Todos contentos

A finales de los años cincuenta, el trompetista Donald Byrd reunía a su quinteto en cualquier sala de fiestas para interpretar jazz del bueno. No era necesario hacer grandes despliegues. Si había un piano en el local era suficiente. El resto de instrumentos se podían llevar de un sitio a otro con facilidad. Tampoco era necesario que la sala fuera más o menos grande. Si había un techo era suficiente. Y en cualquier sitio eran capaces de mezclar el himno nacional francés con lo más duro del jazz que sonaba por aquel entonces y una buena dosis del swing que se arrastraba de forma inevitable por algunas bandas. El resultado era un enloquecido viaje por las carreteras francesas, lleno de baches al romperse el fraseo de unos instrumentos que no dejaban de dialogar. Un lujo poder escuchar a esta gente. Un lujo porque hacían música disfrutando cada nota permitiendo que el que escuchara pudiera hacer lo mismo.Algo similar a lo que pasa con los libros. Nunca puede ser lo mismo una novela escrita por encargo para ganar un premio (si es que esto ocurre) que otra escrita con el afán de hacer buena literatura. El autor de la primera estará haciendo dinero, sólo eso, cosa, por otra parte envidiable tal y como están las cosas. Confieso que me encantaría poder vivir de la escritura aunque siempre cedo ante una forma de entender el mundo que impedirá a mis hijos ser muchachos adinerados mientras dependan de mí. Es triste que hacer literatura no tenga nada que ver con hacer dinero aunque sea poco.Esa manera de vivir que tantos disgustos me da y que tiene “mosca” al director de la oficina bancaria en la que tengo domiciliados los recibos de la hipoteca, tiene que ver con seguir disfrutando cuando me siento frente a mis folios cuadriculados y empiezo a escribir pensando (sin dejar de hacerlo ni un minuto) que la escritura puede y debe organizar el mundo, que el hombre no puede prescindir del relato, de explicarse a sí mismo. Todo puede faltar excepto una razón de ser. Y eso lo aporta la literatura se pongan como se pongan los que se empeñan en ningunear el mundo de las letras. Ignorantes y bobos. Eso es lo que son. No hay nada parecido a sentarse junto a un par de amigos para charlar de este libro o de aquel otro. Sabes que, en realidad, estás haciendo un ejercicio reflexivo que trata de ti mismo, de tu paso por un mundo hostil que no representa nada salvo que lo llenes de preguntas que te sitúen ante otras y estas ante otro puñado de cuestiones. Quien no se pregunta no vive. Y es que el escritor ha de cuestionarse todo lo que ve. Sin excepción. Este oficio tiene poco que ver con contar historias o ganar premios literarios. De lo que se trata es de construir desde el pensamiento y dejarlo plasmado en un papel. Además, -“más difícil todavía”- en el caso de los novelistas, desde la ficción.Las estadísticas dicen que las profesiones menos deseadas por los padres para sus hijos son la de policía y la de escritor. Me lo decía hace un par de días mi buen amigo Jesús Ferrero. Entre risas y poniendo cara de “la que te espera, amigo, con lo que tienes en casa”. Sin embargo, todo el mundo parece querer ser escritor a toda costa. La pena es que muchos lo que quieren es ganar premios literarios y aparecer en la televisión. Qué equivocación tan estúpida. Los que quieran serlo, pero serlo de verdad, deberían empezar por no pensar en publicar o por olvidar el color de los billetes de quinientos euros, más que nada porque no los iban a ver ni en pintura; porque reflexionar sobre el mundo, sobre uno mismo, no da un duro.Sin embargo, lo que nadie puede rebajar de valor (ni siquiera los que ganan premios sin hacer literatura aunque escriban libros) es el placer que le produce a un escritor de los de verdad, de esos que siempre se llamaron “de raza”, sentarse frente a un papel sabiendo que el mundo va a cambiar poco después.Para los escritores de verdad la cosa es más sencilla de lo que puede parecer. Si hay un techo bajo el que poder escribir no hace falta mucho más. Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno. Poco más o menos que lo que les pasaba a los chicos del quinteto que acompañaban a Byrd. Todos contentos, sin un duro y olvidados (salvo el propio Byrd), pero vivitos y coleando hasta después de muertos. ¿Quién se acuerda del contrabajista Dog Watkins, del pianista Walter Davis Jr. o de Art Taylor? Una gozada de la que pocos pueden disfrutar.


2 Respuestas en “Todos contentos”

  • Edda ha escrito:

    “Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno.”
    Cosa que no siempre ocurre. Es más fácil vender novela de entretenimiento que literatura. La primera la recordaremos como algo anecdótico que nos hizo pasar un buen rato. La segunda se quedará para siempre. Volveremos a leerla.
    No podemos evitar sentirnos atraídos por lo que nos muestra el mercado literario. Pero no deberíamos conformarnos.

  • Astrid Henn ha escrito:

    En este escrito debo alabarle. Otros no debería escribirlos.