jul 1 2010

Desazón (2)

La arena se escapa entre los dedos. Cae en la mano que tiembla.
La espalda se arquea tocando la silla. Mira a un lado y a otro, entornando los ojos, relajando el gesto. Todo se pierde.
Escribe sin saber qué es.
Puño teñido de muerte.
Y apura la última copa ofrecida. Olvidada.
Ve cómo el tren se acerca. Nada puede pararlo. Espera.
De frente. Como le enseñaron.
Se deja llevar. Un instante le alza. Quizás mañana.


nov 19 2009

Desde mi atalaya

Hoy no haré uso de esa fina ironía que caracteriza mis textos. Hoy escribo para el común de los mortales en vez de para el lector de altura que visita este blog a diario. Hoy es todo diferente y mi exquisito discurso ha de ir en otra dirección. Hoy estoy hasta los huevos. Qué fácil decir algo así. Lo entiende todo el mundo, no genera una sola duda entre los lectores. Hasta los huevos, señoras y señores. Están leyendo un texto escrito por alguien que reduce su vida a muy poco. A estar hasta los mismísimos huevos.
Las razones son muchas. Sería largo y aburrido enumerar aquí cada una de ellas. Como sé que estas cosas hacen seguir leyendo a casi todo el mundo, voy a confesar algunas de ellas. Por ejemplo, estoy hasta los huevos de que los lectores de este blog se asomen para saber cómo me va en la vida. Aquí se puede saber poco. Es mejor llamar por teléfono o escribir un correo electrónico si es verdad que el interés es ese. La única explicación que se me ocurre es que, en realidad, el que se asoma con esa excusa (y, de paso, me pone de mala leche) lo hace para saber lo mal que va en la vida. Otra causa de mi lamentable situación emocional es que mis lectores se quejen de no entender nada de lo que escribo. No hace mucho alguien me decía “joder, te dedicas a escribir cosas que nadie entiende, baja ya de esa nube, eres humano como los demás, no eres un dios…”. No me digan que no es como para estar hasta los mismísimos huevos. Y la pregunta es ¿por qué coño lee nadie algo que no entiende? Supongo que le facilita la forma de llegar a una conclusión muy concreta. Este tío está fatal. Algo así. Más razones. Reírse del mundo cada día y que otros crean que te pasas el día atormentado, buscando salidas a una existencia vacía de sentido, queriendo morir joven para pasar a la posteridad como un hombre atormentado que no consiguió ser entendido. Eso si que me pone enfermo. Que no hombre, que no, que no estoy atormentado, ni soy un tipo gris ni nada que se le parezca. Lo que pasa es que decidí hace muchos años escribir como me saliera de los huevos y decir lo que me diera la gana y explorar la zona menos simpática de vivir. Y ya ven ustedes, queridos lectores, a mí eso me divierte, me parece de lo más cómico. Y, además, cuando me da la gana, digo que me gusto, que soy una persona muy inteligente y busco cosas que otros ni saben que existen y que puedo presumir de un motón de cosas. Más ancho que largo me quedo al hacerlo. Me gusta cómo escribo, cómo pienso y cómo vivo. Y me gusta, todavía más, que algunos me critiquen por ello y que se sientan como el culo después de leer mis cosas y verse reflejados en ese montón de mierda que suelto cada día en mis textos.
¿A que mola? A mí sí. Será que estoy hasta los huevos.
Lo que me deja más estupefacto es saber que alguien está leyendo esto, un texto lejos de la ironía y de la belleza estilística que me caracteriza, y que sigue haciéndolo cuando sabe que está a punto de echar espuma por la boca por el ataque de rabia. Pues sepa usted, señor o señora rabiosa, que ni me voy a bajar del caballo, si me voy a dejar de gustar, ni voy a pensar que soy un mierda. No, no lo pienso hacer. Ni usted va a dejar de leer mis textos en este blog. Le gustan porque cree ver en ellos un gran sufrimiento del autor o quiere tener alguien cerca del que poder apiadarse para sentirse bondadoso a más no poder.
Y ahora, después e descargar mi ira, voy a buscar el tono para escribir un texto difícil, de esos que nadie entiende, lleno de finura literaria. Después de esto ya no puedo decir que esté hasta los huevos. Ahora, lo que estoy es en paz conmigo mismo. Soy de fácil contentar.


oct 15 2006

Amenazas

La gripe avial nos amenaza. Y las bombas atómicas en manos de una banda de tarados. Y el cáncer para el que no encontramos solución. Y el SIDA que sigue avanzando sin piedad en los países más pobres. Y la clase política que se enriquece a costa de todos los demás. Y el capitalismo que arrasa con todo lo que encuentra, incluido el planeta Tierra, para que su maquinaria no pare nunca. Y el cambio climático que convertirá la primavera en un recuerdo lejano. Y las drogas que se llevan por delante la vida de miles de jóvenes cada año. Y los automóviles que pueden alcanzar velocidades impensables para que conductores idiotas se estrellen contra los más prudentes…
En fin, que se trata de elegir una forma de morir entre todas las posibles salvo la tranquila opción de una cama rodeada de personas llorando de pena. O de alegría.


may 12 2005

Cerrar una novela

Ayer uno de mis alumnos me llamó por teléfono para decirme que estaba leyendo una novela y que alguna de las partes le aburrían mucho. “Me he quedado dormido leyendo la descripción que hace de la ciudad. No puedo, Gabriel, de verdad que no puedo”. Le recomendé que se las saltase. Durante un par de segundos, guardó silencio. Parecía esperar a que me desdijera o a que confesara que le estaba gastando una broma. No fue así, claro. “Pues pienso hacerlo” dijo con tono amenazante. Le contesté que se haría un gran favor a sí mismo y, también, al autor; que nadie escribe para aburrir, que nadie debe leer para sufrir.
A menudo, no comprendemos estas cosas. Nos disgusta que nuestros hijos lean novelas saltándose algunas páginas, que se aburran al leer una zona de exposición narrativa profunda, que cierren un libro a mitad de camino. Cosas que hemos o hubiéramos hecho en más de una ocasión y que no hacemos o hicimos más por vergüenza que por otra cosa. Sin embargo, si lo hace un jovencito con las hormonas revueltas (cientos de millones de hormonas revueltas) nos ponemos nerviosos creyendo que el chaval sólo piensa en tonterías, que no es capaz de concentrarse, que sólo le gusta estar tirado en la cama escuchando música. Esto, también, lo hemos hecho todos los adultos, pero lo tenemos olvidado. Quizás sea envidia.
Pues para mí que no pasa nada. Ya leerán tranquilamente, ya dejarán de decir tonterías (si es que las dicen), ya se harán mayores y pensarán que sus hijos son un desastre porque no se parecen a ese héroe que se llama papá. Hay tiempo para todo. Lo que no deben hacer es torturarse ahora con Joyce porque quizás si siguen haciéndolo nunca lleguen a ser buenos lectores. Ni malos.

P.D.: Antes de colgar, le dije a mi alumno que, en realidad, el autor no estaba describiendo la ciudad. Lo que intentaba hacer era un esquema del amor que sentía el personaje principal por una chica que le daba calabazas desde un año atrás. Antes de acostarme miré el teléfono móvil y encontré un mensaje que decía «¡Cómo mola! Estas cosas se avisan.»