Todo me parece, pero no

He sentido miedo muy pocas veces a lo largo de mi vida.Ante la muerte de otros, nunca pensando en la mía.Al convencerme de que Dios existe, nunca creyendo en él.Ante un plato de ensaladilla rusa que me sirvieron en un bar de carretera; nunca manejé la posibilidad de comer aquello aunque tenerlo delante me produjo una sensación inolvidable.No es que sea más o menos valiente. No es eso. Se trata de una insensatez absurda heredada de mis antepasados. He creído ser feliz muy pocas veces en la vida. Pensando en mi muerte, nunca en la de otros. Adiós a la hipoteca, a estar rodeado de cretinos. Hasta nunca señor Gallardón. Creyendo en Dios, sin pensar en lo que eso significa. Intuyendo el chollo que representa eso de un lugar llamado cielo. Nada de limbos. Ante un plato de ensaladilla que nunca comí. Idealismo insensato. He creído hacer las cosas bien muy pocas veces. Al dejar que la intuición filtrara las decisiones importantes. Jamás acerté y, finalmente, no pasó nada que no tuviera solución. Me ahorré horas de sofocos planificando lo que no iba a suceder tal y como había pensado. Qué más da. Todos terminamos muertos. Todos. Encontrando un territorio absurdo lleno de angelitos y santas mártires en el que poder descansar cuando equivoco todas las decisiones importantes. Allí perdonan cualquier cosa. Barra libre de perdón y amor todos los días del año. No comer aquel plato de ensaladilla es lo mejor que he hecho en mi vida. Olvidaba decir que, a veces, pocas, no me filtra bien el hígado y las toxinas se me acumulan en una parte minúscula del cerebro. Dicen los médicos que puedo parecer un insensato satisfecho de sí mismo. Nada grave.Y sí. He creído hacer las cosas mal en contadas ocasiones. Cuatro cositas de nada. Tienen que ver con la muerte, con Dios y con un plato de ensaladilla. Pero sería largo de contar y no merece la pena. Sin embargo, no estoy seguro de nada. Todo me parece o quiero creerlo. Son cosas tan efímeras, tan insignificantes, que no sirven ni siquiera para engañarme durante diez minutos seguidos. La única certeza que me queda es que me libré de la muerte, de saber si Dios es o no, gracias al color de aquella ensaladilla. Las cosas grandes siempre quedan detrás de las más diminutas. Por ser inalcanzables y absurdas. Es mucho más sencillo retirar un poco el plato y pedir otra cosa. Lo demás supone girar alrededor de uno mismo. Y eso si que es una insensatez que no me puedo permitir.


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