Tostón

Los visillos se encienden y la luz se alarga oblicua. Gimena juega a ser mayor. Riñe a los hermanos que no le hacen caso. Insiste, una y otra vez, cruzando los brazos y golpeando con el pie la madera del suelo. La luz parece tumbarse en el aire esperando clavarse en algún niño que cruce la habitación. Venga, haced caso a la hermana porque, al final, terminará llorando, les digo. Nada. Opto por ser el más obediente. Me dice que hay que colocar sus cacharritos en las cajas. Los platos apilados a un lado, los cubiertos colocados uno tras otro respetando color y forma, de vez en cuando me ofrece té o café que bebo con gusto, casi como si fuera verdadero. Mientras, pienso.
Ayer, después de invadir la casa de nuestra buena amiga Loles, comer de maravilla y mantener una estupenda sobremesa, decidimos ir al cine. Gonzalo, dos de sus amigos, Guillermo y yo mismo. Los cinco estábamos deseando ver la segunda parte de Rec. Una tonelada de palomitas, los refrescos más grandes que encontramos, móviles en modo silencio.
Me sorprendió que el público fuera muy joven, que entraran riendo a carcajadas y que lo hicieran en grupos de diez o doce personas. Pensé que ya se les pasaría la risa nerviosa del que se enfrenta al terror aún siendo mentiroso. La sala estaba a medio llenar. Otra sorpresa. Dos parejas en la fila delantera hablaban sin parar. Temía que continuasen haciéndolo durante la proyección. Y fue así.
La película resultó ser un auténtico tostón. Un desastre narrativo. Bastante lógico cuando el director se intenta imitar a sí mismo. Cualquier cosa que sucediera terminaba con un personaje corriendo hacia otro. El primero con sus ojitos rojos intentando morder al otro que gritaba como un conejo. O con un susto provocado por uno de esos personajes de ojos rojos que aparecían de los lugares más improbables. De verdad que no se me ocurre nada más que decir sobre la película. Esta segunda parte es infinitamente peor que la primera.
Mientras me aburría de lo lindo, los cuatro catetos de la fila delantera seguían a lo suyo. Los jovencitos que medio llenaban la sala aplaudían un tiro entre ceja y ceja que hacía estallar la cabeza de un personaje de ojos rojos. Gritaban sin ton ni son fingiendo miedo. Es decir, se lo pasaron bomba. Ni me preocupé de pedir silencio. Yo, mis palomitas y el refresco éramos uno. Aburrido y deseando salir pitando de allí, pero uno.
Hemos terminado de colocar el ajuar de Gimena. Esta muy contenta. Y comienza a destrozar todo. Lo que estaba ordenado se convierte en un desastre. Hemos estado varios minutos colocando con mimo cada juguete y, en un instante, el esfuerzo se difumina entre la luz que entra por la ventana. Gimena es como el director de la película de ayer. Ha logrado que sus hermanos, entre risas, colaboren en un destrozo que no tiene ni pies ni cabeza. La única diferencia que alcanzo a ver es que el cine estaba a oscuras y aquí la luz es intensa.


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