may 15 2006

Tigres o leones

Qué bonito es saber cosas sobre la gente.
Recibo con gran alegría el comentario de texto que un antiguo alumno ha hecho de mi novela “In nomine filii”. Me produce enorme regocijo saber de él. Y su comentario también. Siempre me preocupa cómo se encuentra la gente que ha tenido alguna relación conmigo. Si este muchacho se hubiera significado con la misma brillantez que comenta novelas cuando intentaba escribir en mi aula no hubiera tenido una sola duda sobre su futuro. Le hubiera podido imaginar siendo escritor o serio aspirante. Una pena que ese intento de abrirse camino en el mundo de la literatura se quedara en nada. Me parece recordar que su intención era otra.
Quizás quiera llegar a ser crítico literario. No lo sé. De momento ha comentado algunos textos. Ya veremos si lo consigue o se queda a medio camino.
Digo esto porque la crítica la hacen los críticos. No se trata de recuperar apuntes de la facultad y soltar aquí y allá algunos parrafitos que adornen lo que uno quiere decir. Y si no te avisan de estas cosas, si te dicen que puedes ser crítico sin serlo, ocurre que puedes confundir la honestidad con ser duro (durísimo) con el texto, con su autor (del que sabe dos o tres cositas porque se las dijo él mismo y las suelta como cimiento para su comentario), con el autor del prólogo (al que menosprecia porque le saca quince o veinte libros de ventajas. Eso sí, le parecen todos malos), intentas desmontar la novela señalando un par de frases o tres y cosas por el estilo. Todo eso lo aderezas con dos o tres referencias a autores consagrados y tienes… un comentario de texto.
No pasa nada. A mí me ocurrió lo mismo cuando estudiaba el bachillerato. En una ocasión tuve que comentar un capítulo de “El Quijote”. Por entonces, aquel libro me parecía un tostón. Me quedé tan ancho diciendo lo que me vino en gana. Puse al pobre Cervantes a caer de un burro. Algo propio de un jovencito, de ese ímpetu que trata de arrasar con todo. Fui aclamado por mis compañeros por ese valor para decir las cosas sin miedo. Suspendí. Por decir las cosas sin saber de lo que hablaba. Eso sí, mientras escribí aquello me sentí algo parecido a un héroe de las letras.
De verdad que me alegra saber de la gente. Incluso cuando intuyo que su carrera como escritor se ha quedado en nada. Me alegra saber que siguen bien aunque dedicados a algo bien diferente de lo que fue su sueño. Eso de llegar a ser autor de novelas o poemarios es difícil. Muy difícil. Me encantaría que todos los alumnos que he tenido pudieran cumplir esos sueños, pero es imposible.
Lo que no me hace tan feliz es constatar algo de lo que vengo avisando hace algún tiempo. La clase política está enseñando a todos que vivir en un entorno crispado es mucho más rentable que hacerlo en lugares tranquilos en los que cada cual puede ser, y es, como es. Hemos aprendido a estar en el gobierno o en la oposición. A ser tigres o leones. Y eso es falso. Eso es rentable para los mediocres, para los que quieren que todos seamos igual de bobos que ellos. Y esos lugares son zonas oscuras desde los que operan los fracasados enviando por delante a otros que van a fracasar. El sabor de la derrota hace enloquecer al más pintado. Resquemor y envidia son malos compañeros de viaje. Te dejan clavado al terreno que detestas mientras otros siguen un camino más agradable.
El caso es que son muchos los autores que han sobrevivido a críticas tremendas. De buenos críticos, de los de verdad. Así que yo me mantengo tranquilo. Hasta que me toque fajarme con algo importante.
Un escritor que no escribe es eso. Ni más ni menos. Alguien que juega a ser crítico es eso. Ni más ni menos. Rastrear en literaturas ajenas las excelencias de la literatura está muy bien siempre que eso se utilice para mejorar uno mismo. Otra cosa es que los escritores sin obra, o los críticos de juguete, intenten valorar algo que ellos son incapaces de hacer. Sin aportar una sola línea a la literatura es difícil que te tomen en serio.
El mundo está lleno de periodistas que no lo son (echen un vistazo a los programas de televisión), de cocineros que aprendieron el oficio guisando rancho en un cuartel (echen un vistazo a los restaurantes económicos) o de escritores que escribieron no sé qué un mal día y siguen viviendo del cuento o simplemente no han escrito nada (echen un vistazo en los talleres literarios). Una pena.
Recuerdo que escuché decir a Alejandro Sanz (sí, el cantante) que sintió por primera vez que podría triunfar (o que había triunfado, no estoy seguro) el día que salió a la calle y un imbécil al que no conocía de nada le insultó mofándose de su forma de cantar. Hoy me pasa lo mismo que a él porque mientras los escritores de verdad sigan acercándose a mí para felicitarme por mis novelas lo que digan los que juegan a ser literatos me causa cierta indiferencia.
Mientras sigo disfrutando de lo que más me gusta hacer, otros disfrutan comentando lo que son incapaces de conseguir. La diferencia es grande. Y me alegra. Hoy me hace sentir bien cualquier cosa.


may 14 2006

Operación pañal

El joven Guzmán está viviendo su primer gran reto. Todos los adultos que le rodean intentan que deje de utilizar pañal. He de confesar que yo no. Me parece que no es el momento. Demasiado pronto. Pero en la guardería han comenzado y eso ha hecho que la maquinaria comenzase a funcionar. De momento el saldo es negativo. Algo ha hecho estando sentado en el orinal, pero poco. El resto en lugares diversos que van desde el salón al portal de casa.
Le pasa a Guzmán lo mismo que a todos nosotros cuando nos enfrentamos con las cosas a destiempo. Cada año conozco a un buen número de personas que no leen un libro ni aunque les torturen. Creen, desde el convencimiento absoluto, que la lectura es un esfuerzo, un coñazo, algo con lo que no hay que perder un solo minuto. Suelo preguntar, siempre que puedo, para intentar descubrir la razón de esa fobia. Y es muy habitual encontrarse con un problema que arrastramos hace muchos años. El que ha tenido que leer “La Celestina” o “El Quijote” por obligación no ha vuelto a leer por placer. Le enseñaron que leer servía para aprobar y una vez que los estudios acabaron la lectura desapareció. Eso en el mejor de los casos. Es mucho más frecuente topar con individuos que tienen esto del leer por algo espantoso y no hicieron el esfuerzo de acercarse a los libros cuando se lo exigían. Esos ni obligados ni sin obligar.
Desde luego a mis alumnos no les pasa eso. Leen a Cervantes y lo hacen bien, pero leen a Carver que les gusta más. Alternamos lo que para ellos es un tostón con libros mucho más cercanos, de lectura más cómoda, más placentera si el lector es un muchacho de quince o dieciséis años.
No descubro nada del otro mundo. Intentar asomarse a la literatura leyendo a James Joyce es un disparate. Cada libro tiene su momento para ser leído. Por eso cuando abrimos uno cualquiera y somos incapaces de pasar de la segunda página lo mejor es cerrarlo y ponerlo en lista de espera. Es esa una costumbre muy saludable.
He decidido comprar al joven Guzmán un par de libros de su edad, de esos que tienen pulsadores y las hojas de cartón muy grueso. El pobre está viviendo su primer gran reto y no quiero que se enfrente a libros para niños mayores. Bastante tiene con poner cara de “se me ha escapado” cada dos por tres. A ver si se va a estresar la criatura.