Todos iguales

Isabel fue la profesora de Guzmán Ramírez el año pasado. Quizás lo sea de Gimena Ramírez el próximo. Siempre sonríe a pesar de trabajar con un grupo de veintitantos niños. Hablamos al vernos, nos reímos al vernos y pone a prueba al joven Guzmán. Creo que le encanta la timidez del niño. Siempre me ha parecido una magnífica profesional y una mujer encantadora.

Su compañera Teresa (quizás sea la profesora de Gimena el próximo año) dedica buena parte de su tiempo a reírse de la vida. Eso significa que se sabe reír de sí misma. Es raro encontrar a alguien que lo haga hoy en día. Aún no la he oído quejarse por nada ni de nada. Buena gente.

Cuando tomamos café, aparte de pagar siempre yo, solemos charlar sobre lo divino y lo humano. Los diez o quince minutos que gastamos son una verdadera fuente de información para un novelista. Debería estar prohibido construir un personaje femenino sin hablar con las mujeres (en el caso de los autores masculinos). Ellas no lo saben, pero todo lo que van diciendo lo voy reservando para cuando haga falta. Si un escritor no es capaz de extraer información importante de cualquier conversación, por superficial que parezca, va por mal camino.

Una de las preguntas que más nos formulamos los hombres es cómo nos ven las mujeres. Un grupo de cuatro o cinco señores podríamos estar treinta o cuarenta horas dando vueltas al asunto divagando, rodeando el problema sin saber saltar el pequeño muro que separa lo femenino de lo masculino. Y terminaríamos diciendo que no hay quien las comprenda. Eso ocurre, entre otras cosas, porque lo que solemos manejar los hombres cuando hablamos de eso es una respuesta que coincide con el cómo nos gustaría que nos viesen ellas. Qué tontería.

Pero yo soy un tipo afortunado por muchas razones. Una de ellas es porque me tomo cafés con Teresa y con Isabel. Otra es porque ya me sé la respuesta. Por fin. Después de cuarenta y cinco años conozco la respuesta por la que los hombres del mundo entero darían lo que fuera. Ha llegado el momento de decirlo. Las mujeres ven a los hombres exactamente como los hombres ven a las mujeres. Qué cosas ¿verdad? Lo que pasa es que no las escuchamos casi nunca y decidieron contárselo entre ellas hace ya unos cuantos miles de años.

Esto que podría parecer irrelevante a algunos o decepcionante a otros es un descubrimiento que rompe los esquemas a cualquiera que quiera escribir. No se trata de miradas diferentes. Ven lo mismo que los hombres. Lo mismo. Es otra cosa lo que diferencia a hombres y mujeres (además de nuestra facilidad para escaquearnos de las tareas domésticas). Es el lenguaje, la forma de traducir esa mirada. El que se dedique a escribir o quiera hacerlo en el futuro que piense sobre ello. Le evitará muchos conflictos con las dichosas voces y los perfiles de los personajes.

Esta y no otra (el descubrimiento, digo) es la única razón por la que seguiré pagando cafés cuando me encuentre con ellas. Bueno, también me caen un poquito bien.


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