Un consejo de amigo

Los matrimonios tienen la sana costumbre de salir a cenar en compañía de otros. Pongamos cada quince días, una vez al mes. Es lo mismo. Suelen juntarse el mismo número de parejas. Tres, cuatro, seis. También es lo mismo. Hablan, ríen, discuten, beben más de la cuenta, pagan a medias las cenas. En fin, veladas bonitas y relajantes. Pero un buen día, la esposa o el marido que forman alguno de esos matrimonios tiene que viajar, se pone enfermo o soporta una carga de trabajo insoportable que le impide asistir. Lo normal es que, si uno no puede salir a cenar, ambos, marido y esposa, se queden en casita. Juntitos como prometieron el día de la boda. Si son pareja a secas, alguna vez se prometieron algo parecido. Vale del mismo modo. Pues bien, no asistir es un gran error. A esas cenas no se puede dejar de ir. Si no hay más remedio se abandona al enfermo, al estresado o se justifica la salida por teléfono con el viajero. Pero no se puede faltar. No ya por las copas de más o por los divertidos chistes del marido de fulanita; no, no por esas razones. Lo verdaderamente importante es que cualquier matrimonio debe evitar ser el centro de la conversación ajena. Y si te ausentas te toca serlo seguro. El que falta suele ser criticado sin miramientos. Lamento comunicar a mis lectores algo tan horroroso, pero todos debemos ser conscientes de la que nos espera cuando nos excusamos en este tipo de reuniones. No faltan las insinuaciones con mala leche, los insultos directos, los comentarios sobre lo tranquilos que están sin los que no están, los ataques feroces al vestuario de ella (y a las lorzas que no tiene reparo en marcar con la licra) y las risas que se ceban con la calva incipiente de él. Faltar es quedar despellejado, deshonrado, desbancado, defenestrado y, encima, sin conocimiento de ello.
No hace falta salir a cenar para que esto ocurra. Con no estar presente en una reunión cualquiera es suficiente. Todo lo dicho deja de tener valor porque ya se encargan los presentes de arrancar y arañar si compasión. Al fin y al cabo, el ausente nunca se enterará (falso, es la segunda vez que lo digo y es falso; el ataque de remordimientos siempre aparece y muchos tratan de lavar la conciencia confesando que la cosa fue de escándalo (sin confesar su participación, claro) o el más mamón correrá a contar al ausente lo que han dicho de él con el único fin de hacerle trizas el ánimo).
Alguno estará pensando que su amigo del alma nunca haría algo así. Pues sí, queridos amigos. Lo hacen. Nunca sabemos el porqué aunque ocurre. Bien por las copas, por el ambiente distendido y agradable, por no tener problemas con los presentes, o bien porque se la tenemos jurada al más pintado nos guste o no reconocerlo. Pero ocurre. De pronto, nos encontramos diciendo barbaridades de este o aquel. De los ausentes, vaya. O nos callamos como ratas pardas sin dar la cara. Acción. Omisión. Nunca se sabe.
Bueno, el caso es que hay que asistir a todo. Al menos uno de los casados o emparejados.
Lo peor está por decir. Lo siento. Da igual lo que se haga durante años; es lo mismo si eres buena persona, buen profesional, buen padre o buen marido. Como alguien abra la caja de los truenos estás perdido. Una mentira bien planteada arrasa con todo. Y si faltas dos veces seguidas a la reunión y das oportunidad a la repetición de argumentos por parte del mamonazo de turno, el estigma te lo quedas pegado al cuerpo lo que te resta de vida. Hasta los más cercanos, hasta lo que saben que la acusación es falsa e imposible, comienzan a tener dudas. Es inexplicable, pero es lo que hay.
Salvo que te dé lo mismo ocho que ochenta (opción sanísima y más que recomendable) lo más acertado es intentar aplazar cenas, reuniones o festejos. Así hasta poder asistir.
Como siempre hay que tener un plan b preparado, les sugiero una alternativa: quedarse en casa, dedicar el tiempo a la familia, hacer lo que más guste o entretenga, salir a cenar con su pareja al sitio que más les guste sin aguantar gilipolleces y pudiendo pedir lo que les salga de las narices; o llamar al organizador de la actividad a la que no asistirá para decirle: oye, verás, que no vamos a ir, que así podéis ponernos a parir con tranquilidad, la verdad es que nos importa una mierda. Es algo que debe producir un placer inimaginable. De verdad.


1 Respuesta en “Un consejo de amigo”

  • MERCHE ha escrito:

    jajajaja… totalmente d’acord con vos… que digan lo que les de la gana… que me quedo con su alternativa!!!