Los años pasan y las prioridades evolucionan. Lo que antes era una ilusión al alcance de la mano se convierte en el recuerdo de un joven que se sentía capaz de detener el mundo entero. Las ideas se quedaron en eso, en ideas que forman parte de lo que alguien quiso ser. Los temores se sientan junto a ti en el autobús camino del trabajo, en la mesa para hacer una exquisita sobremesa; los encuentras tumbados en tu cama con los ojos abiertos de par en par porque nunca descansan. Todo lo que era sigue en su lugar exacto. Y si algo ha cambiado para mejorar un aspecto concreto es porque las cosas han empeorado por algún sitio distinto.
Nada cambia. Todo pasa, pero nada cambia. Nosotros pasamos. Nos guste o no.
Miro a mis hijos mientras juegan unos con otros. Los mayores hacen rabiar a los pequeños aunque luego lo solucionan a su manera. Les dejan algo suyo, algo de hermano mayor, y el problema se olvida en un instante. Miro y pienso que eso es lo que tengo que hacer. estar justo aquí. Observando lo que hacen, intentando que sepan que estoy junto a ellos. Quizás sea lo único que merece la pena. Mientras el mundo corre en una dirección difusa y, seguramente, equivocada, aquí nada cambia. Y esa imagen de mis hijos jugando es eterna. Incluso tengo la sensación de sentirme ilusionado, de poder gobernar las ideas como posibles, de no sentir temor alguno. Todo en el lugar exacto, en el que toca. Nada puede ser mejor.
Jamás habló con ella, nunca tuvo la posibilidad de acercarse para saber cómo sonaba su respiración. Sólo la vio durante cinco o seis segundos. Aunque fue suficiente. Las miradas encontradas, ese gesto de ella (que no terminó) inicio de un paso, las puertas del vagón que se cerraban para siempre. No hubiera sabido explicarlo, pero era ella.
Después de quince años (quizás alguno más) seguía viendo ese rostro con nitidez. La única certeza que recuerda.
Ahora, se ajusta el nudo de la corbata. Gris perla. El flequillo se sostiene perfecto. Los zapatos brillan. Alguien le pide que se apure. Tiene que ser el primero en llegar. Se sienta en la cama. Con tranquilidad. Viejos amores en la cabeza, los amigos, los disgustos, el viaje a Siberia del que casi no regresa. Y ese rostro. Era aquella. Se lleva las manos a los ojos y frota con rapidez. Le vuelven a decir que hay que salir ya. Le gustaría decir que no, deshacer el nudo de la corbata y seguir esperando. Durante años se ha repetido que nunca se sabe.
Agarra el pomo de la puerta. Abre. Sonríe. Estás desencajado, le dice alguien. Los nervios son fatales, dice otro. Alguien pide un tila. Antes de dar el primer sorbo, brinda en silencio. Por una vida entera que no fue.
Mira a través de la ventanilla. El autobús recorre con pesadez el trayecto, como si sintiera pereza al hacerlo de nuevo. La enorme nube que cubre el sol imita estar dibujada, parece que siempre ha estado en el mismo lugar. Un joven besa a su pareja. Ella estira la espalda, el cuello; la columna se curva mientras ríe. Mira a través de la ventanilla procurando ser discreto. ¿Cómo sería un beso en el corazón?, piensa. El beso alarga los cuerpos; uno se prolonga con el otro. Pero estar dentro es otra cosa, ha de ser más, mucho más. Ahora, mira el respaldo que tiene delante, un trozo de plástico gris que toma forma, la de ella. ¿Que habrá sido de ella? Un beso enlaza los cuerpos, los arranca de sí en una entrega fulminante. La calidez de la lengua expresando con ternura el principio de los tiempos, el final del mundo. Dos cuerpos unidos. Pero sólo dos cuerpos pueden llegar a ser lo mismo si uno entra en el otro. Besar para poseer, por siempre. Un beso en el corazón. Mueve la cabeza de un lado a otro, nervioso. El cielo completamente azul. El gris del respaldo implacable. Duro.
Durante el verano de mil doscientos ochenta y seis, cuatrocientos hombres comenzaron el viaje que les llevaría hasta el lugar en el que se encontraba la fuente del conocimiento universal. Tomando un solo trago de aquel líquido lograrían conocer todo lo necesario para ser considerados sabios entre los sabios.
Lograron sobrevivir los seis primeros meses menos de la mitad. Fieras, tormentas y accidentes fortuitos fueron restando hombres y fuerzas al grupo.
Pasado un año, tan sólo cuatro hombres llegaron hasta el lugar que buscaban. Allí no había fuente alguna. Descansaron un par de días y comenzaron el camino de regreso. Regresaron un año después a su ciudad de origen. Los cuatro.
Contaron sus peripecias, los enormes sufrimientos que pasaron hasta llegar donde creían que había una fuente, la muerte de cada uno de sus compañeros. Un niño que escuchaba atentamente preguntó: ¿Cómo habéis logrado regresar los mismos que llegasteis hasta allí? Supimos evitar los peligros, replicó uno de los hombres. Así que la sabiduría es eso, murmuro el muchacho.
La expediciones se sucedieron año tras año. Los hombres que deseaban hacerse fuertes y sabios escuchaban el relato de los supervivientes, partían y no regresaban jamás. Ni uno solo lo consiguió. Escucharon con atención, sin decir una sola palabra, que ante las fieras lo mejor era luchar espalda contra espalda de un compañero. Entendieron que podrían separarse en parejas sin pensar que las fieras podrían devorar a dos hombres y nunca a cuatrocientos que se defendieran como uno solo. Escucharon, sin decir una sola palabra, que durante una tormenta lo mejor es protegerse en un lugar cerrado. Entendieron que cualquier lugar era bueno y muchos murieron ahogados al encerrarse en cuevas que estaban por debajo de la tierra y se inundaban con gran facilidad.
Poco a poco, los cuatro supervivientes murieron. Y, poco a poco, los hombres dejaron de sentir la necesidad de llegar a aquel lugar.
Hoy, miles de personas van y vienen a un lugar cercano pensando que lo hacen al verdadero. Allí, se venden camisetas y sombreros de paja, limonadas y fruta madura. Van y vienen. Ni pierden ni ganan nada. Tan sólo lo cuentan. Creen ser más sabios. Y, en su ignorancia, son más felices.
La arena se escapa entre los dedos. Cae en la mano que tiembla.
La espalda se arquea tocando la silla. Mira a un lado y a otro, entornando los ojos, relajando el gesto. Todo se pierde.
Escribe sin saber qué es.
Puño teñido de muerte.
Y apura la última copa ofrecida. Olvidada.
Ve cómo el tren se acerca. Nada puede pararlo. Espera.
De frente. Como le enseñaron.
Se deja llevar. Un instante le alza. Quizás mañana.
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