sep 15 2012

Como polillas

Una polilla aletea alrededor de una bombilla. Choca, una y otra vez, contra el vidrio del farol intentando llegar a la luz. Ha de ser su objetivo, parece que en ello le va la propia vida. Eso creo. Prueba a encontrar una fisura por la que colarse dentro. Si lo consigue, bien quedará encerrada para siempre, bien se abrasará.
Estoy mirando hace rato. Quizás una pérdida de tiempo tan estúpida como el esfuerzo del lepidóptero. Para que no sea así, intento reflexionar sobre lo visto. Pensar sobre lo que tenemos enfrente es tarea pendiente de muchos que miran para no pensar. “Es al contrario” me digo siempre que gasto algo de tiempo frente al televisor. Y es que es justo al contrario. Sin duda.
Siempre queremos algo. Todos sin excepción. Queremos ser entendidos y una vez que lo conseguimos, nos aburre. Ya no tenemos nada que decir. Queremos ser amados hasta que alguien nos declara su amor y nos parece una horterada o el momento en el que la monotonía comienza a asaltar el día a día. La emoción (disfrazada de pasión o viceversa, quién sabe) termina por desaparecer. Es deseo de muchos que sus hijos tengan todo aquello que no pudieron tener ellos hasta que descubren un par de paquetes sin abrir el día de reyes porque ya no interesaba nada. Es entonces cuando aparecen las lamentaciones por la falta de aprecio a lo que se recibe. Soñamos pequeños triunfos en el puesto de trabajo diseñados para mejorar y descubrimos con horror que se convierte en una carga de responsabilidad mayor. Sólo eso. Un buen trabajo se convierte en un suplicio al poco tiempo….
En fin, sigo pensando sobre todo esto y voy a llegar a la conclusión de que somos como polillas que aletean rumbo a la luz que nos ciega, luz que no nos deja ver más allá de lo brillante. Podría ahorrar el sufrimiento del pobre insecto enrollando un par de folios y, de un sólo golpe, adelantar esa muerte segura, pero prefiero apagar la luz y dejar que busque otra. Quizás se repetirá lo mismo que hasta ahora o quizás en el viaje hasta la terraza del vecino un pajarillo la capturará. Esto último provocará la muerte placentera del que busca metas sin golpear vidrios como un loco, sin morir abrasado. Morir ilusionado debe estar bien. Ya lo descubriremos. Igual le hago un favor.

P.D.: Nunca maten una polilla. Dicen que quien no visita San Andrés de Teixido (localidad gallega maravillosa) estando vivo lo hará después de muerto. Si la matan, tendrá que volver a empezar. Tengan compasión.


jul 23 2012

Mirar hacia abajo

Mirar hacia abajo. No es mala cosa. Más en los tiempos que corren. Hemos estado, los últimos años, dirigiendo la mirada hacia los altos, comparándonos con personas por las que sentimos envidia (lamentablemente, por lo que tenían), acechando objetos deseados que no correspondían con nuestras posibilidades, preparando escaladas que -en muchos casos- se han quedado a medias o nos han dejado en lugares desde donde la caída ha sido terrible. Hemos intentado ser lo que que era imposible. Y hemos olvidado algo tan importante como es comparar nuestra posición con otras que son infinitamente peores. Eso significa constante decepción, un estado perpetuo de insatisfacción, un empeoramiento de la autoestima (individual aunque, también, colectivo). No hemos sabido valorar, apreciar, que son muchos los que viven en condiciones pésimas y que lo nuestro es casi un privilegio. Mirar hacia abajo y relativizar los problemas que para otros son casi un chiste. ¿No pueden salir a cenar pagando 50 € por cubierto? ¿No pueden cambiar de coche cada tres o cuatro años? ¿No van a poder estudiar en la universidad todos y cada uno de los jóvenes? ¡Oh, qué contrariedad, qué mundo tan horrible tienen que transitar estos chicos! ¡Serán ridículos! No tener agua corriente en casa, ni luz, ni un plato caliente que llevarse a la boca. Eso sí es un problema. Supongo que algo así es lo que piensan millones de pobres repartidos por todo el planeta cuando miran a occidente.

Hemos mirado hacia arriba. Y seguimos sin variar el gesto, sin modificar la actitud. Es eso lo que nos impide tener el más mínimo margen de maniobra ante la dichosa crisis. Si queremos salir adelante, es preciso que bajemos la cabeza para poder observar lo que debemos. Y esto no significa rendición. Eso es otra cosa. Se trata de relativizar, de modificar los parámetros al compararse. Si me fijo en algo peor puedo llegar a valorar mucho más lo mío. Incluso, por qué no decirlo, puedo sentir cierta felicidad (es lo que tiene compararse, tremendo, pero la mente del ser humano funciona de esa manera). Sin dejar la protesta sensata arrinconada; sin dejar de pedir lo nuestro. Nada de rendirse; buscando soluciones. Para uno mismo y para el que está allá perdido. Abajo, donde nunca miramos.

No hace falta que diga que me refiero a la actitud personal. Quedan al margen los movimientos políticos, económicos y religiosos. A políticos, banqueros, especuladores y religiosos (los que toman la religión como un fortín estúpido), los doy por perdidos. Siempre miraron desde arriba, pero para pisotear más fuerte.

Mirar hacía abajo y mirar bien. Por ejemplo, ¿de qué sirve mirar al suelo o a los sótanos comparando la prima de riesgo de unos y otros? ¿Se trata de saber que otros se mueren de asco? No; el objetivo es otro: valorar lo propio y ayudar al que está en peligro; valorar lo importante. La prima de riesgo nos la presentan como vital, como esencial. No lo es. Nunca lo fue. Es la gran excusa para desmontar sistemas. No es una herramienta con la que las personas puedan crecer y alcanzar sus objetivos individuales. La prima de riesgo y cualquier cosa de esta misma índole que aparecen en los medios de comunicación a diario.

Nos han enseñado que mirar al futuro es hacerlo hacia arriba. Eso es mirar por el enriquecimiento personal. Es bien distinto. Lo bueno es mirar abajo y diseñar un futuro en el que desaparezcan tantas plantas en las que vivir. Lo bueno es recuperar los valores, las ideologías, la condición humana que hemos cambiado por un billete de 20 €. Pensemos, miremos, ayudemos.


abr 2 2012

Más sola que la una

El pasado domingo estuve caminando por el Retiro y, de paso, echando un vistazo a las casetas de la Feria del Libro. Mi hijo pequeño y yo mismo habíamos sido abandonados por el resto de la familia. Ver como se desarrollan las batallas interestelares mientras comes palomitas tiene mucho tirón. Nos cambiaron por un tío vestido de negro que respira haciendo mucho ruido y que agarra una espada de luz con una mano ortopédica. Qué cosas. Saludé a las gentes de la profesión que estaban por allí (unos firmando libros, otros gastando el tiempo; los menos abandonados del mismo modo que nosotros). Me fui al poco tiempo. Demasiada gente, un bochorno incómodo. El bebé se había dormido y aproveché para sentarme en un banco a leer tranquilamente. No es habitual tener una oportunidad así, había que aprovechar. Casi al mismo tiempo, una mujer mayor (decir que era muy anciana es más exacto) se acomodó a mi derecha. “Qué suerte tienes, hijo, yo hace años que no puedo leer por la dichosa vista”. “Si quiere puedo hacerlo en voz alta”. Asintió, cruzó las manos apoyándolas en el regazo y esperó. Volví a abrir el libro por la primera página. “Enterrar a los muertos” de Ignacio Martínez de Pisón. Narra el asesinato de José Robles (poeta, ilustrador, traductor y profesor republicano) y el intento de aclarar el asunto por parte de John Dos Passos. Excelente obra. El bebé dormía, ella escuchaba, yo leía. Llegamos a la página cincuenta y uno. Guzmán se había despertado demandando algo de atención. Quise regalarle el libro. “Así se lo podrá leer un hijo o algún nieto”. “Vivo sola, guapo. Mis hijos vienen a verme de pascuas a ramos. Vivo más sola que la una”. Salimos juntos del parque. Se agarró de mi brazo y caminamos despacio hasta la puerta de la calle Menéndez Pelayo. Fue un rato estupendo. Me contaba, parando a cada poco, que ella vivía en Madrid cuando sucedió lo que Martínez de Pisón cuenta en su libro. No lo recordaba bien. La memoria apenas alcanzaba para poder rememorar el dolor de tripas cada noche por la falta de una cena abundante, a veces de una cena a secas. Un hermano pequeño, que murió antes de acabar la guerra, se llevaba buena parte de las raciones de los mayores. Once hermanos el año treinta y seis. Cuatro el treinta y nueve. “Ves que fácil es hacer feliz a una persona mayor. Sólo hay que hacer como si existiéramos, dejar que recordemos y escuchar un ratito”. Aunque me puse algo pesado, no dejó que le acompañase hasta su casa.
Hemos quedado en vernos los domingos, en el mismo banco, a la misma hora. Quizás el próximo le pregunte su nombre. No estoy seguro de quererlo hacer porque el vínculo será un poco mayor. En casos como este, no se puede fallar. No me lo perdonaría. De todos modos, quiero pensar que este no será el único libro que leamos juntos. Y es que llevo un par de días pensando que los ancianos existen aunque nos hagamos los locos. Y lo peor de todo es que nos estamos perdiendo lo mejor. Eso es seguro.


ago 21 2011

Cumpleaños

Los días que se celebra algo son los días que dedicamos a pensar el pasado. Lo que está por venir deja de interesar. Es el presente lo que importa; un tiempo que se envuelve con todo lo que ha sucedido antes y que lo ha ido dibujando. Los días de celebración son días de balance. De un año a otro falta gente, sobra, el mundo está patas arriba, el trabajo tiene otra cara, los niños ya no lo son tanto y tú ya no eres tú. Pero, sobre todo, sabes que no has llegado al final. Celebrar significa revivir una y otra vez eso que te hizo feliz, eso que sabes es repetido y volverá a serlo mientras haya tiempo.
Estamos lejos de casa, pero el espacio no importa cuando se trata de celebrar. Eso es algo que puede hacerse en cualquier sitio porque lo importante no es donde estás sino el que estés.
Celebramos que el tiempo ha pasado y que, a pesar de que nada es lo mismo, todo sigue estando en su sitio. Siempre se celebra la misma cosa.
Es el cumpleaños de Silvia. Todo lo que tenemos en el equipaje ha merecido la pena. Ni más ni menos. El balance sigue siendo el mismo. Podemos continuar pensando el pasado cada cierto tiempo. Y, por delante, lo que tenga que ser. Juntos.
Felicidades, Silvia.


ago 16 2011

El hecho extraordinario

La vejez es algo extraordinario. Para los ancianos y para los que les rodean. Es algo que nunca se espera, que llega antes de tiempo, que oprime a unos y a otros. Extraordinaria por cruel, por su falta de belleza o por la imposibilidad de admirarla si es que la tiene, por la opresión que genera a los que creen estar de más o en los que miran la edad ajena como una carga imposible de llevar a cuestas. Incluso la vejez de los que mejor la muestran genera una angustia que tiene que ver con un final próximo y doloroso. La vejez es la inversa de la llegada a la vida. El olor de un niño no puede compararse. Huelen a vida. Los ancianos no; ellos despiden un aroma terrible a final.
La vejez arrastra obligación. Cuidados, lamentos, medicación. Y una espera demoledora para el que va a morir, para el que espera.
Hijos, amigos, yernos, nueras. Todos se ven aplastados por lo inevitable, por el proceso de degradación más doloroso que el ser humano tiene que vivir en otros, en sí.
Es curioso que los padres quieran ver a sus hijos crecer. Dan mucha guerra, pensamos. Es curioso que (esto es algo que nadie quiere reconocer) en algún momento queremos ver muertos a nuestros mayores (a veces por falta de fuerzas, agarrándonos a los que están sufriendo de forma gratuita o por la razón que sea. Eso cada cual sabrá). Y es curioso que, finalmente, echamos en falta esa niñez ajena y la presencia de los mayores. La carga de la niñez o de la vejez son muy parecidas. Y el recuerdo que dejan también. Olvidamos con rapidez el sufrimiento para recordar lo bello o agradable.
La vejez es algo extraordinario que debemos aprender a vivir. La de otros y la nuestra. Es una obligación que no debemos olvidar ni cambiar por lo fácil. Son las situaciones que nos colocan al límite las que nos dibujan como personas.
Mi abuela estuvo viviendo en casa hasta dos días antes de morir. Mi padre más o menos lo mismo. Mi madre vive conmigo (ya es mayor, claro). Mis suegros viven muy cerca de casa y sus problemas son los de la familia, sus limitaciones las nuestras y su sufrimiento el de todos. Una carga terrible. Con la que hay que saber convivir, guste más o menos. Una carga y un sufrimiento que no me impide decir (lo afirmo con todas mis fuerzas) que adoré a mi abuela, quise tanto a mi padre como se puede, espero tener a mi madre viva muchos años y a mis suegros también. Pero no deja de ser una enorme losa que reposa sobre mí. Casi tanto como la de tener cuatro hijos.
No pasa nada por llamar las cosas por su nombre. Eso no resta ni una pizca lo que se siente por ellos.
La vejez es eso que nos espera a casi todos para desdibujarnos y convertirnos en sombras de lo que fuimos. Para entristecer la mirada de los que nos quieren. Nos espera a casi todos. Y es extraordinaria.


jun 28 2011

Divorcio

Te descubro tras una página de ese libro que quedó a medio leer; en la taza siempre seca y boca abajo; en el lado del sillón procuro evitar. Te descubro sin saber qué hacer contigo.
Ni siquiera los viejos espejos me tienen respeto. Porque allí estás cepillándote el pelo con calma. Un reflejo tan falso como infinito.
Siempre es más doloroso lo leve que acompaña hasta el final. Eso decías. Y yo, sin creerte quise dar un golpe mortal. Un arañazo en el aire.


abr 4 2011

Biografía y Narración

Me han preguntado, un buen número de veces, si alguna de mis novelas son autobiográficas. Tengo por costumbre cambiar de tema para no contestar. Entre otras cosas porque el asunto requiere cierto grado de reflexión.
Cuando alguien pregunta algo así lo que quiere saber es si lo que ocurre durante la narración es lo que te ha pasado ayer o hace diez años, si los datos que aparecen en el relato se ajustan a una realidad personal. Y se formula esa pregunta sin tener en cuenta algunas cosas que son fundamentales. Por ejemplo, que una lista a modo de inventario anotando cada cosa que ha pasado a una persona no tiene valor narrativo en sí mismos. Además, la selección de esos datos ya es un problema. ¿Apuntamos todos? ¿Qué olvidamos? ¿Esto pasó así realmente o fue de otra forma? ¿Podemos estar ante un dato que creemos cierto cuando no lo es aunque estamos convencidos de ello? Por otra parte, ya lo he dicho alguna vez, el individuo puede renunciar a casi todo en la vida. Religión, verdad, amor, familia. Pero nunca a su propio relato. De hecho, cada día nos narramos nuestra propia existencia y nos vemos (como si fuéramos un personaje más) a través de lo narrado. Tal y como nos contamos, así nos vemos.
Entonces ¿qué puedo contestar cuando me preguntan si mis novelas son autobiográficas? La solución está en la experiencia. Es esto y no otra cosa lo que dará sentido a esa lista de datos que nos confunden por no saber si son ciertos o, sencillamente, porque faltan. La experiencia es el material narrativo en el que sujetaremos cualquier relato, en el que colocaremos esos datos para que tomen un sentido dependiendo de nuestra intención. Y en esta experiencia tendremos que incluir la propia y la vicaria. Es decir, yo puedo relatar la separación de una pareja sin haber vivido una situación similar porque conozco y me interesa. Incluso podría hablar de hechos lejanos en el tiempo por la misma razón. Jung ya dijo que los seres funcionan con arquetipos que guardan hasta la última lágrima que se derramó en este mundo. Y eso es importante para todos. Lo autobiográfico va desapareciendo. Si añadimos la dosis necesaria de fabulación, de ficción, esos datos biográficos quedan reducidos a ser parte de la trama. Pero nunca de lo que hablamos. Es de la experiencia y no de otra cosa. Con todo esto no quiero quitar ni pizca de importancia a lo biográfico. No puede desligarse una cosa de la otra, pero no, mis novelas, ni las de nadie que pretenda hacer literatura, pueden ser autobiográficas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 22 2011

Instante

Los años pasan y las prioridades evolucionan. Lo que antes era una ilusión al alcance de la mano se convierte en el recuerdo de un joven que se sentía capaz de detener el mundo entero. Las ideas se quedaron en eso, en ideas que forman parte de lo que alguien quiso ser. Los temores se sientan junto a ti en el autobús camino del trabajo, en la mesa para hacer una exquisita sobremesa; los encuentras tumbados en tu cama con los ojos abiertos de par en par porque nunca descansan. Todo lo que era sigue en su lugar exacto. Y si algo ha cambiado para mejorar un aspecto concreto es porque las cosas han empeorado por algún sitio distinto.
Nada cambia. Todo pasa, pero nada cambia. Nosotros pasamos. Nos guste o no.
Miro a mis hijos mientras juegan unos con otros. Los mayores hacen rabiar a los pequeños aunque luego lo solucionan a su manera. Les dejan algo suyo, algo de hermano mayor, y el problema se olvida en un instante. Miro y pienso que eso es lo que tengo que hacer. estar justo aquí. Observando lo que hacen, intentando que sepan que estoy junto a ellos. Quizás sea lo único que merece la pena. Mientras el mundo corre en una dirección difusa y, seguramente, equivocada, aquí nada cambia. Y esa imagen de mis hijos jugando es eterna. Incluso tengo la sensación de sentirme ilusionado, de poder gobernar las ideas como posibles, de no sentir temor alguno. Todo en el lugar exacto, en el que toca. Nada puede ser mejor.


sep 20 2010

Brindis

Jamás habló con ella, nunca tuvo la posibilidad de acercarse para saber cómo sonaba su respiración. Sólo la vio durante cinco o seis segundos. Aunque fue suficiente. Las miradas encontradas, ese gesto de ella (que no terminó) inicio de un paso, las puertas del vagón que se cerraban para siempre. No hubiera sabido explicarlo, pero era ella.
Después de quince años (quizás alguno más) seguía viendo ese rostro con nitidez. La única certeza que recuerda.
Ahora, se ajusta el nudo de la corbata. Gris perla. El flequillo se sostiene perfecto. Los zapatos brillan. Alguien le pide que se apure. Tiene que ser el primero en llegar. Se sienta en la cama. Con tranquilidad. Viejos amores en la cabeza, los amigos, los disgustos, el viaje a Siberia del que casi no regresa. Y ese rostro. Era aquella. Se lleva las manos a los ojos y frota con rapidez. Le vuelven a decir que hay que salir ya. Le gustaría decir que no, deshacer el nudo de la corbata y seguir esperando. Durante años se ha repetido que nunca se sabe.
Agarra el pomo de la puerta. Abre. Sonríe. Estás desencajado, le dice alguien. Los nervios son fatales, dice otro. Alguien pide un tila. Antes de dar el primer sorbo, brinda en silencio. Por una vida entera que no fue.


sep 6 2010

La tibieza de su lengua

Mira a través de la ventanilla. El autobús recorre con pesadez el trayecto, como si sintiera pereza al hacerlo de nuevo. La enorme nube que cubre el sol imita estar dibujada, parece que siempre ha estado en el mismo lugar. Un joven besa a su pareja. Ella estira la espalda, el cuello; la columna se curva mientras ríe. Mira a través de la ventanilla procurando ser discreto. ¿Cómo sería un beso en el corazón?, piensa. El beso alarga los cuerpos; uno se prolonga con el otro. Pero estar dentro es otra cosa, ha de ser más, mucho más. Ahora, mira el respaldo que tiene delante, un trozo de plástico gris que toma forma, la de ella. ¿Que habrá sido de ella? Un beso enlaza los cuerpos, los arranca de sí en una entrega fulminante. La calidez de la lengua expresando con ternura el principio de los tiempos, el final del mundo. Dos cuerpos unidos. Pero sólo dos cuerpos pueden llegar a ser lo mismo si uno entra en el otro. Besar para poseer, por siempre. Un beso en el corazón. Mueve la cabeza de un lado a otro, nervioso. El cielo completamente azul. El gris del respaldo implacable. Duro.