Treinta y ocho dos

Unas décimas, mucha tos, la eterna molestia en el hombro derecho, la rodilla sonando igual que el caminar sobre un pontón. Había olvidado que la fiebre te instala en un territorio inestable de la consciencia, un lugar en el que los límites son otros, contornos trazados junto a las cosas escondidas del recuerdo.Las sensaciones se dispersan, la música suena lejana, puedo ver el aire porque ahora tiene color.Escucho cómo el vecino grita a su mujer. Se refiere a una traición. Una traición. Traición. Una palabra enorme que encaja pequeñeces sin que nos demos cuenta. Pensamos en ello y vemos reyes muertos, ejércitos vencidos, desastres desproporcionados, nunca a nuestro mejor amigo de la infancia, ese que dejó de serlo por aquella memez que hicimos, ni a nosotros mismos dejando claro que todo, hasta lo más sagrado, tiene un precio absurdo, mínimo, que estamos dispuestos a cobrar con tal de sobrevivir.Sentirse traicionado, traicionar, es saber que algo se acaba para siempre. Por pequeño que sea el engaño las partes se resentirán, todo quedará deformado. Nunca nadie pudo ver lo mismo después de pasar por esa trituradora de amistades y romances, de vidas enteras y de esperanzas.Un pequeño gesto, una palabra a destiempo, que alguien tire de tu brazo para que otros no te vean a su lado, decir eso que te parece injusto para salir bien parado del lío en que te has metido, asentir cuando escuchas sabiendo que otro terminará dañado. Ni ejércitos derrotados, ni reyes envenenados. Sólo personas que tratan de seguir adelante, que se mueren de pena después de topar con eso que nunca quisieron pensar como cierto.La traición es siempre voluntaria, egoísta. Queremos que sea inevitable, la encubrimos disfrazándola de única opción, aunque siempre salva un mismo pellejo, el del traidor.Hace unos días una alumna me pidió permiso para salir durante la clase al pasillo. Se levantó y apenas susurraba para que nadie escuchara lo que decía. Necesito salir, por favor, tengo que ver a una amiga. Está mal y quiero hablar con ella. Le pregunté si no podía ser al acabar con lo que estábamos haciendo. Es que si me ven con ella los otros me dejarán de hablar a mí también. Menuda amistad, dije. Mira, sólo te pongo una condición para poder salir, que vayas a ver a tu amiga sin esconderte. Piensa en ello, tú sabrás lo que quieres arriesgar. Se sentó y comenzó a doblar un papel una y otra vez. Antes de acabar me acerqué y le dije que siempre he pensado que si alguien no quiere ser visto en compañía de otro es porque ha dicho y hecho tanto como los demás. Si no hubieras participado no tendrías ese problema, le dije. Sólo cabe pedir perdón o dejar que ella encuentre una salida sin ti. Afirmó con la cabeza y siguió jugando con el papel. Seguramente lo que ha pasado es poca cosa, una idiotez que se amplifica por el exceso de hormonas. Pero será lastre difícil de soltar. Esa muchacha aprendió que está dispuesta a arriesgar más bien poco, que el precio que tiene puesto a su lealtad es escaso.El vecino ha dejado de gritar. La discusión ha terminado. Seguramente algo más que desconozco se desmorona aunque no me interesa gran cosa.La fiebre remite. Hoy no me gusta nada el mundo. No creo que nadie tenga derecho a tirar del brazo de otro para que no le vean con él. Ni me gusta pensar que hay una muchacha llorando a la que nadie está dispuesto a consolar. Pensar que la lealtad de las personas es una baratija me entristece. Mucho.


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