ago 21 2011

Cumpleaños

Los días que se celebra algo son los días que dedicamos a pensar el pasado. Lo que está por venir deja de interesar. Es el presente lo que importa; un tiempo que se envuelve con todo lo que ha sucedido antes y que lo ha ido dibujando. Los días de celebración son días de balance. De un año a otro falta gente, sobra, el mundo está patas arriba, el trabajo tiene otra cara, los niños ya no lo son tanto y tú ya no eres tú. Pero, sobre todo, sabes que no has llegado al final. Celebrar significa revivir una y otra vez eso que te hizo feliz, eso que sabes es repetido y volverá a serlo mientras haya tiempo.
Estamos lejos de casa, pero el espacio no importa cuando se trata de celebrar. Eso es algo que puede hacerse en cualquier sitio porque lo importante no es donde estás sino el que estés.
Celebramos que el tiempo ha pasado y que, a pesar de que nada es lo mismo, todo sigue estando en su sitio. Siempre se celebra la misma cosa.
Es el cumpleaños de Silvia. Todo lo que tenemos en el equipaje ha merecido la pena. Ni más ni menos. El balance sigue siendo el mismo. Podemos continuar pensando el pasado cada cierto tiempo. Y, por delante, lo que tenga que ser. Juntos.
Felicidades, Silvia.


jun 28 2011

Divorcio

Te descubro tras una página de ese libro que quedó a medio leer; en la taza siempre seca y boca abajo; en el lado del sillón procuro evitar. Te descubro sin saber qué hacer contigo.
Ni siquiera los viejos espejos me tienen respeto. Porque allí estás cepillándote el pelo con calma. Un reflejo tan falso como infinito.
Siempre es más doloroso lo leve que acompaña hasta el final. Eso decías. Y yo, sin creerte quise dar un golpe mortal. Un arañazo en el aire.


mar 22 2011

Instante

Los años pasan y las prioridades evolucionan. Lo que antes era una ilusión al alcance de la mano se convierte en el recuerdo de un joven que se sentía capaz de detener el mundo entero. Las ideas se quedaron en eso, en ideas que forman parte de lo que alguien quiso ser. Los temores se sientan junto a ti en el autobús camino del trabajo, en la mesa para hacer una exquisita sobremesa; los encuentras tumbados en tu cama con los ojos abiertos de par en par porque nunca descansan. Todo lo que era sigue en su lugar exacto. Y si algo ha cambiado para mejorar un aspecto concreto es porque las cosas han empeorado por algún sitio distinto.
Nada cambia. Todo pasa, pero nada cambia. Nosotros pasamos. Nos guste o no.
Miro a mis hijos mientras juegan unos con otros. Los mayores hacen rabiar a los pequeños aunque luego lo solucionan a su manera. Les dejan algo suyo, algo de hermano mayor, y el problema se olvida en un instante. Miro y pienso que eso es lo que tengo que hacer. estar justo aquí. Observando lo que hacen, intentando que sepan que estoy junto a ellos. Quizás sea lo único que merece la pena. Mientras el mundo corre en una dirección difusa y, seguramente, equivocada, aquí nada cambia. Y esa imagen de mis hijos jugando es eterna. Incluso tengo la sensación de sentirme ilusionado, de poder gobernar las ideas como posibles, de no sentir temor alguno. Todo en el lugar exacto, en el que toca. Nada puede ser mejor.


sep 20 2010

Brindis

Jamás habló con ella, nunca tuvo la posibilidad de acercarse para saber cómo sonaba su respiración. Sólo la vio durante cinco o seis segundos. Aunque fue suficiente. Las miradas encontradas, ese gesto de ella (que no terminó) inicio de un paso, las puertas del vagón que se cerraban para siempre. No hubiera sabido explicarlo, pero era ella.
Después de quince años (quizás alguno más) seguía viendo ese rostro con nitidez. La única certeza que recuerda.
Ahora, se ajusta el nudo de la corbata. Gris perla. El flequillo se sostiene perfecto. Los zapatos brillan. Alguien le pide que se apure. Tiene que ser el primero en llegar. Se sienta en la cama. Con tranquilidad. Viejos amores en la cabeza, los amigos, los disgustos, el viaje a Siberia del que casi no regresa. Y ese rostro. Era aquella. Se lleva las manos a los ojos y frota con rapidez. Le vuelven a decir que hay que salir ya. Le gustaría decir que no, deshacer el nudo de la corbata y seguir esperando. Durante años se ha repetido que nunca se sabe.
Agarra el pomo de la puerta. Abre. Sonríe. Estás desencajado, le dice alguien. Los nervios son fatales, dice otro. Alguien pide un tila. Antes de dar el primer sorbo, brinda en silencio. Por una vida entera que no fue.


sep 6 2010

La tibieza de su lengua

Mira a través de la ventanilla. El autobús recorre con pesadez el trayecto, como si sintiera pereza al hacerlo de nuevo. La enorme nube que cubre el sol imita estar dibujada, parece que siempre ha estado en el mismo lugar. Un joven besa a su pareja. Ella estira la espalda, el cuello; la columna se curva mientras ríe. Mira a través de la ventanilla procurando ser discreto. ¿Cómo sería un beso en el corazón?, piensa. El beso alarga los cuerpos; uno se prolonga con el otro. Pero estar dentro es otra cosa, ha de ser más, mucho más. Ahora, mira el respaldo que tiene delante, un trozo de plástico gris que toma forma, la de ella. ¿Que habrá sido de ella? Un beso enlaza los cuerpos, los arranca de sí en una entrega fulminante. La calidez de la lengua expresando con ternura el principio de los tiempos, el final del mundo. Dos cuerpos unidos. Pero sólo dos cuerpos pueden llegar a ser lo mismo si uno entra en el otro. Besar para poseer, por siempre. Un beso en el corazón. Mueve la cabeza de un lado a otro, nervioso. El cielo completamente azul. El gris del respaldo implacable. Duro.


jul 21 2010

Viajes

Durante el verano de mil doscientos ochenta y seis, cuatrocientos hombres comenzaron el viaje que les llevaría hasta el lugar en el que se encontraba la fuente del conocimiento universal. Tomando un solo trago de aquel líquido lograrían conocer todo lo necesario para ser considerados sabios entre los sabios.
Lograron sobrevivir los seis primeros meses menos de la mitad. Fieras, tormentas y accidentes fortuitos fueron restando hombres y fuerzas al grupo.
Pasado un año, tan sólo cuatro hombres llegaron hasta el lugar que buscaban. Allí no había fuente alguna. Descansaron un par de días y comenzaron el camino de regreso. Regresaron un año después a su ciudad de origen. Los cuatro.
Contaron sus peripecias, los enormes sufrimientos que pasaron hasta llegar donde creían que había una fuente, la muerte de cada uno de sus compañeros. Un niño que escuchaba atentamente preguntó: ¿Cómo habéis logrado regresar los mismos que llegasteis hasta allí? Supimos evitar los peligros, replicó uno de los hombres. Así que la sabiduría es eso, murmuro el muchacho.
La expediciones se sucedieron año tras año. Los hombres que deseaban hacerse fuertes y sabios escuchaban el relato de los supervivientes, partían y no regresaban jamás. Ni uno solo lo consiguió. Escucharon con atención, sin decir una sola palabra, que ante las fieras lo mejor era luchar espalda contra espalda de un compañero. Entendieron que podrían separarse en parejas sin pensar que las fieras podrían devorar a dos hombres y nunca a cuatrocientos que se defendieran como uno solo. Escucharon, sin decir una sola palabra, que durante una tormenta lo mejor es protegerse en un lugar cerrado. Entendieron que cualquier lugar era bueno y muchos murieron ahogados al encerrarse en cuevas que estaban por debajo de la tierra y se inundaban con gran facilidad.
Poco a poco, los cuatro supervivientes murieron. Y, poco a poco, los hombres dejaron de sentir la necesidad de llegar a aquel lugar.
Hoy, miles de personas van y vienen a un lugar cercano pensando que lo hacen al verdadero. Allí, se venden camisetas y sombreros de paja, limonadas y fruta madura. Van y vienen. Ni pierden ni ganan nada. Tan sólo lo cuentan. Creen ser más sabios. Y, en su ignorancia, son más felices.


jul 1 2010

Desazón (2)

La arena se escapa entre los dedos. Cae en la mano que tiembla.
La espalda se arquea tocando la silla. Mira a un lado y a otro, entornando los ojos, relajando el gesto. Todo se pierde.
Escribe sin saber qué es.
Puño teñido de muerte.
Y apura la última copa ofrecida. Olvidada.
Ve cómo el tren se acerca. Nada puede pararlo. Espera.
De frente. Como le enseñaron.
Se deja llevar. Un instante le alza. Quizás mañana.


nov 19 2009

Desde mi atalaya

Hoy no haré uso de esa fina ironía que caracteriza mis textos. Hoy escribo para el común de los mortales en vez de para el lector de altura que visita este blog a diario. Hoy es todo diferente y mi exquisito discurso ha de ir en otra dirección. Hoy estoy hasta los huevos. Qué fácil decir algo así. Lo entiende todo el mundo, no genera una sola duda entre los lectores. Hasta los huevos, señoras y señores. Están leyendo un texto escrito por alguien que reduce su vida a muy poco. A estar hasta los mismísimos huevos.
Las razones son muchas. Sería largo y aburrido enumerar aquí cada una de ellas. Como sé que estas cosas hacen seguir leyendo a casi todo el mundo, voy a confesar algunas de ellas. Por ejemplo, estoy hasta los huevos de que los lectores de este blog se asomen para saber cómo me va en la vida. Aquí se puede saber poco. Es mejor llamar por teléfono o escribir un correo electrónico si es verdad que el interés es ese. La única explicación que se me ocurre es que, en realidad, el que se asoma con esa excusa (y, de paso, me pone de mala leche) lo hace para saber lo mal que va en la vida. Otra causa de mi lamentable situación emocional es que mis lectores se quejen de no entender nada de lo que escribo. No hace mucho alguien me decía “joder, te dedicas a escribir cosas que nadie entiende, baja ya de esa nube, eres humano como los demás, no eres un dios…”. No me digan que no es como para estar hasta los mismísimos huevos. Y la pregunta es ¿por qué coño lee nadie algo que no entiende? Supongo que le facilita la forma de llegar a una conclusión muy concreta. Este tío está fatal. Algo así. Más razones. Reírse del mundo cada día y que otros crean que te pasas el día atormentado, buscando salidas a una existencia vacía de sentido, queriendo morir joven para pasar a la posteridad como un hombre atormentado que no consiguió ser entendido. Eso si que me pone enfermo. Que no hombre, que no, que no estoy atormentado, ni soy un tipo gris ni nada que se le parezca. Lo que pasa es que decidí hace muchos años escribir como me saliera de los huevos y decir lo que me diera la gana y explorar la zona menos simpática de vivir. Y ya ven ustedes, queridos lectores, a mí eso me divierte, me parece de lo más cómico. Y, además, cuando me da la gana, digo que me gusto, que soy una persona muy inteligente y busco cosas que otros ni saben que existen y que puedo presumir de un motón de cosas. Más ancho que largo me quedo al hacerlo. Me gusta cómo escribo, cómo pienso y cómo vivo. Y me gusta, todavía más, que algunos me critiquen por ello y que se sientan como el culo después de leer mis cosas y verse reflejados en ese montón de mierda que suelto cada día en mis textos.
¿A que mola? A mí sí. Será que estoy hasta los huevos.
Lo que me deja más estupefacto es saber que alguien está leyendo esto, un texto lejos de la ironía y de la belleza estilística que me caracteriza, y que sigue haciéndolo cuando sabe que está a punto de echar espuma por la boca por el ataque de rabia. Pues sepa usted, señor o señora rabiosa, que ni me voy a bajar del caballo, si me voy a dejar de gustar, ni voy a pensar que soy un mierda. No, no lo pienso hacer. Ni usted va a dejar de leer mis textos en este blog. Le gustan porque cree ver en ellos un gran sufrimiento del autor o quiere tener alguien cerca del que poder apiadarse para sentirse bondadoso a más no poder.
Y ahora, después e descargar mi ira, voy a buscar el tono para escribir un texto difícil, de esos que nadie entiende, lleno de finura literaria. Después de esto ya no puedo decir que esté hasta los huevos. Ahora, lo que estoy es en paz conmigo mismo. Soy de fácil contentar.


oct 15 2006

Amenazas

La gripe avial nos amenaza. Y las bombas atómicas en manos de una banda de tarados. Y el cáncer para el que no encontramos solución. Y el SIDA que sigue avanzando sin piedad en los países más pobres. Y la clase política que se enriquece a costa de todos los demás. Y el capitalismo que arrasa con todo lo que encuentra, incluido el planeta Tierra, para que su maquinaria no pare nunca. Y el cambio climático que convertirá la primavera en un recuerdo lejano. Y las drogas que se llevan por delante la vida de miles de jóvenes cada año. Y los automóviles que pueden alcanzar velocidades impensables para que conductores idiotas se estrellen contra los más prudentes…
En fin, que se trata de elegir una forma de morir entre todas las posibles salvo la tranquila opción de una cama rodeada de personas llorando de pena. O de alegría.