may 4 2010

Una vida por otra

Toledo. 1940.
La muchacha corre tan rápido como puede. El empedrado hace que, en lugar de alargar cada paso buscando la línea recta, salte buscando los cantos menos aparatosos para pisar allí. Ha de llegar antes de que el hombre salga por la puerta. Un par de niños le preguntan que dónde va. No contesta. Intenta acelerar el paso. Tiene que dar el recado. Ve como el hombre sale. Ella a cincuenta metros. Piensa en gritar para advertirle. Una figura aparece frente al hombre, levanta el brazo estirado, algo en la mano. El hombre cae un instante antes de que ella escuche un sonido seco. Una pequeña nube de humo blanco en el extremo del brazo. Ahora camina despacio. La figura se aleja. Camisa azul, pantalón negro, botas altas de cuero, correaje de cuero sobre la camisa. La muchacha apenas se mantiene en pie. Todos se han metido con rapidez en sus portales, las ventanas cerradas. Un par de personas que pasan por allí se pegan al lado contrario de la calle. No miran, bajan la cabeza, las manos en los bolsillos. Se acerca. Supone que es él. La mancha negra a la altura de la nariz y la sangre no le permiten reconocerle. Se sienta junto al cadáver. Espera algo que no sabe qué es. Pero espera.
Madrid. 2002.
Extracto de la entrevista realizada a doña Rosa María Aguado Tellez el pasado tres de enero.
Rosa María: Sí, nos mudamos a Madrid después de que asesinasen a mi padre. Mi madre tenía aquí un primo sacerdote. La única forma de salir adelante. Éramos una familia marcada. Vivimos con él tres o cuatro meses. Hasta que nos echó. No quería rojas en casa, dijo. Yo tenía trece años. Suficiente edad para hacer la calle. Mi madre se suicidó lanzándose desde el viaducto. Ni siquiera me enteré hasta tres o cuatro días después. Me lo dijo otra niña que trabajaba un par de calles más abajo que yo y que no paraba de vomitar por el asco que le daban algunos hombres. Desde entonces he hecho de todo. Dejé la calle en cuanto pude. Cinco o seis meses estuve en la calle de la Montera. Serví en cuatro o cinco casas, trabajé de cajera en una cafetería y, por fin, logré un trabajo en una oficina. De algo sirvió saber escribir. Allí me jubilé. Y no, no me casé porque no me dio la gana. Alguno que otro me rondó, pero nunca hice mucho caso.
Periodista: Entonces, el asesinato de su padre marcó su vida. Desde el día de su muerte, el mundo era más hostil, ¿todo era más difícil?
Rosa María: La ausencia. Eso cambió mi vida. La de mi padre, la de mi madre, la de los amigos que dejé en Toledo. La ausencia. Mire, yo no sé si fue más difícil o no. De verdad que no lo sé. Lo único que importa es que he tenido una vida como otra cualquiera. Una vida al fin y al cabo. ¿Sabe?, seguro que usted con la carrera hecha no sabe ni la mitad de lo que yo sabía con quince años. Lo demás es agua pasada. A saber por qué mataron a mi padre. Igual no tuvo nada que ver lo que pensaba y sí que la linde de la finca estaba un metro más allá de su sitio. No seré yo la que mezcle ideas políticas con su muerte.
Toledo. 1944.
Sientan al hombre en la silla de madera tosca. Se ha resistido aunque uno de los guardias ha sido casi brutal con él. Asesinato de dos mujeres. Una de ellas salvajemente violada. Según el capellán de la cárcel, es un hombre frío, vacío. Durante el juicio fue expulsado de la sala por gritar al tribunal recriminándoles que cuando mataba rojos nadie quería meterle entre rejas. Alguien se dispone a apretar un tornillo hasta romperle el cuello sujeto por una argolla.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


feb 10 2010

Futurama

Da una palmada. Se encienden las luces. Silba para que el lavavajillas se conecte. Dos golpecitos en la mesa. Las luces disminuyen su intensidad, el televisor muestra una película porno y el androide baja por las escaleras gritando que está dispuesta a cualquier cosa. Según el manual debe disfrutar durante los veinticinco minutos siguientes. Diez después tendrá que dormir en postura fetal para que le administren los sueros necesarios. Se levanta incumpliendo el Protocolo Live 8900. Va hasta la estantería del pasillo. Encuentra el arma. Es el momento de desconectarse. Cuando siente el cañón en la sien se siente vivo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano