ver del otro. Así ni es justo con otros ni consigo mismo, puesto que se niega la posibilidad de descubrir territorios ajenos que le pueden enriquecer. Y esto hace daño. Poco o mucho. Es igual. El caso es que no hay forma de ser felices. Al menos del todo.
Y pienso sobre esto porque el narrador que he elegido para una de las partes de la novela en la que trabajo no quiere saber y no puede tampoco. Me está creando una serie de conflictos entre los personajes que me traen de cabeza. Lleva a unos y a otros hasta situaciones de difícil solución y al escritor a un callejón sin salida. Creo que no es el punto de vista adecuado. Hay que elegir de nuevo.
Qué curioso. Escribo y pienso en estas cosas. Y rectifico. Sin embargo, no me lo suelo plantear en mi vida diaria. Me lo tendré que pensar un poco mejor e intentarlo con más frecuencia. Aunque espero que hacerlo sea algo más fácil que escribiendo novelas.