oct 11 2007

A pierna suelta

Uno de mis pianistas preferidos es Red Garland. Y uno de los temas que más me hacen disfrutar es The Very Thought of You. Así que mientras escribo lo escucho y mientras usted lee puede hacer lo mismo. Si fuma encienda un cigarro, si bebe rellene su vaso. Si bebe y fuma calcule que morirá algunos años antes de la cuenta. Pero disfrute de la música de Garland. No lo piense más.
Estuve el pasado martes en el Teatro Real. Me acompañaba Guillermo R. El muchacho sufrió un k.o. técnico una hora después de comenzar la función. Apoyó la cabeza en mi hombro y no despertó hasta que no tuvo más remedio. Afirma que lo que vio le encantó. A mí me pasó lo mismo. Me encantó. Aunque no me dormí. Me encantó la ópera de cabo a rabo. Una puesta en escena algo discreta que no me terminó de convencer, pero en conjunto la cosa funcionaba bien porque sobre los que caía el peso al interpretar y al cantar estuvieron francamente notables. Algunos sobresalientes. Y el coro fantástico. Si tienen oportunidad pasen por el Real y echen un vistazo a la obra de Músorgsky. Borís Godunov. Hay entradas de sobra y merece la pena. Se perderán a Guillermo R. durmiendo a pierna suelta (todo un espectáculo), pero acudan, acudan.
Una de las cosas que tiene de bueno ir a la ópera es que ni fumas, ni bebes y (creo) ni piensas. Si disfrutas de lo que ves y de lo que escuchas el pensamiento deja de molestar. Si consumes ópera (son bastantes, no crean) la cosa cambia. Piensas en esto, en aquello, en lo difícil que es el idioma ruso, en la pinta de payaso que tiene el personaje que se ha dejado poner joroba, en que la flautista tiene unos kilitos de más. Piensas en todo menos en lo que toca. Y, encima, sin beber ni fumar. Es de agradecer que el mundo esté lleno de cosas que te permitan dejar de pensar. De lo contrario estaríamos todo el día dando vueltas al asunto de las banderas, al de la monarquía, a la subida del índice ese que nos está destrozando las cuentas de ahorro, dale que dale a lo viejos que estamos, a lo guapos que somos, a lo poco que disfrutamos, a lo mucho que nos debe la humanidad por ser tan estupendos o a la cara de panoli que tiene el presidente del gobierno. Porque la tiene. No hay más que mirar con un poco de atención para darse cuenta. Es parecido al caso de las banderitas en las ventanas y los pastelitos para celebrar eso de ser muy españoles. En este caso la cara de lelo se te queda a ti escuchando esas cosas.
Deberíamos atender más a los niños. Hasta aquí me ha gustado, pero ya no me interesa. Me duermo y cuando acabe todo este lío me avisas. Parece fácil.
Me aburro malgastando el tiempo en pensar lo que no me interesa para poder seguir dentro del mundo. Si no sabes cómo va la liga, que Rajoy se ha disfrazado de presidente del gobierno y Zapatero de dama de las camelias, que la bolsa ha subido o que el vecino del quinto se ha comprado un coche nuevo, si no sabes eso parece que estás de más.
Y la verdad es que me importa un bledo. Lo que ocupa buena parte de lo cotidiano me importa eso, un bledo. Será por eso que me dedico a escribir. Para pertenecer al mundo creado desde el lenguaje solo hace falta dejar de pensar en lo demás. Es como dormir a pierna suelta con cientos de personas alrededor. Eso creo.


jun 23 2007

El universo en una maleta

Estuvimos ayer en el Teatro Real. Concierto del contrabajista Charlie Haden y su banda Quartet West. Un excelente concierto de jazz aunque algo desangelado. Muchas butacas vacías. Alguien debería contar a los señores del Teatro Real que no todo el mundo puede pagar esos precios aunque los músicos sean de lo mejor del planeta. Y que hay que anunciar las cosas. Hacerlo con ganas de llenar.
Era la primera vez que Silvia y yo íbamos acompañados por mis alumnas María (junto a su novio Jose), Pilar y Monika. Buena gente y llena de ilusión por todo lo que hacen. Desde escribir (no lo hacen nada mal, pero nada mal) a escuchar buen jazz o compartir unas cervezas en una terraza de Madrid.
Como de costumbre, regresamos antes de lo que hubiéramos querido. Fue todo un alivio comprobar que la abuela Sagrario había sobrevivido a los cuatro jovencitos y que todo el mundo dormía tranquilamente al llegar.
Antes de acostarme estuve apuntando (en un papel que seguramente pierda entre hoy y mañana) asuntos que tengo que resolver y que he ido demorando por pereza. Cosas sin mucha importancia, pero que hay que ir solventando guste o no. Es la quinta mudanza que hacemos y la que más cuesta arriba se hace.
Aquí llegamos con dos hijos y unos pocos muebles. Nos vamos con cuatro muchachos dejando casi todo lo viejo y el mundo es otro. Durante estos años he aprendido muchas cosas, he tenido que olvidar muchas de las que sabía o creía saber, los valores que parecían ser los anclajes a la realidad fueron sustituidos por otros. Creo que me convierto, irremediablemente, en un hombre escéptico. Tan sólo alcanzo a creer en mi familia y en que sigo vivo. Quizás en un pequeño grupo de personas que no se han movido ni un centímetro en todos estos años. Aunque son muy pocos, demasiado escasos, y alguno no ha consentido modificar su egoísmo, su resquemor o su envidia, por lo que me hacen creer en eso y no en otra cosa si pienso en ellos.
La experiencia que da la edad, la única que termina sirviendo para sobrevivir, ha ido amasando y dando forma a la vida.
Las fieras acorraladas son mucho más inofensivas a las que se ocultan acechando en el camino. De las primeras esperas una reacción para la que te preparas. Con las otras sólo cabe esperar que la dentellada tenga remedio. Eso forma parte de la vida.
El miedo provoca que unos se arrimen a otros. Unos que estaban en un extremo y los otros que juraron no acercarse jamás a las orillas. El miedo te lleva a esos territorios negados. Eso, también, forma parte del juego.
La rabia de otro sólo puede acabar con tu propio silencio.
Lo bueno recibiendo golpes, aguantando lo imposible. Y cada mañana la reconstrucción que toca. Trabajo de artesano.
Y poco a poco, el mundo se achica, deja de importar lo grueso que suma cada vez más lejos para que el detalle brille y se convierta en guía.
Nos vamos dejando atrás lo viejo, arrastrando con cierta ilusión el futuro de los niños, un futuro que no nos corresponde, pero del que queremos disfrutar como propio; intentamos abandonar lo peor del recuerdo entre muebles que llegaron con nosotros y se quedan para siempre. Al cerrar la puerta sabremos que el mundo, que ahora es otro, habrá que diseñarlo de nuevo. Más pequeño, casi diminuto. Un mundo que costará mucho más que las entradas de ayer aunque mejor publicitado, pensado con ganas. Ese es el único asunto importante que queda por resolver. Y no está anotado en el papel que escribí anoche.


may 14 2007

Salvavidas

Ayer estuve con Silvia en el Teatro Real. Estreno mundial de la ópera “El viaje de Simorgh”. Un tostón colosal. Apenas entendí lo que me querían contar. Es posible que mi ignorancia sea grande, pero el hilo argumental no existía (de eso algo entiendo), el libreto era un disparate (propio de alguien que quiere demostrar a toda costa que su vida interior es envidiable), la música (salvo algunas zonas que despertaron nuestro interés) monótona. Sobraba el último tercio de la partitura. Contar lo mismo más de una vez es tedioso para el que escucha. Además, me lo podría haber repetido un millón de veces y hubiera seguido sin saber qué decía. En fin, hora y media de aburrimiento. Al final, pataleo y gritos por parte de los más puristas, tímidas palmas de muchos y entusiasmo de muy pocos. Si a todo esto le añado un ataque violento del polen que me ha provocado fatiga, una cantidad de mocos desconocida hasta ahora y un dolor de cabeza considerable, cualquiera puede figurarse que no es de esos días que quedan en el recuerdo por lo bien que se pasó.
Al llegar a casa conecté el reproductor de música con prisa, casi con preocupación. Escuchar el Intermezzo de Cavallería Rusticana o el aria Recitar!… Mentre preso dal delirio del Il Pagliacci sirvió de calmante.
Muchas veces es necesario recurrir a lo más familiar, a lo que conocemos y sabemos interpretar. Lo nuevo nos provoca cierto rechazo, nos inquieta porque no sabemos lo que significa. Y no sólo pasa con las manifestaciones artísticas, no; sucede con el cariño materno, con las directrices que el padre marca y terminan siendo acertadas, con los valores más tradicionales que escondimos siendo jóvenes y necesitamos recuperar antes o después. Lo conocido es uno mismo. Ya dije lo mismo de la soledad. Se convierten en un salvavidas para los momentos difíciles. Si faltan quedamos a merced de la corriente, nos asustamos por no saber hacia donde vamos, pataleamos y corremos el peligro de hundirnos sin remedio.
Por eso queremos hacer familiar hasta lo más grande. Y por eso no lamentamos sabernos solos.
Ayer leía un artículo en la prensa en el que se decía (entre otras cosas) que la ciencia busca a Dios en los genes humanos, que la coincidencia entre los humanos a la hora de creer en algo superior (muchas veces llamado Dios) les hace sospechar estar ante algo más propio del hombre de lo que se ha pensado antes. Yo me ahorraría el trabajo de investigación. En los genes lo que van a encontrar es miedo a la muerte, a no saber que hay más allá. La vida es lo más familiar que tiene el hombre, lo que hace que se perciba a sí mismo como lo que es; la muerte lo más alejado, el final de una existencia enclenque, solitaria. El miedo es lo que marca el tránsito entre una cosa y otra. Para muchos Dios es el vehículo que puede facilitar el viaje. Para pocos es una convicción verdadera. No está en los genes. Que no, que no. Buscando lo que llamamos fe sólo encontrarán la capacidad de aguante ante las dudas que plantea la vida (eso es la fe). Si buscan encontrarán miedos y supersticiones, preguntas sin solución salvo la estrictamente divina, lo irracional. Eso y un afán muy importante por agarrar lo conocido para sentirse vivo aunque en soledad. Sujetarse en eso o en el cariño de una madre o en un aria de la ópera preferida. Eso ya es igual. En cada momento lo que toque.


mar 3 2007

De blancos y negros

Lloré de emoción viendo una faena de Rafael de Paula en Sevilla, a un toro pequeño y manejable, pero encastado. Hace muchos años, tantos que no sabría decir cuántos, me quedé tan perplejo viendo una fotografía en el Museo de Arte Contemporáneo que un desconocido me acercó una silla para que me sentase. Así estuve un par de horas. Mirando la imagen sin poder levantarme. Hay poemas que siguen provocándome una colosal conmoción.
Ayer, a las ocho de la tarde, me senté en la butaca del Teatro Real sabiendo que algo especial iba a suceder. Iba a ver las óperas más representativas de la corriente verista del siglo XIX. Cavallería rusticana, primero. I pagliacci, después. Dos historias tremendas, llenas de celos y muerte. Denostadas por grupos puristas. Incomprensible para mí.
Cuando la orquesta atacaba los primeros acordes del preludio de la obra de Mascagni (la dirección de López Cobos magnífica) supe que durante los setenta minutos siguientes el universo quedaría reducido a un escenario lleno de blancos y negros, tal y como es la vida. Sentía que Silvia me miraba de vez en cuando. Me conoce lo suficiente como para saber que no puedo fingir ante algo de esas dimensiones. La soprano espléndida. Los coros, sencillamente, fantásticos y la música de Mascagni que no dejaba de golpear, una y otra vez, con la violencia de lo exquisito. La puesta en escena (aparentemente simplona y sosa, maltratada por la crítica de forma injusta) llena de una simbología que dictaba lo más humano. La vida. La muerte. Setenta minutos fuera del mundo.
Después, lo demás.
También muy emotivo, pero otra cosa. El tenor que interpretaba el papel de Canio estuvo muy bien. Eso es verdad.
Aunque yo seguía a lo mío. Viendo blancos y negros. Sobre el resplandor de una obra de arte que, después de escuchar tantas veces, me dibuja sobre un lienzo inacabado con un trazo algo más fino. Desde ayer. Después de esos setenta minutos.
En contadas ocasiones ocurren cosas así. Lo normal es que la vida te zurre, que ensanche las sombras. Por eso conviene contarlas. Sobre todo a uno mismo.