Tranquilidad

El frío se escapa por las alcantarillas, se esconde entre los muros para reposar. Aparece el sol con arrogancia. Todo se mueve con otro ritmo. Incluso los sonidos se deslizan de otro modo, con la cadencia de una tala remota. Cada cosa se coloca con calma donde le corresponde.

Escucho Isn´t it Romantic. Bill Evans. Un ejemplar de “La carretera” de Cormac McCarthy abierto sobre la mesa. Otro de “Una casa para siempre” de Vila-Matas esperando su turno. Las estilográficas alineadas frente a la pantalla del ordenador, el tintero a punto de vaciarse, el cuaderno rojo desgastado. Una novela casi terminada.

No acabo de estar bien. Sin embargo, el mundo es perfecto. A pesar de todo es intocable, sagrado. Todo lo es excepto uno mismo.

Gimena aparece sonriendo. Dice algo sobre su muñeca. Le contesto. Sí, a todo. Detrás Guzmán. Lleva en la mano un juguete. Me lo enseña. Espera que le diga que es el juguete más bonito de todos. Y lo hago. Gonzalo se acerca. Tengo la sensación de hablar con un adulto. Se ha hecho mayor. Las manos en los bolsillos, la mirada divertida. Te estás haciendo viejo, papá. Tranquilo, cuidaremos de ti. Mientras, Silvia va de un sitio a otro. Incansable. Sagrada. Llega Guillermo. Ha dormido en casa de su amigo. ¿Cómo estás, papá? Tienes buena cara. Mañana a trabajar.

Los ruidos de la casa se ponen en marcha. Ahora sí. No falta ninguno. Se complementan, encajan perfectamente. Todo es intocable, sagrado. Excepto uno mismo.

El mundo continua su marcha. Ahora sin el frío que parecía eterno. Las cosas en el lugar exacto. Cubiertas por el sol arrogante. Vivas. Todas lo están.


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