Tempus fugit

Pues aquí seguimos. Igual que ayer. El tiempo se escapa y nosotros anclados a la realidad que nos ha tocado vivir sin decir ni pío. Buscada o impuesta, es lo de menos. A veces nos lanzamos tras una realidad que anhelamos y nos encontramos con que es mucho peor de la que teníamos. Otras veces nos la imponen y logramos adaptarnos sin grandes problemas y sin gran felicidad, pero conseguimos sentarnos en una butaca más o menos cómoda. Y aquí seguimos. Con nuestras quejas, con nuestros fantasmas, con nuestras ilusiones siempre por cumplir. Y con los logros que casi nunca valoramos. Los tenemos y los despreciamos de alguna forma.
Muchas veces pienso en quién lee esto que escribo. Quizás una mujer que ahora sabe que se equivocó al elegir y que duerme, cada noche añorando al hombre de su vida; un jovencito que ha tenido tiempo de soñar con una vida entera y comienza a vivir lo que no quiere; alguien que se siente satisfecho con lo hizo y que espera el final más tranquilo posible; un amigo que quiere saber cómo me va la vida; quizás nadie. Sea quien sea. Pero todos con una idea en la cabeza. Tempus fugit. De eso estoy seguro. A unos les faltan los minutos porque quieren cuidar de sus hijos, amar con más intensidad, aprender todo aquello a lo que renunciaron en su momento. A otros les faltan las horas para salir corriendo de un lugar hostil, ese del que no se puede salir si no es a cambio de renunciar a buena parte de lo que eres y tienes. Tempus fugit.
Alguna vez dije que el tiempo es un desierto de instantes en el que nada pasa si no pisamos y dejamos nuestra huella. Y disponemos de un territorio para pisar intentando que las primeras huellas no desaparezcan y, así, no perder la identidad. Si nos detenemos conformándonos o miedosos, si regresamos por el camino que ya hicimos pensando que lo anterior es lo único y que no hay futuro, si nos detenemos, decía, estamos muertos. El desierto queda intacto. Nuestra vida vacía.
Hay que levantar el ancla a pesar de todo. Y continuar la búsqueda. Al final, no muy lejos, estamos nosotros mismos, dispuestos a cualquier cosa si es que merece la pena. Y, muchas veces, olvidamos eso a costa de recordar, una y otra vez, esa idea tan peligrosa y traicionera. Tempus fugit.


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