jul 21 2010

Sobre eso que llaman “aldea global”

El mundo es, cada día, más pequeño porque el tiempo ha dejado de pasar con lentitud. Si algo sucede a diez mil kilómetros podemos enterarnos diez segundos después. Todo es cercano. Podemos llorar al mismo tiempo que el mundo entero y por la misma causa. El espacio se ha convertido en una excusa para que podamos fingir no saber. Sólo es eso.
El amor se está quedando enano por la misma razón. Amamos con rapidez. Con la misma con la que dejamos de hacerlo. Antes, mientras esperabas la carta que tardaba un siglo en llegar, tenías tiempo para fantasear, para inventar una relación que duraría la vida entera. Ya no. Todo es inmediato. Querer, odiar, morir, escapar.
La vida se hace corta. Siempre lo fue, pero ahora mucho más. El mundo (hasta no hace tanto) se reducía a lo poco que podías ver. El tiempo corría despacio para que pudieras paladear el entorno. Hoy tienes al alcance de la mano conocer el universo entero. Lo ves aunque no conoces más que una pizca. Y la sensación es desoladora.
El cosmos se hace más infinito que nunca. Nosotros más infelices. El hombre creó una herramienta para medir la distancia entre el nacimiento y la muerte (el tiempo) que se ha convertido en un mecanismo de tortura al hacernos sentir incapaces de disfrutar. Porque ha encogido.