Tinta terapeútica

La vida tiene el sentido de las algas. Unas veces en la orilla, las más, arrastradas sin cesar de un lado para otro. Si quedan varadas sobre la arena, como un bote falto de patrón, se secan formando una masa difícil de mirar, de pensar.
La vida tiene el sentido del sonido estridente y efímero. Unas veces escuchado con la rabia del dolor, las más, haciéndose eco sordo que escapa aunque nos movamos nerviosos. Cuando cesa, convertido en rumor inservible, nadie quiere saber si existe o queda emboscado entre sonidos ajenos. Ni uno mismo. El terror del abismo.
Somos esclavos de un sentido último e inservible, quizás inexistente, que nos pega las manos a los muslos, los talones a un suelo imaginario, pastoso como leche vieja, y el pensar pequeño a la falta de ideas. Estamos hechos de mármol que se deshace.
Esclavos de nadie sabe qué. Pero esclavos.
Esta madrugada los grilletes han estado apretados. Y la tinta verde aliviando el dolor.

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