sep 22 2011

Pulsar la tecla delete no es hacer un tachón febril

Ya casi nadie escribe en cuartillas. Ya casi nadie escribe a mano. En realidad, casi nadie hace nada sin un ordenador delante.
La cadencia del rasgo sobre el papel se ha cambiado por el ruido confuso de las teclas. La mecánica de la escritura aplastando la tranquilidad del pensar.
Nunca será lo mismo escribir con el aroma de la tinta pegado al juego de la muñeca que concebir un mundo enmarcado en un objeto. Vida o vacío.
La idea nerviosa llega haciendo que la vista se concentre en lo que aparece. Sin saber qué es. La pluma se agarra con más fuerza. Todo tiende a desaparecer. Primero son palabras mal colocadas. Siguen los tachones febriles. Los ojos cerrados para que la concentración sea mayor. Por fin, eso que sólo tú puedes decir de esa manera. Tranquilidad.


jun 29 2010

Perseverancia

Siempre esconde una hoja de hierbabuena en el bolsillo de la chaqueta. Cree que es el olor que ella adora sobre todas las cosas.
Cada mañana acaricia la planta y elige un tallo. Corta con mimo y pide perdón con un susurro. Lo pasa por todas las yemas de los dedos, arranca con los dientes la punta de una hoja para paladearla y lo guarda en el bolsillo. Espera hasta escuchar el ruido de su puerta al abrirse. Y abre la suya. Bajan juntos en el ascensor. Apenas cruzan un par de palabras para saludarse. Otro par al despedirse. Pero le parece suficiente. Le gusta ver cómo entra en la cabina pequeña, cómo se apoya en el cristal del fondo, cómo cierra los ojos. Así disfruta de ese aroma preparado con mimo para ella.
Hoy se ha levantado unos minutos más tarde. Mientras termina de prepararse escucha el sonido de la puerta. Y unas voces. Ella habla con alguien. En lugar de salir, espera tras la puerta intentando entender. Ella dice que quizás tengan suerte, que igual no sale, que no sabe lo que huele ese hombre a hierbabuena, casi marea, que le recuerda los cocidos de su abuela, los que le obligaban a comer siendo niña. La otra persona ríe diciendo algo de forma entrecortada y no lo entiende.
Mete la mano en el bolsillo y tira con rabia el trocito de planta. Piensa rápido. Si no le gustaba el cocido algo habría que le encantara. Y comienza a buscar por la casa eso que desprenda el olor que ella adora sobre todas las cosas. Una mujer amada merece siempre las mejores atenciones, piensa.


feb 7 2010

Gente Corriente

La gente corriente quiere ir de compras, no pagar mucho por su hipoteca, ver un buen vídeo la tarde del domingo o poder salir a cenar fuera de casa de vez en cuando. Cosas de ese estilo. Alcanzar la verdad absoluta (si es que eso es posible), reflexionar sobre la trascendencia de su ser o intentar saber si Dios creo el mundo y deja que se haga añicos como si no pasara nada (esto se lo creen unos y lo niegan otros sin más), importa bastante menos. Estos asuntos se los dejan a los cuatro o cinco que toman por locos o por inmensamente listos o por inmensamente tontos.
La gente corriente dedica su tiempo a trabajar, a estudiar, a sufrir, a preocuparse por sus hijos, a cabrearse con ellos, a reír y a llorar. Dejan que sean otros los que se ocupen de sí mismos. Otra cosa les parecería un auténtico aburrimiento.
A mí me gusta la gente corriente. Y, encima, es el grupo más numeroso de todos, donde mejor se puede elegir. Si te equivocas tienes recambios a diestro y siniestro. Me gusta esta gente porque hacen del mundo un lugar agradable, simpático. ¿Puede alguien imaginar un mundo en el que todos nos preguntásemos sobre si Dios es uno y Trino? Menudo tostón.
La pena es que el mundo no lo domina esta gente tan corriente y tan simpática. No. El mundo está en manos de gente mediocre. Esos me caen peor. Imponen su ley desde los medios de comunicación (generalmente mediocres), desde el dinero, la abundancia y la idiotez. Los corrientes, los locos, los increíblemente listos, casi todos, se encuentran envueltos en ese mundo pintado a base de brochazos carentes de talento aunque muy caros y muy de marca.
Digo todo esto porque hoy me han dado una alegría. Me han dicho (alguien tan normal y corriente que parecía humano) que lee este blog porque le resulta agradable acercarse a mis cosas sin necesidad de jurar haber leído a Faulkner o tener que atarse una escoba a la espalda para parecer muy digno antes de leer uno de mis textos.
Me han llamado de todo en mi vida. Cosas horribles, cosas rodeadas de almíbar que daban asquito. Pero normalucho, corriente o algo parecido, jamás. Y esto me alegra mucho. Pero mucho, mucho.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 16 2010

Desmayos por doquier

Causar desmayos entre el personal es algo relativamente sencillo. Entregas a alguien lo que le falta -eso que nadie es capaz de percibir de forma intuitiva y que arrastra como carencia desde hace años- lo colocas en el lugar adecuado, y ¡voilà! La gracia es saber qué es eso que tanto extraña el que tienes enfrente. Y la desgracia es confundirlo con un abrigo de alta costura, una cuenta corriente hasta los topes de pasta o una tarjeta de crédito sin límite alguno. Personas que tienen todo eso y mucho más se desmayarían con una mirada limpia de alguien que les quisiera de verdad, que les hiciera sentir que están viviendo algo importante y no una serie enlatada en la que hasta las risas son una castaña pilonga.
Los que tienen cosas por las que sonreír aunque no tienen con quién compartir la más mínima de esas alegrías están muertos. Los que sobreviven a diario a base de dar para recibir felicidad que caduca a la media hora saben que terminarán en una consulta austera adornada con un diván. El mundo está plagado de muertos que sonríen para que no lo parezca. Aunque, al acostarse cada noche, sienten que no controlan nada de lo que pasa, que todo es una mierda al lado de lo que desearon tantas veces.
¿Qué es eso que falta con tanta frecuencia a la gente y que tanto les destroza? Poder ser, la autenticidad de una existencia efímera, la sensación de que pintamos algo en este escenario, obedecer lo que nos dice el deseo que machacamos, a diario, para que nos acepten como personas normales. Lo que nos falta es la ausencia de normalidad. ¿Desde cuándo el ser humano es normal? ¿Qué demonios es eso de integrarse necesariamente para sobrevivir en un grupo que te parece aburrido y patético? Se trata de vivir. Y eso es cosa de cada uno de nosotros. No podemos depender exclusivamente de un grupo, ni de otra persona. Es el yo el que está desapareciendo.
Por todo esto, la gente está dispuesta a desmayarse a la primera oportunidad que encuentra. Por todo esto, hombres y mujeres se caen redondos al suelo cuando alguien les ofrece una oportunidad para que no tenga que fingir ni un solo minuto estando a su lado.
La propuesta es sencilla. No se nieguen a ser lo que son. Intenten que los demás hagan lo mismo. No dejen de provocar desmayos por doquier. Sean ustedes mismos los que se desmayen regularmente. Y, sobre todo, no confundan esto con el dinero o con escribir un mal poema a su pareja. Eso lo que provoca es muerte, amargura y situaciones de lo más ridículas. Por doquier.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano