jun 21 2010

Autobiografía

Soy capaz de cualquier cosa, todo lo puedo, todo lo alcanzo, todo lo gobierno. Podría matar, arruinar, encumbrar, fulminar, torturar, amar hasta límites desconocidos para el ser humano, dar la vida o gran bienestar. Sea lo que sea. A cualquier ser del universo. Podría hacer que los planetas dejasen de girar si quisiera. Lo único que no puedo es creer en mí mismo. Sólo puede tener fe el que no sabe si algo existe, si algo es. Yo soy, sé que existo, lo sé todo, lo soy todo. Soy Dios. Soy ateo. El gran ateo que habita en la eternidad.


dic 27 2009

Nombres (9)

Paula María.
Sólo utilizaba las manos para moldear la arcilla. Creía que era a través de la piel la única forma posible de crear. La figura estaba acabada. Miró, se alejó varios pasos para comprobar que no le gustaba, se humedeció las manos en el agua teñida de color rojizo y se acercó de nuevo para apretar con fuerza el rostro de la figura. Después de quince años, todo se había convertido en un ritual perfecto.
Los que habían visto alguno de sus trabajos antes de ser destrozados juraban que si te acercabas lo suficiente para observar con detalle podías ver cómo aquellas figuras respiraban, sonreían o lloraban con expresión implorante. Y él, tras quince años, destrozaba sus trabajos sin piedad alguna.
Prohibió la entrada a su taller. A todos sin excepción. Durante un par de años no recibió ni una sola visita. Fue una muchacha de ojos claros la primera y única que pudo entrar allí. Tan sólo quiero ver cómo destroza sus figuras, le había dicho. Cada día se sentaba sin decir una sola palabra detrás del artista. Y cuando la arcilla volvía a ser una masa amorfa se iba.
Una tarde de verano miró la figura y le gustó. Retocó una pizca la nariz y decidió dejar todo como había quedado. Perfecto.
Salió al balcón para pensar una vez más en ella. Ya eran muchos años de ausencia. Y fue, en ese instante, cuando supo que no era capaz de recordar como antes. Algún detalle inventado rellenaba el recuerdo. La muchacha seguía sentada. Sin moverse. Miraba la figurita con los ojos entornados. Él gritó. Puedes cogerla y llevártela. Es tuya. Eres tú. Ella se fue. Con ella. Y él, desde su taller, oculto por la cortina amarillenta, observó cómo se alejaba, fijándose en cada detalle.
Hoy pueden comprarse sus figuras en las mejores galerías del mundo. Se pagan precios improbables por ellas. Les precede la fama de una vida propia. Aunque nadie, desde el verano de mil novecientos setenta y cinco, ha podido comprobar que así sea.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


feb 26 2006

El mismo bruto

Escribo en mi portátil junto al joven Guzmán. Escuchamos a Schubert. Quinteto para piano y cuerdas en La mayor, “La trucha”, y algunas variaciones fantásticas de esa pieza. Los mofletes del niño están muy colorados. Treinta y ocho y pico de fiebre. Casi treinta y nueve. Cabizbajo y atento a lo que escucha. Hoy no sé si le interesa o si le da lo mismo ocho que ochenta. Apoya la cabecita en un cojín y, de vez en cuando, se queja ligeramente. Un catarro de los fuertes.
La música de Schubert es una de mis debilidades aunque me hace pensar en la Alemania nazi. No me pregunten la razón. Casi puedo ver a un grupo de fanáticos asesinando sin piedad a otro grupo de inocentes, metiendo a mujeres y niños en una habitación llena de muerte. A sangre fría, con esa música sonando en una vieja gramola o interpretada por un judío que iría a la cámara de gas veinte minutos después. Procuro centrarme en la música y en Guzmán. No quisiera contaminar mis gustos con algo así. Mejor disfrutar desde la sensibilidad que me despiertan ambos. Pero es difícil.
El niño se acaba de dormir. La fiebre acaba con cualquiera. Es hora de bajar el volumen.
Me pregunto qué harían escuchando semejante obra maestra esa banda de bestias. Supongo que disfrazar su falta de humanidad con algo exclusivo de la humanidad (del hombre). Igual que robaban cuadros para enriquecerse y no para contemplarlos, escuchaban a Schubert para creer que lo que hacían era cosa del ser humano. Igual que Hitler hacía suya la locura de Friedrich Nietzsche (amigo de Wagner y que arrastró buena parte del coloso alemán en su filosofía) y la convertía en un sueño estéril y absurdo, los que le seguían hacían suyas las manifestaciones artísticas que encontraban por el camino para intentar adornar lo horrible, el espanto. Pobres compositores. Si hubieran intuido lo que sería de su obra se lo hubieran pensado. Dos veces.
El hombre tiende a la autodestrucción y lo intenta, casi siempre, de la mano de lo sublime. Siempre hurtando a la belleza y al lenguaje. Como hizo Hitler. Como hacen un buen puñado de los políticos actuales. Y como hace cualquier persona que opta por arrimarse al arte sin ningún interés que no sea social o económico, pensando que eso tapará sus carencias intelectuales. Será el mismo bruto con un buen cuadro colgado de la pared y escuchará una pieza de Falla sin saber lo que hace, pensando que era un alemán muy listo porque todos los músicos eran alemanes muy listos. Y será admirado por unos cuantos ignorantes muertos de envidia.
Guzmán duerme tranquilo. La medicina parece que ha hecho su efecto. Escucha a Schubert y espero que lo termine apreciando como merece. Siempre desde la niñez, desde la inocencia. Esa que nos falta a todos cuando crecemos y decidimos tener más aun siendo menos.