ene 10 2012

El recuerdo del pianista ciego

Conocí a Tete Montoliu hace muchos años. Fue en el colegio de ciegos de Madrid, el que está en el Paseo de La Habana. Allí trabajó durante muchos años mi padre como profesor de gimnasia. El pluriempleo que se arrima a las familias numerosas le llevó hasta aquel lugar.
Montoliu era un hombre amable y cercano. Se dejó caer por allí para asistir a la clausura del curso académico. Creo recordar. Ahora, después de tanto tiempo, escucho Where are you, un magnífico tema compuesto por Mac Hugh e interpretado por el pianista ciego, y recuerdo cómo me desordenó el pelo a modo de saludo. Ese día presidía el acto el mismísimo Francisco Franco. Solía ir alguna que otra vez para retratarse con los chicos ciegos. Ponía cara de pena, le fotografiaban y salía pitando. Supongo que alguna imagen apareció en el NODO. No lo sé.
Y aquí estoy. Fumando y escuchando su música. Después de tantos años, recordando ese gesto de su mano izquierda buscando la cabeza del chiquillo que era yo, una frase de elogio para mi padre y un señor bajito vestido de militar caminando muy rápido y rodeado de un montón de gente al que no se me tenía que ocurrir acercarme.
El recuerdo es así de curioso, de caprichoso. De algo enorme nos quedamos con un pequeño detalle, nunca con lo que no entra con cierta perfección en la memoria. De otro modo sería imposible poder sentir esa extraña sensación que causa ver, tocar u oler algo o a alguien. Si tuviera que resumir, por ejemplo, cómo ha sido este sábado tendría que recurrir a eso, a pequeños detalles que rodeasen el todo.
La vida de cada cual se resume en cuatro o cinco detalles. Los cuatro o cinco momentos que resumen lo que eres, lo que dejaste de ser y la intención de futuro. Cuatro o cinco. Pocos más. Lo demás lo eliminas por una cuestión de higiene vital. La mochila debe ir cargada con lo estrictamente necesario si no quieres convertirte en un museo decadente de tu propia existencia.
Recordar es saber que la vida ha servido de algo. Tanto si fue agradable como si te hizo sufrir, aquello te dibujó con algo más de nitidez. Y saberlo, poder sentir de nuevo aquello, hace que puedas cerrar los ojos para seguir pensando en los recuerdos que llegarán en el futuro.
Fumar y recordar un pequeño detalle. Y después continuar anotando en la memoria lo que ha de sustituir a lo que se convierte en accesorio. Un día más, quizás un recuerdo menos, los trazos propios mejor dibujados. O borrados para siempre. Nunca se sabe.


sep 13 2010

Diarios ajenos (2)

(Extracto del diario de E. J. J. correspondiente al día 26 de julio. Escrito cinco minutos después de conocer a la que ahora es su segunda esposa).
Apenas soy capaz de recordar el color de los ojos, el timbre de la voz. Miro su retrato y parece que fuera la primera vez que la viera. Los recuerdos ahora son los de otra. Tal vez me esté volviendo loco. Tal vez.
(A continuación garabatos sin ningún sentido hasta el final de la página).



jun 20 2010

Nombres (25)


Pepo.

Observa desde la ventana sin vidrios. Ahora, todo es gris. Sólo alguna mancha anaranjada escapa de las hogueras. Gira sobre sí mismo y busca en el suelo moviendo con el pie los objetos inservibles. Todo parece un amasijo estúpido. Va eligiendo con cuidado. Cuando cree que tiene todo lo necesario se sienta en un rincón. Va uniendo las partes de algo que ya tiene dibujado en el pensamiento. Sabe que no será lo mismo porque todo es extraño, desconocido, ni siquiera las formas de antes se pueden ver. Pero sabe, también, que si hay un camino para comenzar de nuevo es ese. No hay otro posible.

Mira el objeto terminado enarcando las cejas. Sonríe levemente. Comienza a probar. Y, cuando consigue sonidos parecidos a los que un día fueron, lo ordena todo pensándolo. No es perfecto aunque es lo más parecido a la música que recuerda.

Un hombre descalzo que busca algo con lo que proteger los pies, escucha. Se sienta y cierra los ojos. Decide esperar hasta el final.


dic 4 2009

Literatura

No se me ocurre nada peor que encontrarte con alguien, pensar que es un buen momento para contarle algo que te preocupa y que se dedique a decir lo que quiere escuchar él sin importarle un comino lo tuyo. Eso es el aburrimiento en su máxima plenitud.
Sólo cuando decides guardar silencio sobre algo y encuentras a un amigo por el camino con el que terminas hablando de eso, sólo en esas ocasiones, las charlas se hacen inolvidables y divertidas.
Hablar sin ton ni son es cosa que puede hacer cualquiera con cualquier otro. Escuchar con calma sólo lo puede hacer un verdadero amigo. Nadie más.
Cambien personas por libros, charlas por textos, y tendrán una idea muy aproximada de lo que puede ser la literatura. O un libro en el que se cuentan historietas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 6 2007

Guerra de guerrillas

La mentira siempre ha estado asentada cerca del ser humano. Sospecho que, entre otras, es una de las puertas que se debe abrir para que aparezca la conciencia de los niños. Entrar en sociedad es saber que la mentira existe, que puede liberarte de las consecuencias de un conflicto (aunque sólo sea de forma momentánea), que distingues entre lo que parece bueno y malo. Todos mentimos. Alguna vez lo hacemos.Mentimos para no hacer daño, para hacerlo, para parecer más de lo que somos, incluso para parecer menos. Mentimos sin saberlo, a nosotros mismos, sin justificación alguna, por miedo o por diversión. Cada cual sabrá lo que hace.Sin embargo, una forma de mentira es temible, sucia y lesiva hasta más no poder. Es la que tiene que ver con cómo se cuentan las cosas. Omitir un detalle importante sabiendo que existe, dejar caer algo aunque no estés seguro de si es así o no (siempre se sabe que no es así, pero algo de confusión generas en el que escucha), ir sembrando de interpretaciones erróneas lo que uno ha dicho o hecho. Es tan temible como común en la sociedad actual. Y da miedo porque esa fórmula se justifica sin grandes problemas, se acepta como una regla más del juego. Es la trinchera en la que nos encontramos a los que se saben llenos de complejos y tratan de acabar con otros intentando que las cosas se igualen en la ignorancia o en las limitaciones propias del que terminará fracasando haga lo que haga. Por ejemplo, ¿hay mejor forma de colocar a un hijo que es medio gilipollas en la empresa? Lo que hay bueno te lo cepillas diciendo barbaridades, creando dudas, planteando los asuntos de forma ventajista, llenas la empresa de pobrecitos que no tienen otro sitio al que acudir y dirán que sí a todo, arropas al niño que no quisieron en ningún otro lugar y ya tienes todo preparado. Para que tu hijito trabaje pareciendo algo y para que la empresa se desmorone antes o después. Más antes que después. El mundo se ha convertido en un paraíso para los que llevan la maledicencia a cuestas. Ya lo dije de internet. Pero en las empresas, también, medran un batallón de mediocres que quieren ser los reyes de los que ven siendo ellos los ciegos. Entre los que crees que son amigos aparecen capullos que parecen divertirse intentando enredar las cosas y haciendo añicos amistades viejas. En la vida política que se ha llenado de bobos a los que les gustaría hacer uso de un poder que se reduce a eliminar todo aquello que les hace sombra. A dañar para salir ilesos.Y siempre sin dar la cara. Desde la trinchera. Cobardes y necios. Pobres idiotas que no saben que lo único que consiguen es ganar algo de tiempo para naufragar más allá del punto de no retorno.Una lástima. Y lo peor de todo es que creo no haber mentido ni un poquito en estas líneas.


ago 28 2007

Más que un catedrático

Dice Eduardo que el euro tiene el mismo valor (exactamente el mismo) que la peseta en tiempos de la dictadura.
– Mire, Gabriel, usted podía comprar un piso por trescientas mil pelas y ahora lo puede hacer por trescientos mil euros. Con cuatro pesetas comía un bocata de calamares en la Plaza Mayor de Madrid. Hoy puede hacerlo por cuatro euros. Mucho cambio y mucha más palabrería para tan poco progreso. El mundo seguirá siendo la misma cosa mientras existan los políticos y las religiones. Lo único que quieren unos y otros es que nos reproduzcamos como piojos para conseguir más persones afines a lo que dicen. Cuando no es así organizan una guerra, dejan lo que les interesa y otra vez a reproducirse. Y así siempre. Lo mismo da que tengamos euros que pesetas, que gobierne un partido u otro, que Dios se llame Alá o Mahoma. Se lo digo yo que he limpiado los zapatos a miles de personas y esto enseña más que cualquier catedrático.
Hoy hace más calor. Este verano nos hemos acostumbrado a no sentirlo y cuatro o cinco grados de más nos parecen un calvario. Mientras conversamos un par de niños corretean a nuestro alrededor. Juegan a policías y ladrones. El que interpreta el papel de malo malísimo es alcanzado por las balas imaginarias del poli (un par de años mayor). Pero no pasa nada. Lleva puesto un chaleco antibalas. Más tarde nos enteramos de que es antibombas. Sobrevive a cualquier ataque del pequeño policía que decide jubilarse después de lanzar todo tipo de proyectiles que no causan ni un rasguño a su compañero de juego.
– Mirando a los niños uno termina sabiendo cómo está el percal, dice Eduardo mientras repasa el zapato derecho.
Ya les he dicho alguna vez que es el mejor limpiabotas de Madrid. Y el más divertido.
– Sólo juegan, respondo.
– No, no, no. Repiten lo que ven en la televisión.
Paseo hasta la parada del autobús. Escucho a Count Basie. Recuerdo a mi padre cuando suena All of me. Era una de sus canciones preferidas. Siendo yo un jovencito rebelde le acusaba de escuchar música de ascensor o de consulta odontológica.El autobús va de bote en bote. Entra una mujer embarazada. Nadie mira por si le toca la china. Me retiro lo que puedo para que, al menos, disfrute de unos centímetros. Pienso en los embarazos de Silvia. El conductor mira a la mujer. Frena y se levanta. Si no le ceden un asiento a la señora lo haré yo con el mío. Una mujer se levanta con prisa. No te había visto, hija.
Al llegar a casa me voy encontrando con los niños poco a poco. Uno en el salón escuchando música, otro en la terraza jugando con unos muñequitos que ordena en posición de combate, el tercero viendo la televisión y repitiendo las palabras mágicas de Donald para conseguir no sé qué. Gimena llega gateando desde el fondo del pasillo. Gateando y muerta de risa. Silvia ordena un armario. Mi madre creo que está desaparecida. Habrá huido. Normal. Presto atención a la música que suena. Blues for Nuria. Tete Montoliu.
– ¿No decías que esto era un coñazo? pregunto a Gonzalo.
– Es lo que estaba puesto en el equipo. Me daba pereza cambiarlo.
– Ah, ya. Perdone usted señor jovencito rebelde.
Salgo a la terraza. Después de treinta y cuatro años los edificios siguen siendo los mismos. Exactamente los mismos. Quizás tengan un aspecto algo mejor. Lavar la cara a las cosas no las convierte en algo diferente. El reloj del edificio de Telefónica (me encantaba mirar sus números rojos iluminados cuando era niño y pensar que debía ser enorme para que pudiera verlo desde tan, tan lejos) marca la hora. La vista no me alcanza. Miro el mío. Supongo que es la misma. O una muy similar.