jun 17 2010

La cara oculta

– ¿Te gustaría vivir quinientos años?
– Ya tengo bastante con estar muriéndome durante setenta u ochenta.
– Pero podrías llegar a saber mucho más, entenderías casi todo.
– Es no saber lo que te hace grande. Correr detrás de las respuestas. Echar contestaciones dentro del equipaje hace que dejes de preguntar cuando crees que es suficiente. Y siempre parece que lo es.
– Pues nada, te pegas un tiro y arreglado. Así te libras de este martirio. Qué pesimista eres.
– ¿Has pensado alguna vez que el que se levanta la tapa de los sesos lo puede hacer para ser honesto con su propia existencia?
– No.
– Pues yo sí.


jun 17 2010

Pedir auxilio

Eduardo, mi buen amigo, está algo triste. Conoció a una mujer hace unos meses, se enamoró y las cosas no parece que vayan bien. Ella dice estar “muy locamente enamorada de sí misma” y “un poco” del mejor limpiabotas de Madrid.
Hemos tomado un café. Me ha pedido que escribamos entre los dos una carta breve y práctica a su amada. Esto es lo que salió en un primer intento.
“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Pero los días son diferentes para cada uno de nosotros y tus lunas no se parecen a las mías. Y yo no te daré nada porque se acabó cuando caminabas a mi derecha por si tropezaba o acaso tuvieras que agarrar una mano para no caer. Serán los años los que me devuelvan esas miradas cómplices en una fiesta que decían “soy tuya”. Me las traerán inmóviles sobre un recuerdo que se escurrió hace tiempo entre las sábanas”.
Eduardo, dice que la mujer a la que ama no suele leer mucho y que esta redacción no es la adecuada, que si le da algo así le deja seguro. Al revisar el texto hemos decidido que, dadas las circunstancias, deberíamos modificar algunas cosas. No la esencia de lo dicho. Segunda redacción de la carta.
“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Ya nada es lo mismo. Si me dejas tú sabrás lo que haces, pero luego no vengas pidiendo explicaciones. Ya vendrás a pedir ayuda y ya te recordaré que me dejaste cuando más fastidiado estaba”.
Nada. No le gustó esa segunda versión. Eduardo, coño, qué quieres decir y cómo, le he preguntado. Pues que como me deje lo tiene claro conmigo, ha contestado. Pues venga, manos a la obra que tengo algo de prisa, dije. Tercera versión.
“Qué bien lo hemos pasado juntos y ya no somos capaces de mirarnos a la cara. Ahora o nunca”. (finalmente convencí a Eduardo para que eliminase la expresión “te lo advierto” que cerraba el texto).
Se ha guardado la servilleta en el bolsillo derecho del pantalón prometiendo tenerme al tanto de lo que pase.
Ahora pienso que, quizás, lo mejor hubiera sido entregar a esa mujer una nota que dijera “te necesito, no me dejes”. Eso o no decir ni pío. Las cosas son, casi siempre, más simples de lo que nos parecen.


sep 28 2009

Exclusivo

El problema de querer sentirse exclusivo es que nunca se logra serlo. Cualquiera desea ser el hombre único de la mujer que eligió en su momento o la mujer que representa lo único en el mundo; ser el adulto insustituible que hijos, sobrinos o nietos, buscan cuando se ven en aprietos; el amante perfecto; un amigo que no puede faltar y que no se podría cambiar por ninguna otra cosa. Ser exclusivo para sentir que la necesidad se hace aliada, para que la ausencia pese en otros cuando se hace un gesto de retirada lleno de soberbia. Porque ese deseo está lleno de eso, de soberbia. Pero el problema de querer sentirse exclusivo es que nunca se logra. Y la vida se llena de decepción, de incomprensión y de soledad.
Se ocupa el lugar que te dejan. Nunca el deseado. La importancia de lo que haces o dejas de hacer es relativa, unas veces importa y otras pasa desapercibido. El mundo está lleno de sustitutos. Cuando quieres aparecer encuentras tu hueco ocupado por el que crees que es un advenedizo y ventajista. Cometes un error y te ponen al final de la fila y todo lo anterior parece desaparecer como por arte de magia. Esfuerzos que sirvieron y que, sencillamente, ya no.
Nada hay peor que sentirse uno más. Nada hay más doloroso que perder un lugar privilegiado y ocupar el asiento que siempre miraste con miedo.
Soy especialista en ser exclusivo y perder mi condición a los diez minutos. O a los diez años. Eso es igual puesto que el pasado se reduce a lo que tarda el pensamiento en revisarlo. Cuestión de décimas de segundo. He ocupado lugares de privilegio perdidos, bien por cometer errores, bien porque el otro decidió que otra persona era la adecuada para estar allí. En cualquiera de los casos, busqué la razón pidiendo perdón, pidiendo explicaciones cuando no entendía nada. La culpa si la hay se multiplica, la rabia crece y no deja respirar, la pena llena el ademán al decir adiós. Porque no hay perdón. Si pierdes algo ya nada será nunca igual. No somos dioses bondadosos que todo lo perdonan. No. Somos personas que necesitan jugar con ventaja para ganar la partida. La bondad divina es la venganza humana. Así es como funcionan las cosas. Al menos así se piensan en el momento en el que pierdes tu exclusividad.
Y el problema es que quieres ser exclusivo a pesar de fracasar una y otra vez.