Todo está en los libros

Siempre he sospechado que muchos libros se compran para adornar las estanterías y poco más. El consumismo absurdo también toca la literatura. De un modo salvaje, llega a ese territorio que se define más por el colorido de las portadas, las políticas de precios o la exhibición de los autores en televisiones y fiestas de postín. Pero los clásicos, las novelas de calidad, no se libran de esos viajes hasta bonitos estantes en los que llenarse de polvo. Tener esos volúmenes en casa viste mucho. Ocurre una cosa que me llama especialmente la atención. Si alguien pregunta a sus amigos sobre sus lecturas, las respuestas, en su mayoría, serán parecidas a “tengo poco tiempo, pero, siempre que puedo, leo lo que me echen” o “me encanta leer. Siempre tengo un libro a mano”. Si embargo, a la pregunta ¿Veis “Gran Hermano”? o ¿Veis “La casa de tu vida”?, las respuestas suelen sonar parecido a “no, no, por favor, es inaguantable”. No me creo nada. Resulta que los índices de audiencia de esos programas son imponentes. Nadie lo ve, pero los marcadores digitales se disparan. Si existiera un mecanismo para medir los índices de lectura en un momento concreto, seguro que los números serían otros. Pero tener libros en casa viste mucho y afirmar que, además, los lees debe ser la repanocha. Me atrevería a decir que si uno entra en el banco con un ejemplar de “Ulises” de James Joyce debajo del brazo tiene alguna posibilidad más de conseguir el crédito para el coche. Es posible que algo de Faulkner ayude del mismo modo. Kafka, no sé, no sé. Era un tipo tristón. Todo esto es una pena.
Durante esta semana estoy alternando la lectura de “Koba el Temible” y de “La inteligencia fracasada”. El primero lo firma Martin Amis, el segundo José Antonio Marina. Amis nos deja ver sus anotaciones personales sobre una de las grandes estupideces del siglo XX, esto es, sobre lo que sucedió en la Unión Soviética desde el Octubre Rojo en adelante. Marina, profundiza en la estupidez de forma brillante y asequible. Estoy seguro de una cosa: si estos libros fueran leídos por los dos millones de personas que, supuestamente y sólo supuestamente, han leído “El código Da Vinci” (entre los que me encuentro, todo hay que decirlo), las cosas cambiarían en nuestra sociedad aunque fuera mínimamente. Desde el lunes, sufro pensando en los campesinos ucranianos, en el gran terror que Stalin inventaba y reforzaba cada minuto, en los millones de muertos, pero, al mismo tiempo, sufro pensando en lo estúpidos que podemos llegar a ser y en lo poco conscientes que somos de ello. Resulta que, al final, todo está en los libros. Después de tantas páginas leídas durante años, siempre terminas encontrando más y más. Claro que, si seguimos adornando los muebles de pladur con libros que nunca se abrirán, es difícil que algo cambie o que alguien encuentre algo. ¡Con lo fácil que es desconectar el televisor un par de horas cada día!


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