jul 11 2010

¡España, España, España!

Repetimos, un millón de veces, ese tiro a puerta de Cardeñosa. Con la pelota, con nuestras chapas y un garbanzo, en el patio del colegio, en el parque. Siempre eran gol. Fueron millones de goles. Todas las pelotas entraron excepto la que tiró aquel jugador en un mundial de fútbol que parece que nunca fue. Han pasado muchos años.
El penalti que falló Eloy frente a Bélgica nos dejó sin la fiesta de nuestra vida. Un árbitro egipcio nos dejó sin posibilidades ante el anfitrión coreano. Años antes, Michel había marcado un gol de ensueño frente a Brasil que cantó toda España y que no sirvió porque el árbitro dijo no.
El sueño de un niño que nunca se cumple. Pero esos sueños, los de un niño, son los únicos que pueden ser ciertos pasados los años. Son de verdad, son los que te hacen regresar a lo que fuiste, auténticos. No recuerdas cómo fue ese curso, ni si el mundo estaba patas arriba; si la primera novia apareció ese año no lo podrías asegurar, pero ese tiro a puerta que lo hubieras metido tú, ese, no lo olvidas jamás. Era la puerta por la que la selección nacional de fútbol iba a pasar para hacer historia. La historia de muchos.
Sólo dos cosas este año van a a tener sentados frente al televisor a todo el país. Las doce uvas del treinta y uno de diciembre y la final de la copa del mundo de fútbol. Todos, niños y mayores, unos con su sueño que se cumple siendo el primero que han tenido, otros con el sueño que arrastran desde niños y que, por fin, puede ser.
Ni la crisis va a desaparecer, ni las hipotecas bajarán, nuestros problemas seguirán en el mismo sitio. Pero un sueño se cumplirá y eso está por encima de todas las cosas.
No suelo hablar de mis dos pasiones al margen de la literatura. Toros y fútbol. Han sido miles de tardes sentado en una grada o en un tendido disfrutando a solas y a solas conmigo siguen. Pero hoy no me puede contener. ¡Vamos España! ¡Vamos España! ¡Vamos España!