abr 29 2012

¿Para qué sirve una crisis?

Del mismo modo que todo tiene un porqué, todo debería tener un para qué. Si nada ocurre por casualidad todo debería tener una utilidad.
La crisis que estamos viviendo es preocupante por una razón fundamental: nadie sabe lo que ha sucedido con exactitud. Y lo peor de todo es que nunca lo sabremos. Intuimos, nos intentan engañar, especulamos con lo que tenemos a mano; pero no sabemos, no tenemos un porqué seguro al que agarrarnos ya que nos escatiman el derecho a conocer, lo más sagrado que tenemos. Miles de millones de euros parecen haber desaparecido del mapa. Ya está. Eso es todo. La crisis es preocupante, sobre todo, por eso.
Aunque hay algo peor. La crisis está siendo dolorosa para los sectores más desfavorecidos de las sociedades. De momento, y sólo de momento, esto es así. Están pagando el pato los de siempre. Los pobres, los que siempre estuvieron bajo la suela de alguna bota. Pero la crisis que arrasa con todo lo terminará haciendo con todos. De una forma u otra, todos estamos padeciendo o sufriremos algo que en los libros de historia aparecerá como el peor momento económico y social de la historia de la humanidad. Y espero que los estudiantes, dentro de cien años, puedan sacar algo en claro, aprender la lección. Porque ahora nadie lo hace.
¿Para qué sirve todo esto? ¿Estamos aprendiendo algo de este dolor que se vive? Lamentablemente, parece que no. Ni nos están dejando ni estamos haciendo grandes esfuerzos para que así sea. ¿Es que nadie va a poner un poco de cordura entre tanto descontrol? ¿Es que nuestro grado de aborregamiento es tan grande que no vamos a reflexionar sobre algo tan terrible? Echo en falta que alguien diga de una maldita vez, en público, delante de las cámaras de televisión, que lo hemos destrozado todo, que hemos malgastado recursos naturales y económicos sin ton ni son, que ese no es el camino; que hemos perdido nuestra capacidad de lucha, que parece que lo único importante es poder gastar cuando es una gran mentira. Que hemos perdido nuestra capacidad de lucha por un mundo mejor y eso nos hace indignos. Echo en falta que alguien nos indique el camino posible que, desde luego, no es el del dinero. Sin embargo, lo que veo son políticos y banqueros, a los que creen que un buen reloj es el gran objetivo, intentando llevar a las personas al mismo lugar del que partimos antes de esta gran crisis. Sólo hablan de consumo, de reactivaciones económicas o de gaitas así. Otra vez en el lugar exacto. Esto es un disparate. ¿Tan cortos son de miras? ¿Tanto miedo se tienen unos a otros? ¿No saben que morirán como cualquiera de nosotros y que no habrá servido de nada tanta codicia y tanta estupidez? No parecen tener claro que nos veremos en el infierno. Todos.
Consumo, prima de riesgo, coponderar impuestos (¿qué significará semejante cosa?), créditos, recortes… Y ¿qué? ¿Por dónde hay que caminar? ¿Dónde han quedado las personas, sus necesidades y el sufrimiento de muchos?
Lo hemos hecho fatal y lo seguimos haciendo aún peor. Quieren que esto no se detenga, que volvamos al punto de inicio del desastre (eso sí, más pobres todos excepto ellos). Y nosotros sin mover un dedo. ¿Qué es lo que hace falta para que nos pongamos en marcha?
Busquemos un para qué con urgencia. Somos muchos más que los poderosos, que los que nos han llevado a la ruina. Busquemos. Y hagamos.


sep 14 2011

Ignorancia

Me resulta muy curioso escuchar a alguien cuando dice, por ejemplo, que estaría dispuesto a todo por amor. O que Dios no existe.
Alguien está dispuesto a cualquier cosa por amor. Muy bien. El día que escuchen algo así, hagan una prueba. Es sencilla y gratis. Si el individuo que afirma tal cosa es capaz de escuchar algo de lo que le dicen, formule una pregunta. Sólo una. Oiga, amigo, ¿podría definirme qué es eso del amor? Les garantizo diversión sin límite. Y si alguien niega la existencia de Dios o, al contrario, afirma con vehemencia que Dios está debajo del felpudo, pregunten al que lo dice qué es Dios. Eso ya puede ser la repanocha.
Nos pasamos la vida afirmando o negando cosas sin saber qué es eso que defendemos, por lo que estamos dispuestos a morir o lo que negamos aunque nos cueste ser asados en una parrilla. Y lo hacemos con una naturalidad que quita la respiración. Guerras, asesinatos, movimientos sociales inmensos e imparables se han producido por algo que no sabemos lo que es. Porque ¿qué es Dios? ¿Qué es el amor? ¿Qué sentido tiene lo que hacemos cada día? Ni idea ¿verdad? No hay problema. No se sientan inferiores. Los que han pensado sobre el asunto puede que sepan algo sobre ello. Pero no saben nada sobre lo que es un tomate o significa vivir en comunidad.
Somos ignorantes. No nos importa casi nada que no sea el yo de cada cual. Porque cuando decimos que nos vamos a tirar por la ventana por algo como el amor, lo que queremos decir es que nos queremos sentir amados, sea lo que sea. Ni más ni menos. Si defendemos la existencia de Dios es porque tenemos miedo a la muerte. A la propia. Todo tiene que ver con nuestra propia ignorancia, con nuestra propia existencia, con nuestro egoísmo y nuestro sentido de supervivencia.
Dicho así queda de lo más terrible. Pero piensen sobre ello. Tal vez no lo sea tanto. Tal vez sea mucho más saludable de lo que parece. Al fin y al cabo con amor o sin amor, con Dios o sin Dios, el mundo se reduce a lo que uno es y la percepción que tiene del universo. ¿O no?


oct 2 2010

Heroísmo

Caminaba entre los soldados que descansaban sin soltar el arma. Pronto escucharían el ruido del silbato. Un pitido agudo y eterno que les indicaría el momento de morir. Unos se apoyaban en las paredes de la trinchera; otros, sentados, hablaban entre ellos, jugaban a los dados o escribían en papeles arrugados. Muchos gastaban bromas a los más nuevos entre carcajadas. Siempre es lo mismo, pensó, cuanto más nerviosos están más se ríen. El sonido de un obús que llegaba hizo que todos hicieran un gesto rápido, casi histérico, como si pudieran hacerse más pequeños sobre el barro. Estalló cincuenta metros más allá de la trinchera. En tierra de nadie, gritó, pero cuidado que estarán corrigiendo el tiro. El próximo le arrancará los huevos de cuajo a unos cuantos. Y al escucharle algunos rieron. Los más asustados.
El silbato. Hombres subiendo por las paredes de barro, algunos cayendo con el cráneo agujereado, con el pecho humeante. Ruido de obuses. Cuatro o cinco al mismo tiempo. El humo no deja ver. Ruido, sólo ruido. Gritos. Disparos.
Pararon para descansar a medio camino. No habían sobrevivido ni un tercio de los hombres. Se cubrían con el cuerpo de los muertos. También de los heridos que maldecían a los suyos. Apoyó la cabeza sobre el cuerpo de un hombre al que había conocido poco antes. El silbato sonaba, pero nadie hacía caso. Fue entonces cuando un sonido parecido al de su silbato pudo escucharse. El enemigo. En un minuto los tendrían enfrente, con las bayonetas caladas, queriéndoles aniquilar. Los hombres comenzaron a correr en la dirección equivocada, no era una opción eso de huir como conejos. Aguantaron la posición quince o veinte.
Los gritos se acercan. Ya puede oírse cada pisada. Alguien ordena no parar hasta llegar a la trinchera de esos cabrones. Aquí hemos venido a que nos arranquen la vida y si no son ellos seré yo mismo. Un hombre pasa por encima de él y sigue corriendo. Otro más. Deben pensar que está muerto. Huele a sangre. Intenta no mover un solo músculo. Quizás tenga suerte. Un dolor repentino en los riñones. Insoportable. Siente que se le viene la sangre a la boca.
Trasladaron los cuerpos en carros de los que tiraban los prisioneros. El suyo estaba debajo de todos los demás. Aplastado, sucio, irreconocible.
El regimiento, dos mil quinientos hombres, se había reducido a treinta y nueve. Pasó a la historia de su país como el que mayor número de bajas sumó durante toda la guerra, como un ejemplo de heroísmo.


sep 21 2010

Cañas, marcianos y átomos

Acabo de dejar a Eduardo el limpiabotas (como ya sabrá usted es el mejor de Madrid). Después de tomarnos diez o doce cañas, de fumar paquete y medio (cada uno) y hablar de lo divino y de lo humano, hemos dado un paseo por la Avenida de la Castellana.
– Huele a crisis, don Gabriel. Huele a crisis que apesta. Inspire, inspire. ¿No lo siente?
– Pues no, Eduardo. Lo que huele es a humo.
– Ha dejado de ser un romántico. No me explico como alguien con tan poca sensibilidad se puede dedicar a escribir.
– Ni yo como alguien tan exquisito se dedica a lustrar calzado.
Después de nuestro encontronazo, no hemos tenido más remedio que entrar en un bar para tomarnos una cañas. Estábamos secos de tanto oler.
– Dígame una cosa, don Gabriel. ¿Es verdad que cree en Dios?
– Eso es irrelevante, Eduardo. Le voy a contar algo. Ponga un par de cañas más, jefe. Mire, cuando pienso en eso siento la misma angustia si decido creer o si decido negar su existencia. Es más que inquietante todo ese asunto. Por eso ya no lo hago con frecuencia.
– Y si resulta que somos los juguetes de un marciano cabrón.
– No beba más, Eduardo.
No he podido evitar verme metido en una bolsa de tela enorme junto muchos juguetitos pidiendo clemencia, pisoteado por pequeños marcianos cabrones, pinturrajeado por el más pequeño de los marcianos cabrones y, finalmente, abandonado en cualquier rincón de una casa verde llena de fotografías repletas de marcianos cabrones.
– ¿Cree en Dios?
– Otras dos cañas, por favor. Mejor en vaso largo. Es por no pedir cada treinta segundos. Gracias. Hace tiempo que dejé de saberlo, Eduardo. Hace ya mucho tiempo. Me conformo con pensar que los átomos que se organizaron de una forma muy concreta, un día, para que yo naciese seguirán en este universo colocados de otro modo, cada uno por su sitio, pero seguirán estando.
– Pues a ver si hay suerte y los míos se organizan para ser millonarios. Hay que joderse. Menuda mierda de átomos me tocaron en suerte. Me alegra que no lo sepa. Si llega a decir que sí o que no, me hubiera decepcionado. Siempre me pareció más que sensato.
– Ponga un par de jarras. Las últimas, Eduardo. Creo que me voy a desmayar.
– Joder, qué gracia. O sea, que tengo los mismos átomos que todo hijo de vecino, pero menos dinero. Mañana se lo cuento a todos los clientes.
– Yo contaré lo del marcianito cabrón. Vamos a cambiar el mundo, Eduardo.