ago 21 2011

Cumpleaños

Los días que se celebra algo son los días que dedicamos a pensar el pasado. Lo que está por venir deja de interesar. Es el presente lo que importa; un tiempo que se envuelve con todo lo que ha sucedido antes y que lo ha ido dibujando. Los días de celebración son días de balance. De un año a otro falta gente, sobra, el mundo está patas arriba, el trabajo tiene otra cara, los niños ya no lo son tanto y tú ya no eres tú. Pero, sobre todo, sabes que no has llegado al final. Celebrar significa revivir una y otra vez eso que te hizo feliz, eso que sabes es repetido y volverá a serlo mientras haya tiempo.
Estamos lejos de casa, pero el espacio no importa cuando se trata de celebrar. Eso es algo que puede hacerse en cualquier sitio porque lo importante no es donde estás sino el que estés.
Celebramos que el tiempo ha pasado y que, a pesar de que nada es lo mismo, todo sigue estando en su sitio. Siempre se celebra la misma cosa.
Es el cumpleaños de Silvia. Todo lo que tenemos en el equipaje ha merecido la pena. Ni más ni menos. El balance sigue siendo el mismo. Podemos continuar pensando el pasado cada cierto tiempo. Y, por delante, lo que tenga que ser. Juntos.
Felicidades, Silvia.


ago 16 2011

El hecho extraordinario

La vejez es algo extraordinario. Para los ancianos y para los que les rodean. Es algo que nunca se espera, que llega antes de tiempo, que oprime a unos y a otros. Extraordinaria por cruel, por su falta de belleza o por la imposibilidad de admirarla si es que la tiene, por la opresión que genera a los que creen estar de más o en los que miran la edad ajena como una carga imposible de llevar a cuestas. Incluso la vejez de los que mejor la muestran genera una angustia que tiene que ver con un final próximo y doloroso. La vejez es la inversa de la llegada a la vida. El olor de un niño no puede compararse. Huelen a vida. Los ancianos no; ellos despiden un aroma terrible a final.
La vejez arrastra obligación. Cuidados, lamentos, medicación. Y una espera demoledora para el que va a morir, para el que espera.
Hijos, amigos, yernos, nueras. Todos se ven aplastados por lo inevitable, por el proceso de degradación más doloroso que el ser humano tiene que vivir en otros, en sí.
Es curioso que los padres quieran ver a sus hijos crecer. Dan mucha guerra, pensamos. Es curioso que (esto es algo que nadie quiere reconocer) en algún momento queremos ver muertos a nuestros mayores (a veces por falta de fuerzas, agarrándonos a los que están sufriendo de forma gratuita o por la razón que sea. Eso cada cual sabrá). Y es curioso que, finalmente, echamos en falta esa niñez ajena y la presencia de los mayores. La carga de la niñez o de la vejez son muy parecidas. Y el recuerdo que dejan también. Olvidamos con rapidez el sufrimiento para recordar lo bello o agradable.
La vejez es algo extraordinario que debemos aprender a vivir. La de otros y la nuestra. Es una obligación que no debemos olvidar ni cambiar por lo fácil. Son las situaciones que nos colocan al límite las que nos dibujan como personas.
Mi abuela estuvo viviendo en casa hasta dos días antes de morir. Mi padre más o menos lo mismo. Mi madre vive conmigo (ya es mayor, claro). Mis suegros viven muy cerca de casa y sus problemas son los de la familia, sus limitaciones las nuestras y su sufrimiento el de todos. Una carga terrible. Con la que hay que saber convivir, guste más o menos. Una carga y un sufrimiento que no me impide decir (lo afirmo con todas mis fuerzas) que adoré a mi abuela, quise tanto a mi padre como se puede, espero tener a mi madre viva muchos años y a mis suegros también. Pero no deja de ser una enorme losa que reposa sobre mí. Casi tanto como la de tener cuatro hijos.
No pasa nada por llamar las cosas por su nombre. Eso no resta ni una pizca lo que se siente por ellos.
La vejez es eso que nos espera a casi todos para desdibujarnos y convertirnos en sombras de lo que fuimos. Para entristecer la mirada de los que nos quieren. Nos espera a casi todos. Y es extraordinaria.


jun 28 2011

Divorcio

Te descubro tras una página de ese libro que quedó a medio leer; en la taza siempre seca y boca abajo; en el lado del sillón procuro evitar. Te descubro sin saber qué hacer contigo.
Ni siquiera los viejos espejos me tienen respeto. Porque allí estás cepillándote el pelo con calma. Un reflejo tan falso como infinito.
Siempre es más doloroso lo leve que acompaña hasta el final. Eso decías. Y yo, sin creerte quise dar un golpe mortal. Un arañazo en el aire.


abr 4 2011

Biografía y Narración

Me han preguntado, un buen número de veces, si alguna de mis novelas son autobiográficas. Tengo por costumbre cambiar de tema para no contestar. Entre otras cosas porque el asunto requiere cierto grado de reflexión.
Cuando alguien pregunta algo así lo que quiere saber es si lo que ocurre durante la narración es lo que te ha pasado ayer o hace diez años, si los datos que aparecen en el relato se ajustan a una realidad personal. Y se formula esa pregunta sin tener en cuenta algunas cosas que son fundamentales. Por ejemplo, que una lista a modo de inventario anotando cada cosa que ha pasado a una persona no tiene valor narrativo en sí mismos. Además, la selección de esos datos ya es un problema. ¿Apuntamos todos? ¿Qué olvidamos? ¿Esto pasó así realmente o fue de otra forma? ¿Podemos estar ante un dato que creemos cierto cuando no lo es aunque estamos convencidos de ello? Por otra parte, ya lo he dicho alguna vez, el individuo puede renunciar a casi todo en la vida. Religión, verdad, amor, familia. Pero nunca a su propio relato. De hecho, cada día nos narramos nuestra propia existencia y nos vemos (como si fuéramos un personaje más) a través de lo narrado. Tal y como nos contamos, así nos vemos.
Entonces ¿qué puedo contestar cuando me preguntan si mis novelas son autobiográficas? La solución está en la experiencia. Es esto y no otra cosa lo que dará sentido a esa lista de datos que nos confunden por no saber si son ciertos o, sencillamente, porque faltan. La experiencia es el material narrativo en el que sujetaremos cualquier relato, en el que colocaremos esos datos para que tomen un sentido dependiendo de nuestra intención. Y en esta experiencia tendremos que incluir la propia y la vicaria. Es decir, yo puedo relatar la separación de una pareja sin haber vivido una situación similar porque conozco y me interesa. Incluso podría hablar de hechos lejanos en el tiempo por la misma razón. Jung ya dijo que los seres funcionan con arquetipos que guardan hasta la última lágrima que se derramó en este mundo. Y eso es importante para todos. Lo autobiográfico va desapareciendo. Si añadimos la dosis necesaria de fabulación, de ficción, esos datos biográficos quedan reducidos a ser parte de la trama. Pero nunca de lo que hablamos. Es de la experiencia y no de otra cosa. Con todo esto no quiero quitar ni pizca de importancia a lo biográfico. No puede desligarse una cosa de la otra, pero no, mis novelas, ni las de nadie que pretenda hacer literatura, pueden ser autobiográficas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 22 2011

Instante

Los años pasan y las prioridades evolucionan. Lo que antes era una ilusión al alcance de la mano se convierte en el recuerdo de un joven que se sentía capaz de detener el mundo entero. Las ideas se quedaron en eso, en ideas que forman parte de lo que alguien quiso ser. Los temores se sientan junto a ti en el autobús camino del trabajo, en la mesa para hacer una exquisita sobremesa; los encuentras tumbados en tu cama con los ojos abiertos de par en par porque nunca descansan. Todo lo que era sigue en su lugar exacto. Y si algo ha cambiado para mejorar un aspecto concreto es porque las cosas han empeorado por algún sitio distinto.
Nada cambia. Todo pasa, pero nada cambia. Nosotros pasamos. Nos guste o no.
Miro a mis hijos mientras juegan unos con otros. Los mayores hacen rabiar a los pequeños aunque luego lo solucionan a su manera. Les dejan algo suyo, algo de hermano mayor, y el problema se olvida en un instante. Miro y pienso que eso es lo que tengo que hacer. estar justo aquí. Observando lo que hacen, intentando que sepan que estoy junto a ellos. Quizás sea lo único que merece la pena. Mientras el mundo corre en una dirección difusa y, seguramente, equivocada, aquí nada cambia. Y esa imagen de mis hijos jugando es eterna. Incluso tengo la sensación de sentirme ilusionado, de poder gobernar las ideas como posibles, de no sentir temor alguno. Todo en el lugar exacto, en el que toca. Nada puede ser mejor.